Carlos de Hita, en los Jardines del Medio Punto de La Granja. / TERESA SANZ TEJERO
Carlos de Hita, en los Jardines del Medio Punto de La Granja. / TERESA SANZ TEJERO
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Naturalista y grabador de sonidos, este madrileño afincado en Valsaín, es uno de los mayores expertos en memoria audiovisual del medio ambiente. El autor del archivo sonoro del CENEAM, sabe mirar por los oídos y divulgar el concierto sonoro. Por ello recibió, en 2016, el Premio Nacional a la Conservación de la Biodiversidad. Su archivo sonoro es uno de los mejores del mundo. Sus grabaciones incluyen el sonido de los espacios naturales de la Península Ibérica y de otros animales de África, Asia y América.

— Para alguien que ha recorrido medio mundo, ¿qué le aportan en particular los pobladores de la provincia de Segovia?
— El oído es el sentido de la memoria y de la evocación. Cuando escuchas, tu mente te lleva a los recuerdos asociados a ese sonido y cuando vives en una zona y escuchas ese paisaje sonoro revives tu mundo sentimental. Viajando escuchas cosas diferentes, pero esas novedades no te transportan a tu propia memoria. Afortunadamente vivo en el paisaje sonoro en el que me he criado. Llevo viniendo a la sierra desde niño, aunque nací en Madrid, y estos son los paisajes sonoros con los que conecto.

— ¿Cómo llegó a esa pasión por la lengua de los animales?
— La mayoría de mis colegas llegan a la técnica de la grabación por medio de la música o del cine. Yo llegue a través del canto de las aves. Antes que técnico de sonido soy naturalista y, como tal, empecé a vivir y trabajar, andando por el campo, buscando animales. Empecé a grabarlos de casualidad. En 1985, rodando una serie de TVE en Riofrio, ‘Silencio Roto’, con Joaquín Araujo de director y guionista, era uno de los naturalistas del equipo. Nos movíamos por toda España y la serie se quedó sin técnico de sonido. Me dijeron que si quería hacerlo yo y empecé a grabar. Aquello me permitió ver que este trabajo, como el del fotógrafo naturalista, requiere saber más de la materia con la que vas a trabajar que de la propia técnica. Para grabar música antes hay que saber de música que de ingeniería de sonido. Así que, aunque no era un gran técnico, sí tenía cierta habilidad para estar en el sitio oportuno esperando a que los animales se expresaran. Ahí empezó el trabajo de grabación y, luego, lo que técnicamente es más complejo: la posproducción. Empecé circunstancialmente y llevo más de 33 años.

— Nominado a los Emmy en 2006, en la categoría de música y sonido, por sus colaboraciones con National Geographic; recibió en 2016 El Premio Nacional a la Conservación de la Biodiversidad. ¿Qué suponen los premios?
— La nominación a los Emmy en 2006 con un documental sobre arañas para el Nathional Geographic, fue un buen espaldarazo. Luego, en 2016, me dieron el premio a la divulgación científica del BBVA, pero no me han dado muchos premios. Vivo un poco al margen de ellos porque habitualmente los galardones son para imagen o fotografía y no hay muchos dedicados al sonido. Lo que supuso este premio fue una especie de confirmación de que no te estás equivocando. El jurado valoró que utilizar el sonido de la naturaleza era una herramienta novedosa para la comunicación y la defensa de la diversidad en el medio ambiente y pensé: si se considera que el sonido de la naturaleza, que es la banda sonora más antigua de la tierra, el sonido que nos envuelve y demuestra que llamamos a los animales por su voz -la abubilla, el cuco, la garza, la grulla- si ahora se considera que esto es novedoso, significa que nos hemos hecho muy sordos a ese mensaje, que nos hemos distanciado mucho. En ese sentido que te reconozcan un trabajo al que has dedicado tu vida no deja de ser una confirmación de que tu mensaje tiene sentido.

— Hay fotógrafos, pintores y dibujantes que se dedican a la naturaleza, pero sonidistas que capten paisajes sonoros hay pocos. ¿Por qué?
— Es una pregunta que llevo haciéndome 33 años. Siempre me he quejado de mi falta de colegas. Técnicos de sonido hay muchos; va habiendo biacústicos o científicos que estudian e investigan sobre el sonido, pero gente que se dedique a comunicar públicamente qué transmite el paisaje sonoro hay muy pocos.
Algunos colocan un sonido y dicen: ‘así canta la abubilla’. Pero no hablan de lo que esto supone. Para mí el concepto básico es contextualizar el paisaje sonoro, que está lleno de instrumentistas, que serían los animales. Pero también -como en un concierto musical- están la acústica, la sala de conciertos que en este caso es el viento, el eco, la distancia…Todo eso es lo que intento contar. Hay pocos sonidistas porque en el mundo audiovisual hay un dominio absoluto de la imagen, hasta el punto de que cuando se habla de la banda sonora de una película se refieren exclusivamente a la música, lo cual es un error garrafal. Banda sonora es todo: paisaje, voces, motores…todo lo que suena en la película. Pero el ambiente sonoro siempre ha estado en un segundo término por el predominio absoluto y la fascinación por la imagen. Y es un problema que se agrava últimamente cuando el soporte principal para los medios audiovisuales son los teléfonos móviles, donde se ve regular y se oye fatal. Y por muy bien que se vea un móvil no deja de ser un soporte que infrautiliza los recursos de la narración sonora.

— Cuando hablamos de medio ambiente, la contaminación es uno de sus problemas mayores. Aplicado a su campo, ¿Cómo afronta la contaminación acústica un sonidista?. ¿A qué distancia debe hallarse el técnico de sonido para evitar la contaminación acústica?
— Depende de lo que quieras contar. Si quiero contar el ruido de la sierra de Guadarrama desde que cambiaron la pista de Barajas me pongo muy cerca del puerto de Cotos, donde los aviones pasan rozando. Si lo que quiero es hablar de un mundo más allá del ruido, a lo mejor te tienes que ir no lejos, sino de madrugada. Hace años hice, en el Museo Esteban Vicente, una instalación sonora sobre la ciudad más allá del ruido. Se llamaba ‘Ecos en una ciudad de piedra’ porque, en términos acústicos, Segovia es un escenario de piedra donde lo que predominan es el eco y la reverberación. La instalación sonora reflejaba las campanadas, los ecos de las chovas, la reverberación en una ciudad de piedra. Eso es lo que define acústicamente Segovia y para ello no me pude ir muy lejos, si a horas raras: madrugones y amaneceres en la plaza de La Trinidad; noches en la torre de la Catedral, buscando los huecos que deja el ruido sucio del telón de fondo del tráfico. Así surgen sonidos impresionantes. Viajar al sonido limpio es como viajar al pasado, porque en la actualidad lo que predomina es el ruido, pero en la madrugada se produce el cambio de guardia; los sonidos de la noche se apagan y empiezan los del día y aún duerme la bestia (el tráfico). En ese momento oyes una acústica muy catedralicia; una chova que pega un chasquido; una cigüeña que crotora y de los muros emergen unas voces angelicales que eran las monjas cantando laudes. Aunque vivo aquí desde hace muchos años, soy de Madrid, donde es impensable escuchar esto, de ahí la importancia del paisaje sonoro de Segovia.

— Si el sonido es el termómetro de la naturaleza y el paisaje sonoro está cada vez más polucionado, ¿Alcanzamos una temperatura preocupante?
— Sí; no sé si es fiebre o hipotermia, pero ambas están subiendo y no es bueno.
Así como la riqueza sonora es testimonio de la riqueza medioambiental, el ruido es testimonio de la actividad humana y ya es muy difícil huir del ruido de carreteras, pistas aéreas o maquinaria en el campo. Además, en muchas zonas, y en Segovia especialmente porque es agrícola, el cambio de las técnicas agrícolas hace que los animales que tenían un pacto de convivencia con la agricultura y vivían en las lindes y los setos, estén cayendo en picado. Es decir: el paisaje sonoro como consecuencia de la extinción de esos animales se empobrece. No es que vayamos a hacer la clásica primavera silenciosa que describía el libro que desató la conciencia sobre el cambio climático pero el concierto sonoro es cada vez más monocorde.

— ¿Qué sonidos han desaparecido o se hacen más infrecuentes?
— Hay una alarma grave en toda Europa por la disminución no solo de las abejas sino de todos los insectos que, como los saltamontes y las abejas polinizadoras, no solo hacen que el paisaje suene bonito sino que son la base de la alimentación de otros muchos.
Estos animales están enmudeciendo, especialmente en zonas agrícolas, como en Castilla y León y el silencio en el campo significa que algo va mal. Es como una ciudad en la que no se oyen niños. Recuerdo hace dos primaveras dormir en la estepa para grabar al amanecer el concierto de alondras, calandras y aves de estepa y quedarme sobrecogido al escuchar silencio. O pasear de noche y oír muchos menos grillos que antes. Lo que está pasando es que se nos está yendo la mano en la intervención y el uso de pesticidas y herbicidas. En el campo, el paisaje sonoro es un buen termómetro. En el bosque sucede algo análogo. Está cambiando la composición del concierto: Ahora hay más de unas especies y menos de otras.

— ¿Por ejemplo?
— Hay muchas aves forestales, pinzones, petirrojos, y muchas menos estivales que vienen de África como tórtolas, codornices e isones. Son animales que en una generación humana han caído a menos de la mitad. Hay muchos menos cucos y eso significa que está produciéndose un cambio de las condiciones ambientales.
Vivo a 1.200 metros, pegado al Pinar de Valsaín y, en estos 25 años, jamás había oído a las chicharras, que son un sonido abundante asociado al calor, pero no a 1.200 metros. Sí a 900 o en Tierra de pinares, en Cuellar. Estadísticamente no será un dato pero significa que hace más calor y el verano es más largo, aunque lo de este año sea excepcional. En los últimos 30 años el sonido se ha vuelto más reseco. Una escucha intencionada percibe, por un lado, el silencio, y, por otro, la modificación del concierto sonoro y ambos son síntoma del empobrecimiento de la polifonía y el medio natural.

— Para su archivo sonoro no solo vale grabar sino identificar. Hablemos del proceso. ¿Cómo distinguir el sonido de cada animal y ponerle nombre?
— Manías de naturalistas que tendemos a oír y reconocer. Al principio, un neófito que se acerca a un bosque oye una maraña de ruidos. Igual que de una orquesta oyes una masa sonora. La naturaleza es igual. Esa masa la forman muchas voces y no es tan difícil una vez que sabes quién está ahí, ir adjudicándole nombres. Hay una serie de preguntas que hacerse sobre los sonidos agudos y graves; aflautados; si tienen ritmo. Los garrapinos, por ejemplo, parece que tienen un metrónomo dentro porque cantan siempre con un compás. Hay una serie de trucos que pasan por saber qué pájaros hay ahí y luego colocarles su voz. Requiere un cierto entrenamiento. A grandes trazos no es muy difícil, pero hay gran cantidad de matices y peculiaridades y eso es lo que da la dificultad. Todo el mundo espera una APP que identifique el canto de las aves, como hay una APP (Shazam) que identifica canciones porque son grabaciones fijas e inmutables. Pero las aves, aunque parezca que cantan igual, tienen sus pequeñas variaciones. Y algunas, tienen tantas, que cantan imitando a otros, por ejemplo el estornino. Su voz es la voz de muchos porque los imita a todos. Por eso, no hay ninguna APP capaz de identificar todo esto. Se requiere experiencia y contraste en la memoria y para ello hay que pasar muchas horas en el campo sabiendo escuchar y mirar con los oídos.

— Ha trabajado en cine y no solo en documentales sino en largos de ficción como Entrelobos…¿Qué supone este tipo de rodaje para alguien que habitualmente trabaja solo en el monte?
— Esa es la pregunta clave. He hecho unas cuantas películas de ficción, siempre raras, en el sentido de que aunque haya actores transcurren en el medio natural; En Sierra Morena, con lobos; en la selva amazónica o en las Montañas de China. Me dividía en dos. El trabajo consistía en grabar los ambientes sonoros para construir la banda sonora de la película, lo que sucede alrededor, y luego grabar a los actores, lo que francamente me aburre mucho. Técnicamente será muy interesante, pero a mí lo que me gusta son los documentales, porque vas a la búsqueda de cosas. He renunciado a alguna película esta primavera porque no me aporta nada.

— Cine, pintura, música… ocupan su papel en el mundo de las artes. El sonido de la naturaleza, ¿dónde debería ubicarse?
— Los montajes sonoros empiezan ahora a tener más repercusión. Es lógico porque el lienzo se inventó hace muchos años y el papel para escribir también, pero los reproductores de sonido fáciles de manejar llevan poco tiempo. En este sentido, la revolución tecnológica ayuda mucho porque ahora es fácil grabar.
Para la primera instalación sonora que hice, en el 91 en San Quirce, tuvimos que montar un número técnico monumental para hacer sonar aquello. Hoy, con un sistema más convencional, el sonido suena mejor, por eso hay montajes sonoros más habitualmente. Lo mío sigue siendo el paisaje sonoro de la naturaleza.

— Con qué disciplina está más relacionado ¿la filmación, la musicalidad?
— Con la filmación, porque con la utilización de los recursos acústicos cuento un relato, hecho de combinación de frecuencias, ritmos y se asemeja a una filmación o a una narración literaria, por su cambio de planos, del general al corto; pausas valorativas, acelerar o frenar para que luego estalle algo. Creo que cuando hago instalaciones sonoras, hago cine ciego. Todo el mundo entiende el concepto de cine mudo, pues lo mío es más bien cine ciego. Sonido sin imagen que sirve para ver de oídas, con la imaginación.

— Su herramienta más visible es el micrófono de parábola, además de la paciencia. ¿Qué otras herramientas necesita su trabajo?

— El principio es ‘poner el micrófono donde el oyente no puede estar’, para ello divulgas lo que haces. Para esto hay que pasar desapercibido. En la naturaleza, cuando llevas un rato parado, te confundes con el paisaje, pero la gran herramienta es el conocimiento de lo que va a pasar y la paciencia para esperar el momento. Entre los instrumentos propios lo único que nos diferencia es el micrófono de parábola, que es como un gran teleobjetivo sonoro. Los demás micrófonos direccionales se usan para otras grabaciones. Uso mucho esos micrófonos diminutos, tamaño lenteja, que permiten grabar la hiperrealidad sonora aumentada. Lo estamos haciendo dentro de los nidos de la chova pequirroja, en la muralla de Segovia, para saber qué sucede ahí.

— ¿Qué se requiere, buen oído, capacidad de escucha?
— Conviene tener buen oído pero es imprescindible saber escuchar. Me presto de tener un razonable buen oído y creo haber desarrollado una agudizada capacidad de escucha, incluso a veces sin querer, lo cual es un inconveniente porque no hay ruido que se te escape, lo que llega a ser muy molesto.

— ¿Cuál es el sonido más simbólico de su archivo?
— Una manada de lobos aullando de noche. No hay nada más simbólico en la península ibérica que la presencia del lobo, es como el resto de una convivencia antigua. Cuando un lobo aúlla de noche, su sonido sacude la conciencia y más allá de la guerra ficticia que trata de enfrentar a ganaderos y naturalistas, -que somos aliados- el lobo es el símbolo de la conservación.

— ¿Y el sonido que nunca pudo recoger?
— ¡Maldito gato!: un lince. (Se ríe) . Tienen la mala costumbre de entrar en celo entre Nochebuena y Reyes y llevo varios años yendo a ver si los puedo grabar. Los he visto, los he grabado, pero muy lejos. Me falta ese maullido de linces grabado cerca.

“El medio ambiente gana peso cultural porque la naturaleza es una obra de arte en sí misma”

— ¿Tiene el mapa sonoro de la provincia de Segovia alguna especificidad que no se produzca en otros lugares?
— El paisaje visual es definible con sus coordenadas, mientras que el paisaje sonoro es más difuso, porque lo que se produce es una suma de sonidos que se mezclan y varían. Peñalara está ahí, con nieve o sin ella, pero el paisaje sonoro es una nube que cambia según los vientos. Literalmente. Porque si hay vientos de agua cantan unos y enmudecen otros. Segovia no es que tenga un paisaje sonoro único, lo que tiene es una secuencia de hábitat muy interesante por la enorme variedad: desde la alta montaña hasta la profundidad de los cañones fluviales, pasando por matorrales, bosques de montaña, llanura, cursos fluviales… No hay muchas provincias en España con una diversidad tan acusada; desde los 2.428 metros de Peñalara a la profundidad del barranco del Duratón, cada uno de esos estratos tiene su propia huella sonora.

— Un naturalista apasionado ¿cómo define su relación con la ciudad?
— Soy poco practicante del follón urbano, aunque voy a menudo a Madrid, de donde procede fundamentalmente mi trabajo. Esa especie de esquizofrenia entre necesitar vivir el campo e ir a la ciudad es lo que hace que pueda vivir muy conforme en un pueblo pequeño como es Valsaín.

— ¿Cree que el medio ambiente gana peso cultural?
— La interpretación del medio ambiente, ¡ya lo creo!. Como decía Joaquín Araujo en la introducción de un libro: ‘Al árbol, que entre otras cosas ha hecho todo el papel’…
Digamos que la naturaleza es una de las fuentes de inspiración cultural que abarca todo: la música, la poesía, la literatura y las artes plásticas. Lo que tratamos ahora es de meter una nueva cuña porque la propia naturaleza es una obra de arte a través de sus voces e imágenes. En este sentido no sé si lo mío es una actividad artística o artesana porque lo único que hago es reelaborar los materiales producidos por los protagonistas de la naturaleza.

— ¿Cómo valora la vida cultural de Segovia?
— Sigo intensamente los veranos musicales de Segovia y de La Granja, el resto del calendario, como viajo mucho, no puedo seguirlo. Me parece muy meritorio que una ciudad pequeña como Segovia, tenga un calendario de actividades tan rico; es espectacular porque nos beneficiamos de la proximidad a Madrid, lo cual no resta para el esfuerzo que supone toda esa organización. Creo, sinceramente, que la proximidad a Madrid y también a Valladolid, beneficia a Segovia que muy inteligentemente aprovecha su situación estratégica y su masa crítica se llena de público de estas dos capitales. Sucede lo mismo con el público de la Sierra: esto es parque Nacional por los madrileños que llenan Guadarrama.

— ¿En qué anda ahora metido?
— En varios líos. Estoy grabando el sonido para un documental sobre el Lobo en España y, también, trabajando para una serie de la red de Parques nacionales que cumplen su centenario. En julio se conmemora el centenario del primer parque: Montañas de Covadonga, ahora Picos de Europa. Estoy haciendo una serie de entregas, trabajando con sonogramas para un calendario a través del sonido de los parques Nacionales. También estoy acumulando material y elaborándolo para una posible exposición sonora. He hecho varias para distintos museos, pero quiero hacer una especial en la que el sonido se escucha y se ve a través de esos sonogramas; una especie de partitura sonora.

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