Hospital de la Misericordia.
Hospital de la Misericordia.
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La historia de quienes han venido ofreciendo sus conocimientos para tratar de ayudar a otras personas en una materia tan sensible como es la atención sanitaria, es tan antigua como la humanidad. Es evidente que, como en el resto de las actividades del hombre, su evolución ha ido pareja con los avances técnicos e intelectuales.

En un principio, las soluciones de sanación estaban en manos de personas que, con más voluntad que conocimiento, aplicaban a los enfermos distintos tratamientos basados en el uso de ungüentos y pócimas preparados con elementos extraídos de la propia naturaleza, cuando no en recursos aún menos fiables que ponían la esperanza de la curación en prácticas cercanas a la hechicería.

En la Corona de Castilla, durante la Edad Media, con la incipiente organización hospitalaria, la medicina comenzó a profesionalizarse y se podía distinguir sin problema a un médico de un curandero. Curiosamente, en la España medieval, la salud estaba confiada, en muchos casos, a médicos judíos que tenían una mejor preparación en este campo.

Pero serán los Reyes Católicos quienes acometan la regularización y modernización de la medicina y el sistema hospitalario. En lo tocante a los médicos -también llamados físicos-, a los cirujanos, a los ensalmadores -hoy traumatólogos- y boticarios, a partir de una ley promulgada en 1477, debían someter sus conocimientos al Real Tribunal del Protomedicato, para obtener una licencia que les permitiera ejercer su profesión con garantía para el paciente. A partir de entonces y, adecuándose a la evolución de la sociedad y los avances técnicos y científicos, la profesión médica se vio sometida a un riguroso control de quienes la han venido practicando hasta hoy.

La medicina en la España renacentista había evolucionado notablemente, a través de los estudios científicos sobre anatomía y tratamientos medicinales. Seguía habiendo una cierta confusión en torno a la práctica profesional por personas que, sin titulación, practicaban tratamientos sanitarios como puede verse en la provisión firmada por el emperador Carlos I y la reina Juana, en 1544, advirtiendo “que no sufran castigo los barberos ni ninguna otra persona por practicar primeras curas en ausencia de un cirujano”.

Los siglos del barroco y, sobre todo, los avances tan rápidos de la ciencia y la técnica aplicadas a la salud, llevaron a España a unos niveles punteros en la Medicina, cuyos profesionales ejercían entonces tanto en los hospitales como en pueblos ciudades donde eran controlados por los ayuntamientos, para dar asistencia de pago a quienes tuvieran medios económicos y gratuita para los desfavorecidos.

El siglo XX fue incorporando los grandes avances científicos y llevando a cabo políticas de estructuras organizativas que, por lo general, procuran asistencia médica y sanitaria para todos los ciudadanos.

Los médicos segovianos en los documentos
A falta de investigaciones más profundas sobre la historia de los médicos en Segovia, podríamos tomar la fecha de 1363 como el primer momento en que documentalmente se prueba la existencia de varios médicos que, curiosamente, pertenecían a la aljama hebrea: don Vidales, Yusef Melamed , Yuda Chicote, Leví y Simuel, aunque hay noticias anteriores que afirman la existencia de hospitales, que en buena lógica estarían atendidos por profesionales de la medicina. Tal es el caso del hospital de “Beate Maria” citado en un documento conservado en el archivo de la Catedral de Segovia, así como referencias desde al menos 1241 del Hospital de San Lázaro -lazareto-, dedicado a la cura de enfermedades altamente contagiosas, fundamentalmente la lepra.

El cronista Diego de Colmenares, menciona a un médico muy especial del siglo XV, el que atendía a los reyes Juan II y Enrique IV. Ejerció en Segovia y se llamaba Juan Fernández de Soria.

Por lo que se refiere al siglo XVI, sabemos que en las últimas décadas, ejercía como médico titular de la ciudad de Segovia, el Doctor Diego Velázquez y que, según consta en un documento del archivo diocesano, también ofrecía sus servicios un tal Francisco Núñez de Canales y Herrera, citado como sanador.
Y, aunque no ejerciera su profesión en su tierra natal, Segovia aportó al mundo de la ciencia médica al renombrado Andrés Laguna (Segovia, ca. 1510 – Guadalajara, 1559). Nacido en la parroquia de San Miguel en una casa de la judería segoviana. Fue científico naturalista, filósofo y viajero experto, de espíritu amplio, como queda patente en su Discurso de Europa, que pronunció en Colonia en 1543. Titulado en Medicina por la Universidad de Paris en 1534, entró al servicio del Emperador en 1539. Tuvo que enfrentarse a una importante epidemia de peste en la ciudad francesa de Metz, trabajando para la municipalidad durante cinco años y adquiriendo una experiencia que le convertiría en especialista en su tratamiento de esta enfermedad, de la que publicó su Discurso breve sobre la cura y preservación de la pestilencia. A finales de este periplo pasó a Italia, donde es investido Doctor por la universidad de Bolonia. Así mismo, desarrolló su profesión como médico personal de los Pontífices Julio III y Paulo IV.

Pocos años después de la muerte de Laguna, será Jerónimo de Alcalá Yáñez (Segovia, 1571-1632), quien obtenga la categoría de médico prestigioso, aunque fuera más conocido dentro y fuera de su tierra natal por su faceta literaria, el autor de El donado hablador Alonso, mozo de muchos años, fue médico cirujano con una vasta formación universitaria y científica. Vivió directamente las consecuencias de la peste de 1599 incorporándose a la plantilla de sanitarios que batallaban con la muerte durante aquellos trágicos meses. Trabajó para el ayuntamiento segoviano y además de su clientela particular -entre la que se encuentra el obispo Idiáquez- fue medico de pobres y vergonzantes y de otras tantas hermandades y cofradías. Así mismo, fue cirujano del Real Alcázar de Segovia desde 1624 hasta su muerte.

Del siglo XVII, entre todas las referencias que sin duda existen en los archivos, extraemos la cita que se hace de María Martín, “partera de la Losa”, 1621 y la del “médico y cirujano de la ciudad”, Doctor Bernardino Santos de Carrión”, en 1658, que solicita del Ayuntamiento una ayuda económica, lo que da idea de que el sueldo no estaba en consonancia con el prestigio social. Cincuenta años más tarde, ya iniciado el siglo XVIII, aún sigue esta situación de desamparo económico de los galenos: el Doctor Juan Ramírez, médico da cámara del Rey y de la Ciudad, pide que se le paguen los dos años de salario que se le adeudan.

El archivo municipal de Cuéllar conserva un interesante documento, fechado en 1774, sobre el funcionamiento del hospital de Santa María Magdalena porque en una nueva normativa para su funcionamiento, nos da cuenta de los distintos profesionales sanitarios con los que contaba el centro: el médico, entre cuyas obligaciones estaban la atención a los enfermos durante la mañana y la tarde, recetar y firmar las recetas, acudir al hospital cuando fuera requerido por urgencia y controlar el uso y la salida de las medicinas de la botica. Por su parte, el cirujano sangrador tenía encomendada la cirugía, así como la labor de sangrar, “echar ventosas y sanguijuelas” y realizar una visita a los pacientes a las nueve de la noche cada día.. El resto del personal sanitario estaba integrado por: enfermera mayor, enfermera menor y enfermero.

Segovia tuvo la gran fortuna de contar con el ilustrado Real Colegio de Artillería, de cuyos laboratorios no sólo emanaban nuevos medios técnicos y aportaciones científicas en materia artillera, sino que sus eminentes profesores, a través de la Sociedad Segoviana de Amigos del País, trataban de avanzar en otros campos de interés general. Tal es el caso de los estudios de la electricidad y su aplicación para la cura determinadas dolencias, que quedó plasmado en la traducción de un estudio francés sobre “los diferentes modos de administrar la electricidad”, que sería impreso por Espinosa de los Monteros en 1786.

A caballo entre los siglos XIX y XX, hay algunos médicos segovianos que destacan como grandes profesionales, entre los que destacamos a Ildefonso Rodríguez Fernández (Segovia, 1847-1935) fue un hombre de extraordinaria erudición, doctor en tres titulaciones universitarias (Teología, Filosofía y Letras y Medicina.
Fue médico rural en Segovia y de la beneficencia municipal de Madrid, aunque años más tarde su vocación se encaminaría hacia la actividad docente, obteniendo en 1892 la cátedra de historia critica de la Medicina en la Universidad Central de Madrid, en la que impartió docencia hasta su jubilación en 1918.

Antonio García Tapia (Ayllón, 1875-Madrid, 1950) es quizá el más ilustre laringólogo español. Se doctora en medicina en la Universidad Central de Madrid, bajo la tutela de su tío el médico histólogo Manuel Tapia Serrano, profesor de la facultad de medicina. Su formación en Europa supuso el conocimiento en España de técnicas laringológicas desconocidas por entonces e incluso dio a conocer un síndrome que lleva su nombre. Fue médico del hospital de San Carlos y de la beneficencia municipal en Madrid. Fundó una clínica en Madrid (Villa Luz), que pronto se convertiría en Instituto de enseñanza laringológica. Fue la enseñanza una de sus pasiones, siendo profesor de la universidad desde 1927. Esta pasión por la enseñanza se concretaría años más tarde en el proyecto de construcción de un hospital rural en Riaza, donde radicaría también una escuela de médicos rurales que nunca llegó a ver la luz y la guerra civil lo convirtió en hospital de campaña.

Finalizamos este breve repaso a la historia de los médicos segovianos, refiriéndonos al doctor Teófilo Hernando (Torreadrada, 1881- Madrid, 1976). Estudió medicina en Madrid en la Universidad Central, donde tuvo de profesores al segoviano Ildefonso Rodríguez y a Santiago Ramón y Cajal, del que sería médico durante toda su vida. Ejerció en el Hospital General de Madrid y en la beneficencia municipal y fue catedrático de la Facultad de Medicina.

Su intensa labor investigadora fue notable y se centró preferentemente en la patología digestiva, que hizo escuela en el Hospital de San Carlos. Con numerosas publicaciones en su haber, rodeado de la intelectualidad de la época, nunca quiso aceptar importantes cargos políticos, que se le ofrecieron. Llegada la guerra civil se exilió voluntariamente en París, donde residió hasta 1941, fecha en que volvió de nuevo a España pero desposeído de su cátedra, que no le fue reintegrada hasta su jubilación en 1951.

Estos grandes profesionales de la Medicina del último siglo están perfectamente documentados, además de en los archivos, en el propio callejero de la ciudad de Segovia que luce sus nombres con legítimo orgullo.