Armadura de Campo de Cuellar y Armadura de Narros.
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Cuando un país como el nuestro tiene un vasto y muy variado patrimonio, se corre el riesgo de que una parte de él caiga en el olvido en beneficio de otra. Pocos conocen el arte de la Carpintería de lo Blanco, una disciplina que consiguió, combinando madera y geometría, construir durante siglos algunos de los techos más imponentes de nuestra geografía.

En la Edad Media existían pocas alternativas para cubrir templos y edificios en general: bien con bóvedas de piedra o ladrillo, o si no con estructuras de madera, generalmente más sencillas. Sin embargo, con el tiempo el gremio de carpinteros se fue regulando y jerarquizando, imponiéndose exámenes en muchas ciudades para ascender de categoría. Una mayor instrucción, combinada con el intercambio de saber propiciado por la convivencia de las tres culturas, favoreció el acceso de los carpinteros de más alto rango a los conocimientos existentes de geometría y matemáticas, y que fueron incorporando a sus estructuras.

Poco a poco desarrollaron y perfeccionaron un sistema completamente basado en la geometría y las proporciones que les permitió construir a partir de unas pocas reglas estructuras de gran complejidad y creatividad. De esta forma, y gracias al apoyo que les dieron los monarcas musulmanes y los reyes de Castilla, fueron construyéndose numerosas cubiertas por toda la península, siendo entre los siglos XIV y XVI la época de mayor esplendor. Actualmente, los territorios que más armaduras conservan son Castilla y León y Andalucía, existiendo cientos de ellas repartidas por pueblos y ciudades tan dispares como Sevilla, Granada, Toledo, León, Tordesillas, Madrigal (Ávila) o Cisneros (Palencia).

En Segovia también se encuentran algunos de los mejores exponentes de este arte, como son los techos del Alcázar (réplica a partir de los grabados de José María Avrial) y de San Antonio el Real (s. XV).Pero no son los únicos de la provincia.

Pueblos como Fuentepelayo, Mozoncillo, Zarzuela del Monte o Marugán los conservan en sus iglesias, y otros se ocultan bajo falsas bóvedas. Y también en la Tierra de Pinares. En las proximidades de Cuéllar se fueron estableciendo a partir del s. XIII numerosos grupos de mozárabes y mudéjares, muchos de ellos artesanos, que trajeron con ellos nuevas técnicas constructivas. En sus encargos, adaptaron los estilos imperantes al ladrillo y el adobe, más baratos, formando un estilo propio conocido como mudéjar. Algunos templos estaban abovedados, como la iglesia de Samboal, pero la mayoría estaban cubiertos por techos de madera.

El paso del tiempo y las reformas barrocas han hecho perder muchos de estos techos, pero gracias al interés de los vecinos y sus manutenciones la comarca del Carracillo ha mantenido cuatro en buen estado de conservación. Están situados en Campo, Chatún, Gomezserracín y Narros. Realizados entre los siglos XVI y XVII, algunos de ellos alcanzan un grado de perfección y calidad poco común, indicador de amplios conocimientos por parte de los carpinteros que los ejecutaron, y de las posibilidades de estos pueblos, que pudieron sufragarlo.

La más singular es la armadura de la iglesia de San Juan Bautista, en Campo de Cuéllar. Fue llevada a cabo en el siglo XVI, y cubre el presbiterio. Se la considera una armadura ochavada, pues consta de ocho caras o faldones. Destaca sobre todo la gran complejidad de los lazos, formados a partir de la estrella de ocho puntas, y que crean dos octógonos regulares en el centro, en cuyo hueco se han situado dos piñas de mocárabes. Además, es muy llamativa la calidad de su ornamentación. Pintada al temple, combina el dorado con el azul, el blanco y el rojo, y presenta en su cornisa una sucesión de esfinges alternadas con jarrones y grutescos, ya renacentistas.

La historia de esta iglesia también es singular. En el s. XIX, tras años sin mantenimiento, el templo amenazaba ruina. Por ello los vecinos, y en concreto su párroco, D. Francisco Sanz de Frutos, muy concienciados del valor de su iglesia, solicitaron financiación para su restauración a las autoridades, en un largo proceso que les llevó a tener audiencia con la propia reina y con varios ministros. Fue una historia de éxito, reflejada en un diario por el párroco, que llegaría a ser obispo de Tuy y Vitoria, y conservada en el archivo diocesano. La última restauración se realizó en 1986, y permitió a la armadura recuperar su esplendor original. A su vez, un vecino de Campo, Manuel Álvarez, ha escrito un libro publicado por la Diputación que narra la historia de El Carracillo, así como sus manifestaciones artísticas.

Otra armadura muy interesante se encuentra en la ermita de San Marcos, en Narros. Situada lejos del pueblo y entre cultivos, su modesta apariencia hace difícil imaginar la gran calidad de la obra de carpintería situada en su interior. Mantenida gracias al interés de los vecinos, que han ido reparando los daños, alberga en su presbiterio una armadura canónica del s. XVI con una estrella de dieciséis puntas en el centro y que forma un octógono perfecto. Es más sobria que la anterior, pues casi carece de pigmentación, pero el detalle y la calidad de su labra hacen de ella una armadura única.

Las otras dos armaduras, situadas en las iglesias de Chatún y Gomezserracín, son probablemente del s. XVII. La armadura de Chatún, rectangular, está situada sobre la nave central, y es la que peor ha resistido el paso del tiempo. A punto de colapsar en el siglo pasado, la última reparación llevada a cabo ha permitido recuperar más o menos su estado original. Sin embargo, fue el interés de los vecinos en mantenerla lo que permitió que no fuese sustituida por otra en los años anteriores a su recuperación. Con restos de pigmentación, lo más llamativo es la geometría de su lazo, pues fue necesaria una gran pericia por parte del carpintero para adaptar los ángulos al espacio disponible.

La armadura de Gomezserracín, situada en el presbiterio, consta de ocho faldones, como la de Campo. Con un complejo lazo formado a partir de estrellas de ocho puntas, tiene en su cornisa numerosos elementos barrocos. Relativamente bien conservada, la pigmentación añadida posteriormente dificulta la lectura de su entrelazado. Este y otros problemas hacen necesaria una restauración.

Nuestros pueblos, a menudo olvidados, poseen un patrimonio de gran valor, legado de nuestros antepasados, y es nuestra obligación protegerlo y darlo a conocer para poder preservarlo y dejarlo a nuestros descendientes, evitando que se pierdan en la ruina y el olvido.
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(*) Graduado en Arquitectura por la ETSAM.