La bandArt y Beethoven

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La orquesta bandArt es un grupo de músicos, componentes destacados de otras orquestas, que se agrupan temporalmente para labores de magisterio de músicos jóvenes, realización de conciertos y de ciertos proyectos como poner música, precisamente la tercera de Beethoven, a un espectáculo de danza del grupo Lisarco Danza, grupo compuesto de bailarines con y sin discapacidad. Este último acontecimiento, espectáculo lleno de fuerza expresiva, lo vimos la víspera, el viernes en San Juan de los Caballeros y realmente fue un acontecimiento ver como bailarines con síndrome de Down explotan una faceta de expresividad corporal con una fuerza y una sensibilidad ejemplares para todos, sin un descanso para ellos, en un espectáculo de una hora intensa de ejercicios, que nos recordaban el ballet de las criaturas de Prometeo, del mismo Beethoven, los caprichos de Goya y el Laoconte y sus hijos. Gracias Marta Villegas, siempre tan amiga de Segovia y su Festival.

El concierto del sábado nos trajo una noche excepcional en el desarrollo del concierto. Los músicos tocaron de pie la tercera de Beethoven en la segunda parte y este detalle, junto con el de que no hay director físicamente que mueva la batuta, hace que los músicos tengan una atención especial, así como en la labor de conjunto se consiguen cotas superiores. El director y alma de todo este proyecto, Gordan Nikolic, dirige desde su primer violín y sin parar de moverse, en perpetuo estado de atención y de pasión.

La orquesta sonó con una sincronía y un empaste como muy pocas, pero lo que es más loable es el compromiso de todos los músicos, desde cada instrumento, con el sonido del conjunto. La excelencia fue el signo de la noche de la Bandart.

En la primera parte se comenzó con la obertura de la Isla Deshabitada, de Haydn. Obra infrecuente y muy del sello del autor, que se basa en el mismo texto de Metastasio, de la que escribiera años más tarde el compositor español Manuel García, padre de la Malibrán y la Viardot y de Manuel García hijo que fue maestro de las mejores voces del XIX, una gran saga. La obra se prestó a demostrar una labor de conjunto limpia y redonda.

La sinfonía concertante para violín y viola de Mozart nos dio la oportunidad de escuchar unos dúos donde el violín, y sobre todo la viola, exhiben sus sonidos y sus colores en sus armónicos con fuerza y tacto, tan diferentes, uno incisivo y el otro aterciopelado, pero siempre decisivo en el resultado.

La tercera de Beethoven, como las demás, son páginas que no por haberlas escuchado muchas veces no nos niegan ciertos detalles con el paso de los tiempos por las orquestas y por nosotros mismos. Es una sinfonía en la que lo de menos es la anécdota tan repetida de la dedicatoria, como otras del autor, es un alegato contra la tiranía de los viejos tiempos, que desde el tremendo primer acorde, tan tremendo, y la melodía que le sigue que no es más que este acorde nota a nota, lucha por un nuevo orden, lejos del arte encadenado a necesidades financieras, aliviadas por la clase aristocrática. La marcha fúnebre tiene también una pasión contenida que hace preguntarse cómo se puede aplaudir nada más acabar, quizás sea porque había una parte del público que no va a los conciertos con asiduidad, lo que representa un éxito para los organizadores que vengan a estos.