20-01-Julio-Montero
Julio Montero.
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Julio Montero (Madrid, 1954), catedrático de la U. Internacional de La Rioja, tras serlo de Hª de la Comunicación Social en la Complutense, coautor y director de infinidad de libros, estudios, ponencias y trabajos nos atiende en plenas vacaciones. Este 2018 ha visto la luz, tras más de siete años de trabajo, el libro dirigido y coordinado por él Una televisión con dos cadenas. La programación en España 1956-1990. Me interesa saber, antes de entrar en el libro (primero en su género en España y ya ejemplar en su ámbito), por qué su dedicación a la Historia de la Comunicación.
Su trayectoria profesional empezó en las nacientes facultades de comunicación. Explicaba historia contemporánea a futuros comunicadores. Allí percibió que la comunicación tiene gran protagonismo en la Historia, lo que ignoran muchos historiadores, por desconocimiento. Por otra parte, los teóricos de la comunicación se olvidaban de su historia, al explicarla, como si la hubieran inventado ellos. Concluye; “Había una doble necesidad: subrayar el protagonismo de la comunicación en la Historia y defender la necesidad epistemológica de la Historia de la Comunicación para conseguir un acercamiento más preciso a ella. En eso llevo desde los años noventa”.

—Junto a María A. Paz ha publicado mucho sobre cine e Historia.
—El cine entre otras cosas es medio de comunicación. La Historia de la Comunicación ofrece una paradoja: la escritura que cimentó nuestra cultura, por eso le debemos tanto, liquidó la tradición oral, a pesar de iniciarse como un refuerzo de ella, pues gracias a ella la palabra llegaba más lejos, era más precisa, permanecía sin la presencia de quien la pronunciaba. Con el tiempo, la escritura hizo innecesaria la oralidad y redujo la riqueza de lo transmitido solo a lo transcrito. Un ejemplo: conocemos las tragedias de Esquilo que las autoridades atenienses decidieron poner por escrito, no el resto. Ya Sócrates se manifestó enemigo de la escritura porque acabaría con la memoria. En este contexto, el discurso cinematográfico no es evolución, sino salto milenario. Conecta la historia con su primera forma de transmisión oral. No describe, nos pone ante los hechos mostrados. Puede falsificarlos, sí, también los relatos escritos. Pero las películas históricas las juzgan habitualmente historiadores o gentes que solo conocen la historia escrita. No comprenden que el cine habla de manera distinta a la escritura. La verdad o falsedad de los relatos históricos cinematográficos han de juzgarse bajo criterios audiovisuales (lo que son), no desde los propios del relato histórico escrito. Sin embargo, para muchos es el único aceptable: identifican de modo reduccionista Historia con Historia escrita. Este enfoque lo he abordado siempre con la profesora Paz, en una especie de cruzada por abrir la Historia al relato audiovisual, que, de hecho, es el que predomina en nuetras sociedades.

—Sus publicaciones son colectivas, como este libro que, además, dirige.
—El libro ha contado (no es opinión), con los mejores especialistas en Historia de la Televisión en España. Subrayo especialistas en Historia, porque otros excelentes investigadores del medio no están en él, al estudiar lo actual. Los grandes temas históricos, culturales y sociales, al exigir consultar documentación amplia, o por la amplitud del campo de estudio, o especialistas de varias disciplinas, han de abordarse en conjunto. El mundo audiovisual exige analizar material muy abundante y tanto tiempo, que no puede ofrecerse una obra de interés general, o de gran incidencia, o definitiva en algún sentido, que no exija un equipo de trabajo. Eso implica diseño previo, división de tareas y materiales y una dirección que unifique y vea su evolución: si se alcanzan las metas parciales, si encajan los resultados y hay coherencia.
Además, las ciencias sociales han de abordar problemas de nuestra sociedad y ofrecer vías de solución, al menos de comprensión, para que otras instancias (políticas, administrativas) puedan plantear soluciones bien fundadas. Se exigen resultados y el trabajo en equipo favorece su anticipo. Quienes investigamos en esta área tenemos una tarea que no puede ser, como decía el poeta, sin pecado un adorno. Hay urgencia y eso exige buenos resultados pronto.

—En su columna Por decirlo así de El Adelantado de 18 de julio distingue memoria de Historia. Escribe: “Una psicóloga cumplimentó un diario durante años. Registró cuidadosamente todo lo relevante que le ocurría cada día (…). Muchos años después escribió sus recuerdos sobre aquellos años. Lo más curioso fue la constatación de una gran discrepancia: recordaba mayoritariamente sucesos y momentos felices (la memoria) y las anotaciones de su diario registraron otros bastante desagradables o tendiendo a infelices (la Historia)”. ¿Así sucede con la televisión?
—Por supuesto. Una parte del mundo perdido en la infancia y adolescencia es imaginado. Los espacios en nuestros recuerdos son enormes y al volver, años después, resultan pequeños. Ese mundo que narramos a los demás y a nostros mismos se llena de imágenes reales e imágenes televisivas (cinematográficas también). La mayoría de la población española ha creado su relato con recuerdos asociados a la tele, en parte, porque el mundo que conocimos nos lo dispensó ella. Nuestra historia es una masa de recuerdos llamémosles falsos (historias vistas en cine y televisión, otras escuchadas a nuestros padres y abuelos, sueños…), y de otros reales, pero asimilados y cocinados de modo que no somos capaces de rememorar reales imágenes nítidas, sus colores, los sonidos del momento… La nostalgia mezcla casi todo al evocar el pasado. Como recordamos mejor lo bueno, lo feliz, empapamos las evocaciones generales de esa impresión y echamos de menos ese tiempo.

—En el título llama la atención la ambivalencia del sintagma “con dos cadenas”. Podría pensarse que se dirige al lector al exterior de la televisión.

—El sintagma es toda la portada, no solo su título. Al ver el televisor que ocupa casi dos tercios, nadie duda sobre su contenido. Las dos cadenas no circunscriben la idea de sumisión de la televisión de 1956 a 1990: las cadenas estaban en los gobiernos que la quisieron utilizar. Otra cosa es que lo lograran, o hasta qué punto. Lo peor de nuestra televisión estatal es que no sea estatal, sino gubernamental. Pero no basta con poner cadenas para conseguir los propósitos de los ministros. Las cadenas evitan cosas, sí, pero no generan talento ni logran que se desarrolle el que existe. Sin duda se deben marcar diferencias: las cadenas de 1956 a 1976 no fueron como las posteriores. Un estado autoritario nunca “juega la misma liga” que uno democrático. Cadenas sí, pero muy distintas durante y después del franquismo.

—El libro tiene tres partes: franquismo, transición, y gobierno del PSOE hasta las cadenas privadas. Pero hay programas y personas de TVE que jalonan su existencia y marcan un antes y un después.
—Es cierto, pero entre 1956 y 1990 lo político pesa tanto en TVE, que otros hechos de gran relevancia (como los nuevos estudios de Prado del Rey o el inicio de las emisiones del segundo canal) pasan a segundo plano. ¡Claro que los programas tienen importancia! Ellos son la televisión para la gente; pero ninguno fue tanto como para definir un hito cronológico marcando un antes y un después. Si tuviera que dar ese carácter a alguno, no tendría dudas: Un, dos, tres…
Como en cualquier actividad que exija trabajo en equipo, todos son importantes y nadie imprescindible. Sobre los directivos tengo cierto excepticismo. Quizá Anson tuvo una misión bien definida y clara y a ella sometió su iniciativa; pero su mandato fue breve. Conseguido su objetivo (declarado después), se retiró. Los que le siguieron afrontaron la dirección de RTVE con fines distintos y con cuentas pendientes (no solo déficit) del anterior proyecto. Luego están las estrellas, los creativos, los profesionales. Un ejército de personas, en general muy cualificadas, empeñados en sacar adelante franjas, días, programas. Ellos y su trabajo son nuestro objeto de estudio.

—Respecto de la censura, al leer el libro, descubrimos sorpresas.
—Una cosa es lo que se pretende, y otra lo que se logra. La autocensura era habitual, pero había mecanismos para evitarla. En emisión de películas, por ejemplo, los directores de los programas sabían qué censores dejarían pasar algo político o formal o ideológico… Supieron diferenciar pantalla de cine y televisión en blanco y negro. No se juzgaba igual la subtitulada que la doblada, o su emisión en La 1 o en el UHF… En fin, la lucha habitual entre quienes pretenden hacer llegar determinadas formas de cultura y los mantenedores del orden, que a veces eran tolerantes y otras, duros. Se jugaban su trabajo, recibían orientaciones, aunque a veces estaban de acuerdo. Tampoco fueron iguales todos los tiempos de la televisión franquista. La política jugaba sus bazas… Incluso las llamadas de esposas de ministros al director general.

—La televisión desde su inicio tenía como objetivo entretener; por tanto, estaba pendiente del gusto del telespectador.

—Quienes hacen un trabajo para entretener a su público (en intención a todos los españoles desde mediados de los 60) no pueden olvidarse de él. Es ley en todo espectáculo. Además, si no hay atención y aprecio hacia un medio, poco puede esperarse de su influencia y eficacia propagandística. Se trataba de cumplir lo mejor posible una doble misión: informar y entretener. Aquella tenía todos los límites; pero no ésta (aunque sí algunos) por lo que podían volcarse en cumplir con su finalidad.

—Otro puntal de la televisión es la ficción propia, de calidad, a veces, alta.

—Sí, la ficción ha sido uno de los apoyos más firmes y consistentes del entretenimiento televisivo en todos los países. La tradición radiofónica (radionovelas) y la cinematográfica (narración mediante imágenes en movimiento) se unieron para dar un producto propio. Algunos teóricos, obsesionados con las hibridaciones, dirían que es un producto híbrido. Es más sencillo: en el origen del medio, nace algo nuevo y específico de la televisión, hasta ahora mismo. También es cierto lo de su calidad. El único EMI obtenido por una producción española ha sido La cabina de Mercero, durante la dictadura. Hay otros premios internacionales relevantes, pero para mí es el mejor reflejo del talento y la capacidad de producción de nuestra televisión que entonces (hablo ahora de los 70) podía situarse al mismo nivel de calidad profesional que la italiana o la francesa.

—Desde el principio los programadores conocen la importacia de la audiencia infantil.

—Los programadores españoles de esa franja encontraron los mismos problemas que sus colegas británicos, italianos o franceses: cómo definir el concepto de público infantil y juvenil en una televisión elaborada desde una perspectiva no solo generalista, sino de visionado preferentemente familiar. Además era difícil plantear programas sin contenido formativo, aunque no fuera escolar. La imaginación y la creatividad debían responder. Intentos hubo muchos, pero aciertos (conseguir la atención de niños y jóvenes), no tantos. Producir con presupuestos bajos, lo complicaba más. Hubo interés en cada etapa por acertar con los gustos y las necesidades de la gente menuda y joven; pero las encuestas mostraban que unos y otros preferían los programas que gustaban a sus padres y hermanos mayores. Obtuvieron éxito los payasos de la tele, Un globo, dos globos, tres globos, La guagua, Barrio Sésamo… y la ficción familiar. Verano azul marcó una época. Definitivamente Antonio Mercero, su creador, se merece una biografía televisiva. Habrá que crear el término: Biotelevigrafía.

—Televisión y ficción norteamericana, son sinónimo que llega hasta nosotros.

—Los norteamericanos contaban en los 50, al inicio del desarrollo de las cadenas europeas, con una experiencia y producción acumulada enorme. Sus series no sólo invadieron, resolvieron problemas de iniciativas estatales que apenas llegaban a producir informartivos. ¿Comprarían las películas a sus cineastas? Ni así hubieran llenado las parrillas. Su amplitud de horario fue muy por delante de las posibilidades de cubrirlo con producción propia. Además, estaban los precios: vendían a precio muy asequible material amortizado en USA…Y mantienen la ventaja. En buena parte, aunque moleste a algunos, ver televisión es ver tele norteamericana. No solo contenidos, también concepción, formatos… Hoy más, por el liderazgo de las cadenas comerciales.

—¿Cine y televisión: cordiales enemigos o amantes despechados?
—Son dos medios absolutamente distintos. En el mundo universitario se diría que la tele hizo del cine tarea intelectual, digno de atención para investigación académica. Le dio dignidad, le hizo hueco entre las artes. Deberían pensarlo los amantes del cine que abominan de la televisión. En España, la tele que abarca el libro fue el medio más importante para su difusión. Muchos han aprendido a valorar el cine gracias a los ciclos emitidos y explicados en TVE. Creo que el cine debe mucho a la televisión, empezando por el reconocimiento de su dignidad artística.

—Al alcanzar la tecnología para emitir en directo fuera del estudio, empiezan las retrasmisiones de eventos: corridas de toros, partidos de fútbol…
—Bodas reales, viajes papales, desfiles de deportistas de éxito, procesiones, fiestas del orgullo gay, entrega los Oscars, cabalgatas de Reyes Magos, festivales de música… Lo importante es que el acercamiento a la realidad (información) y al espectáculo (retransmisión) constituye algo esencial y definitorio de la televisión. La certificación de su veracidad está justo en las retransmisiones o conexiones en directo: la realidad tal cual. Este factor confiere a la televisión el papel de notario de la realidad del que antes solo gozaba la fotografía. Traigo este asunto aquí, porque me parece clave que la gente sin formación especializada lo sepa. La televisión adhiere la etiqueta de realidad a cuanto toca: ficción, concurso, retranmisión, telediario… Ni qué decir tiene tiene que todo ello está cuidadosamente manipulado (dicho sin sentido peyorativo).

—La divulgación con documentales fue otra herramienta de TVE para cumplir con otro objetivo: enseñar entreteniendo, que potenció el UHF.
—En parte sí y depende de épocas. Cuando un gobierno se interesaba en trasladar determinado enfoque (por ejemplo de nuestra historia reciente), se ocupaba de que se emitiera esa serie documental concreta en La 1. Lo de una audiencia constituida por una inmensa minoría (el viejo UHF) era un modo de marcar la realidad que se mantuvo durante muchos años entre los profesionales: el UHF fue el canalillo. Otra cosa es que quienes trabajaron en él hicieran trabajos estupendos; entonces era frecuente que un éxito en La 2 acabase en La 1.

—¿Influyó TVE en la apertura del régimen franquista?
—La tele franquista, como cualquier medio estatal que abrió al país a otros mundos y realidades (las series norteamericanas jugaron un papel suave y destacado a mi juicio), preparó a la gente para la apertura democrática que se veía inapelable a la muerte de Franco. Determinados sectores vivían ya tal normalidad (excepto en los partidos políticos). En las universidades se hablaba de autores prohibidos, se accedía a sus libros (muchos editados en Latinoamerica), se publicaba en catalán y la tele tenía programas en catalán, euskera y gallego. Lo preocupante para quienes vivieron la Guerra, los 40 y 50 era cómo hacerlo y cómo llegar a ella. ¿Romper y empezar de nuevo? ¿Cambiar lo necesario para que “no hubiera lío”? Esas personas no podían empezar de cero. En eso acertó la Transición y los líderes políticos entendieron el sentir de la mayoría. TVE participó de este proceso con protagonismo esencial: desde los 70, incluso antes, en la preparación, todo lo moderada que se quiera; luego, durante la Transición hasta la aprobación de la Constitución. Sí, TVE jugó un importante papel en la preparación de la población española para la democracia.

—En época de televisiones comerciales, de pago, por Internet, canales temáticos, youtubers… ¿Qué razón de ser tiene la televisión pública?
—Formar el gusto televisivo debería ser tarea de una televisión pública robusta. Luchar, primero por las audiencias, y, luego, por lo que requiera una presencia fuerte en el conjunto de la opinión pública. Una televisión competitiva desde el inicio. Si la alternativa es que los españoles paguemos con nuestros impuestos la posición de privilegio de algunos sectores de TVE, nunca existirá esa presencia vigorosa que requiere la producción y selección de materiales que permita al espectador conocer que es posible una televisión de mejor calidad: técnica, creativa, informativa…
Los gobernanza de TVE, su independencia de los gobiernos (que no significa ir contra ellos, ni a favor) no es su mayor problema, ni el más importante, si los profesionales de TVE mantuvieran sus vinculaciones políticas al margen de su actividad profesional (como la mayoría de ciudadanos). En eso los profesionales de primera hora (sobre todo los que iniciaron su tarea en la tele de los 60) son ejemplo: hicieron una televisión posible y de calidad (con estándares europeos), trabajaron por traer la democracia a nuestro país, como tantos otros hicimos, innovaron… No sé si ahora hay adscripciones previas a la espera de realizar una carrera al margen (o por lo menos mediatizada) de los méritos profesionales.
El otro desafío es que TVE se posicione en la web. Ahí estarán todas las cadenas y la publicidad… No sé cómo será la televisión en 20 años, pero apenas tendrá que ver con la actual: cadenas generalistas en abierto. TVE debería liderar esa innovación… en la que no será preciso pelearse por unas dietas de unos señores que trabajan en un municipio y tiene su domicilio en otro: aunque estén unidos por metro.

FuenteAmando Carabias
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