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Se preguntará el lector que cómo es posible que un espacio físico, urbano, puede ser considerado mártir. Pues la respuesta, amigo, es sencilla: porque contra la plazuela a la que me voy a referir se han concitado en tiempos sucesivos y por distintos responsables olvidos, maltratos y desprecios que la han despersonalizado de su trayectoria entrañable, han masacrado físicamente y la han arruinado sin compasión. De ello son responsables individuos e instituciones.

Ya dejó dicho, hace no muchos años, el profesor don Antonio Ruíz Hernando que “vaciar el casco histórico es un error gravísimo”, por cuanto se corría el riesgo de dejar edificios históricos vacíos que podían convertir el centro de la ciudad “en un hotel”.

No es esta nuestra reivindicación ahora, aunque apoyamos con entusiasmo la tesis de nuestro admirado amigo, si no la del olvido, demasiado cicatero, que se ha tenido del “ Arrabal Grande “ —tan histórico como lo pueda ser cualquier otro lugar de nuestra ciudad— que es como era conocido lo que hoy es, más o menos el barrio de Santa Eulalia.

Es ahora el momento de aclarar que no se puede hacer referencia a la “Segovia histórica” para referirse a la “ciudad murada”. Si hablamos de la Segovia histórica se ha recordar que su primera y gran historia está fuera de sus muros.

Como, por ejemplo, el Acueducto, que en la parte monumental, prácticamente, termina donde se encuentra con el muro que cierra el recinto. O la primera fundación monástica, San Vicente el Real, en la barrio de San Lorenzo, o la “catedral románica” en San Millán y, por supuesto, el Arrabal Grande, tan rico en historia grande como lo aportan a su haber de siglos, entre otras consideraciones, San Antonio el Real, Santa Isabel, Santa Rita…y todo lo que se refiere a la época más espléndida de nuestra economía con la industria pañera. Así que dejemos las cosas como son y no volvamos a definir como ciudad histórica lo que es simplemente, y es muy importante, la “Ciudad Murada” y no priven al resto de sus espacio del carácter histórico de sus espacios y el laborar de sus gentes.

Segovia es una, y de sus alegrías y de sus dolores, hemos de participar todos. Y a todos nos ha de encabritar el maltrato, el auténtico martirio a que se ha sometido a la entrañable Plazuela de Santa Eulalia, tan desfigurada la pobre, desde mi infancia feliz en ella, que uso, para definirla ahora, las mismas palabras de Andrés Laguna al lamentarse del estado en que estaba postrada la lastimada Europa: ¿”No veis qué ensangrentada, qué vil, que sórdida, qué andrajosa, qué miserable está la que en otro tiempo vencía al mismo sol con sus resplandores”?. Pero amigo lector, que puede que compartas los mismos enfados que a mí me embargan por este mal trato, las piedras no gritan cuando se las daña, pero en ellas queda patente el desprecio a que han sido sometidas.

Este Arrabal Grande fue la localización principal de la industria pañera cuando ésta era la admiración del mundo por la calidad de sus productos. (Hemos de lamentar todos que la última huella de aquella actividad no haya sido respetada primando una edificación moderna, tal vez insulsa, para la segunda fase de la UVA en Segovia pues, sabiendo lo que históricamente significaba el solar sobre el que se construía, fue destruido el resto reconocible de la fábrica de paños de la Casa Grande (léase a Joaquín González herrero, tan amante y defensor de la Segovia histórica) si bien que ahora, generosamente, nos dicen respetar unas simples pilas como homenaje a toda aquella tradición.

De todas formas Segovia debe estar agradecida por esa generosidad. Aunque dejemos aquí constancia del desprecio, ya que ignorancia no se puede argumentar, dado que de sus aulas ha salido un estupendo trabajo: “Un empresario del antiguo Régimen: Laureano Ortiz de Paz”, presentado por don Alberto Rincón de Frutos y tutelado por don Ricardo Hernández García.

Pero vayamos a la plazuela de Santa Eulalia, objeto de nuestra queja y nuestra reivindicación. En ella pasamos los primeros once años de nuestra vida, cuando más rápido se aprende y así, en la escuelita pública de doña Inés de Pablos, arruinada del todo ahora, si bien que aún subsiste el edificio pero con los días contados por tanto abandono, desidia y puede que también por especulación, como ocurre, amigo lector, con todo el maltratado recinto de la plazuela como espacio más próximo a los vecinos, más íntimo, como si fuera la sala de estar de todo el barrio, en la que los abuelos sestean, las madres charlan, los jóvenes se amartelan y los niños juegan (jugábamos), a todo y sin peligro: a la dola, al guá, el murreo, al fútbol con pelotas de papel de periódico, al peón… mientras a todos acompaña el cantarín caer del agua de los dos caños que vierten al pilón, en el centro de la plazuela y el Tío Crispín vocea los melones de Villaconejos en el rincón de la escalera que sube a la iglesia.

Es dislocante el cambio que se ha hecho
en este barrio de Santa Eulalia
con los nombres de
las calles, modificándoles
sin respetar origen y circunstancia,
porque se dieron los nombres
en principio y sin que hoy tengan
más participación que el deseo de
cambiar los primeros datos
sin justificación alguna

Por aquí pasaba, descubierto, el arroyo Clamores —Don Manuel González Herrero le llama “Río Clamor” en un hermoso libro— que se convertía en útil para las lanas de los tejedores cuando no era un barrizal intransitable y de sonidos muy animados al mezclarse el croar de las ranas con los de las cigüeñas de la torre. (también a la calle Cantarranas le quitaron el nombre para llevarlo a un lugar que en nada se corresponde con la tradición del barrio).

Pero lo cierto es que el río Clamores daba vida y era la impronta de la plazuela que hoy nos indigna y escandaliza. Desde luego un lugar absolutamente distinto a la actual configuración en la que primaba más lo rural que lo urbano y esto no llegó, de una manera ordenada, hasta que puso sobre esta zona su ingenio el gran arquitecto que fue Joaquín Odriozola.

Segovia era como una alta meseta que iba desde el Alcázar hasta las afueras hacia el sur y enmarcada entre los cauces de los dos ríos que corren a lo largo de estos dos valles perfectamente diferenciados.

Llamamos río al Clamores, que bien podría ser considerado arroyo, para respetar la tradición (río se le llama por los segovianos cuando se dice “es el río mie..” que se lleva todo lo que Segovia suelta y para que se sienta hermanado con el Eresma, en la división y nombre de los valles de la solana y la umbría, según sea considerada, a una u otra hora, cada una de las posiciones del sol y así como los terrenos del río de la Alameda han tenido apenas alteraciones con el paso de los siglos, no ha ocurrido lo mismo con el curso del modesto Clamores que se han alterado de manera muy significativa, consecuencia de ser una arteria que cruza la ciudad y ésta impone sus condiciones y preferencias en su suelo para la utilización de su cauce, su siempre escaso caudal utilizado sin miramientos.

Lo que constituían las márgenes del Clamores, a su paso por el Arrabal Grande, eran tierras de labor y huertas, hasta convertirse primero en lavadero de lanas y luego en acequia fecal, imprescindible para la ciudad. Del lavadero del arroyo pasaban las lanas a la solana que presentaba el terreno en lo que hoy se llama calle Estiradores, como fase previa a la tarea de éstos en la tarea de tejer las lanas segovianas.

La modestia del Clamores no ha sido obstáculo para que la ciudad se haya beneficiado de su providencial cauce natural. Hubo de ser un arquitecto municipal de Segovia, don Joaquín de Odriozola y Grimaud, quien hiciera el milagro de encauzar aquel despropósito de bodones y charcas, transformándolo todo en un cauce escaso pero ordenado y utilísimo.

Transcurría entonces el arroyo por la calle Cantarranas, después de cruzar la plazuela del Quinto, dejando a su margen derecha los aledaños de la Fuente de la Dehesa, en medio del atajo que salía a la plaza de toros, bordeando las altas tapias de San Antonio El Real y las instalaciones de la Escuela de Automovilismo, luego conocida como Base Mixta de Carros de Combate y Tractores y donde, sobre una loma del terreno se alzaba el cuartel de la guardia civil y años después la “Casa Cuna”, convertida luego y transitoriamente en hospital militar, mientras éste, donde antes hubo un convento trasladado desde la Fuencisla, soportaba las últimas obras de mejora, pocos años antes de su definitiva desaparición, en la plazuela de José Zorrilla, o ensanchamiento de la calle, como ustedes quieran.

Es dislocante el cambio que se ha hecho en este barrio de Santa Eulalia con los nombres de las calles, modificándoles sin respetar origen y circunstancia, porque se dieron los nombres en principio y sin que hoy tengan más participación que el deseo de cambiar los primeros datos sin justificación alguna. Si se hubieran respetado los orígenes de la nomenclatura la calle de Cantarranas seguiría siendo el camino natural que unía la plazuela del Quinto (hoy llamada de la Universidad ¡qué menos logro para nuestra modernidad!) con la plazuela mártir de Santa Eulalia.

Fue Odriozola quien, como arquitecto municipal, el 3 de mayo de 1870, con un afortunado proyecto, propuso a la corporación municipal poner orden en aquel caos del arroyo Clamores, esgrimiendo para su aceptación, entre otras razones, las de: “un buen sistema de alineación así como el de las cañerías de agua potables e inmundas por los perjuicios que se siguen a las generales por quedar al capricho de los vecinos la construcción de los ramales parciales…” siendo entonces cuando Segovia tiene el regalo de la canalización del arroyo que tan importantes servicios habría de prestar a la ciudad hasta nuestros días. Bien podemos decir que el arquitecto tuvo una especial dedicación a favorecer este entorno y, en 1889, eligió la plazuela de Santa Eulalia para ubicar en ella un proyecto de mercado cubierto que no se llevó a cabo. Antes, en el año 1878, había presentado en el municipio un plan de ordenación de las calles con salida a la plazuela de Santa Eulalia así como la calle San Francisco y en 1883 propone la ordenación de la calle de Puente de Muerte y Vida y la calle del Mercado, que llevan a la estación de ferrocarril, verdadera obsesión entonces de toda la ciudad que se pierde en mil disquisiciones. Pero, es el caso que, Odriozola sigue interesado por la ordenación de este entorno, punto neurálgico del Arrabal Grande, sin olvidar, en paralelo y como conjunto, la ordenación del Paseo Nuevo, desde la iglesia de Santo Tomás hasta la Estación.

Consecuencia de todo ello es la necesidad de encauzar y cubrir el arroyo Clamores que presenta al Ayuntamiento en los siete últimos años que quedaban para acabar el siglo XIX. Y da forma, de manera entrañable, a lo que conocimos como grata plazuela de Santa Eulalia. Dignifica el entorno con un edificio amable dedicado a escuela de niñas, de gran nobleza y traza sencilla, con escalera a doble mano y patio anterior que resalta la fachada, cerrando el entorno con una verja de grato diseño, complementaria de la otra gran aportación del hierro cual fue la barandilla que cierra desde la calle de Puente de Muerte y Vida el recinto de la plazuela. De ambas aportaciones ofrecemos fotografías al lector. Aquella escuela cedió su solar, forzosamente, para que fuera construido un edificio absolutamente desencajado con el entorno de la plazuela. Pero esto no debe sorprendernos ya que si el amor a la ciudad es campo para todos y no tiene fronteras, sí tiene límites y semejante despropósito debió ser evitado por quienes, en ese momento tenían el cuidado de la ciudad y desde luego carentes, entonces, de una sensibilidad nula por conservar su esencia e identidad.

Pero, sea como fuere, esta plazuela de Santa Eulalia entró en el punto de mira de quienes consideraban que su conjunto merecía una cierta protección, acaso para que no se volvieran a cometer desmanes como lo dicho antes. Y así, cuando se produce la obligada imposición de que la provincia de Segovia formara parte de la Comunidad actual de Castilla y León, en un galimatías de confusiones y denominaciones que no encajan, se informa, en julio de 2016, que la Junta de Castilla y León “avanza” en la declaración como Bien de Interés Cultural de la plaza de Santa Eulalia de Segovia. Concretamente el día 26 de julio la Consejería de Cultura y Turismo inicia un período de información pública del expediente abierto en 1977. A eso se llama celeridad e interés y preocupación por un conjunto urbano que para entonces, y por su negligencia, ya era una pura ruina irrecuperable.

Es curioso, e indignante, que en esa fecha se nos dice que “la Junta avanza así en el expediente heredado del Ministerio de Cultura cuando el Gobierno autonómico “asumió” la competencia en materia de conservación del patrimonio histórico, que se remontaba, triste es escribirlo, al año 1977 (39 demoledores años esperando la plazuela a que Valladolid decidiera interesarse por su suerte). No cabe duda de que, por esa desidia y ese olvido continuado, habrían de exigirse responsabilidades —y acaso reparaciones de reposición— ya que por ello se llegó a la ruina irreparable actual.

Solo como orientación recordaré a quien hiciera el famoso expediente que la plazuela (o plaza, que a estas alturas ya me da lo mismo como la definan) de Santa Eulalia nunca fue mercado sino que era cruzada por el Camino del Mercado, que es realidad bien distinta. Este estaba y se celebraba en el paraje de “la eras” desde que Enrique IV concedió a Segovia el privilegio de Ferias. Recuerdo, de nuevo, que fue el arquitecto Odriozola quien “civilizó” el entorno, convirtiéndole en amable espacio urbano para la convivencia de los vecinos del barrio de Santa Eulalia. En aquellas “eras” aún alcanzamos a trillar, como distracción por nuestra parte, claro, los chavales, como cualquier chico de pueblo cuando el Barrio del Mercado, en el entorno de la ermita y por las actuales calles de Agapito Marazuela y Los Arroyos, era todavía un barrio de agricultores. Desde la Plazuela de Carrasco hasta las calles antes citadas eran corrales con carros de labor, cuadras, puertas carreteras y viviendas de labradores, que serían los últimos en sembrar y segar por Las Lastras y otros lugares segovianos. Por eso la Plaza mártir de Santa Eulalia no conserva, en absoluto, porque nunca lo tuvo “que conserva y mantiene —como reza en el expediente B.I.C.— en gran medida la huella y memoria histórica de este tipo de asentamientos”. Cuando se escribe fiándose de las ocurrencias de otros, y sin pisar el terreno, es lo que tiene.