Hoguera de San Juan en la Plaza Mayor de Segovia durante las Ferias y Fiestas 2018. / M.G.
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La noche de San Juan es la preferida de junio. Son fiestas en la capital segoviana, herederas directas de las ferias otorgadas por Enrique IV. Se hacen hogueras y el fuego reina en la noche más corta del año. Además esa noche las aguas de las fuentes tienen, durante unas horas, propiedades milagrosas si se beben antes de que despunten los primeros rayos de Sol. Así ocurre todavía en Prádena donde es costumbre lavarse la cara con “la flor del agua”. Mientras que en los alrededores de la ermita de Juarrillos muchos acuden para ver cómo sale el Sol, dando vueltas, poco antes de la misa del alba.

El agua y el fuego constituyen dos componentes de extraordinaria importancia en las fiestas populares de Segovia, Castilla y toda Europa. No hay más que releer “La rama dorada” de Frazer para comprobarlo con asombro. Y así sucederá hasta el final de los días. Agua y fuego adquieren protagonismo esta noche de San Juan. Aunque no exclusivamente. La fiesta del paso del fuego en San Pedro Manrique, en la cercana Soria, durante la noche de San Juan, representa una buena muestra del fascinante simbolismo que el fuego y su búsqueda ha supuesto para el hombre antiguo. La ceremonia es simple y conocida. Primero se prende una gran hoguera con madera de roble frente a la iglesia de la Virgen de la Peña, a medida que las llamas consumen las ramas y troncos, los preparadores extienden las ascuas hasta llegar a formar una alfombra incandescente.

A la medianoche aparecen las Mondidas, las tres jóvenes encargadas de presidir los festejos de San Juan. Y luego, tras un toque de clarín, los pasadores, que no suelen ser más de una docena, inician su corta danza a pie descalzo por las brasas.

A veces, llevan sobre sus espaldas algún familiar o cierta amiga, dicen que para hacer más presión con los pies y no quemarse. Esta es la fiesta convertida hace tiempo en espectáculo en el que hay que pagar entrada. Y que ha sido objeto de múltiples reportajes periodísticos y estudios de todo tipo. Julio Caro Baroja la dedicó alguna de las brillantísimas páginas de su trilogía festiva. Fue una de las pocas celebraciones populares que el gran historiador conoció personalmente. Y tras la visita realizó una curiosa definición de sí mismo: “Turista de la clase burguesa que quita intimidad y carácter a la fiesta”. ¿Cabe mayor humildad que la de este hombre sabio?

Así se veía Caro Baroja que, de paso, cuando atendió esta celebración en sus libros, no dejó de alertar sobre el peligro que conlleva hablar, en este y otros casos, de “supervivencias” de viejos ritos, como tantas veces se hace. Recordemos que Iñiguez Ortiz apuntaba la posibilidad de que el paso del fuego en San Pedro Manrique fuera una supervivencia de un viejo rito celtibérico. Un lugar común repetido como verdadero en tantas y tantas ocasiones.

Julio Caro Baroja, en sus estudios publicados, además de advertir sobre el peligro de invocar “sobrevivencias”, confesaba con cierto asombro que la hoguera de San Pedro Manrique se diferenciaba bastante del resto de las hogueras que él había conocido. Para apuntar a continuación que el acto de pasar descalzo sobre las brasas parecía estar ligado a determinados ritos que se practican en países tan lejanos en lo cultural y geográfico a Castilla como la India o el Yucatán.

LAS DUDAS DEL SABIO Resulta evidente que la utilización, en este caso, del siempre problemático procedimiento asociativo por el que puede ponerse en relación Soria con la India, no fue más que una elegante forma, por parte de Caro Baroja, de manifestar sus inmensas dudas sobre la procedencia celtibérica de la celebración. Desde luego en una cosa sí estaba seguro, y lo dejó meridianamente claro. La fiesta nada tenía que ver con ningún recuerdo de la batalla de Clavijo y del tributo de las cien doncellas, como también se dice repetidamente.

Y si bien se mira. Eso de caminar descalzo sobre brasas ardiendo sin sentir dolor, tiene bastante más que ver con los chamanes, los monjes zen y, por supuesto, con los faquires, que con los celtíberos. Pueblo al que no se le conoce poseedor de ninguna técnica especial para controlar, como hacen por ejemplo los maestros yoguis, determinadas reacciones del cuerpo. Algo que la ciencia actual reconoce posible y llama “biofeedback”.

En San Pedro Manrique se encuentra una fiesta utilizada como paradigma y modelo. Una fiesta popular entre las populares, una fiesta con “pedigree” pudiera decirse. Una fiesta que generalmente se relaciona con ritos de los primeros pobladores de la península. Que está emparentada con la noche de los tiempos, como se afirma con desparpajo y aplomo temerario en los reportajes periodísticos que siempre aparecen por San Juan. Una celebración, ya ritual, que seguramente no alcance a los 100 años de antigüedad.

Así lo estimó tiempo atrás quien fuera director del Archivo Histórico provincial de Soria, Carlos Álvarez García. Y lo justificaba en la inexistencia de documentación escrita sobre la materia hasta los años veinte del pasado siglo. Al parecer fue el conocido arqueólogo Blas de Taracena, autor de una magnífica y bien documentada guía, quien primero escribió sobre esta fiesta ya en 1923.

Una celebración festiva que no aparece reseñada en publicaciones anteriores a la de Taracena, como un libro escrito a finales del XVIII por un sacerdote natural de San Pedro Manrique donde, en cambio, sí da noticia de otras tradiciones de la comarca. Y tampoco la cita el cronista Nicolás Rabal cuando escribió en 1889 su Historia de Soria, en la que sí da noticia de otras costumbres del pueblo de San Pedro Manrique.

MÁS DUDAS QUE CERTEZAS ¿Es esta una fiesta antigua, prehistórica como se asegura tantas veces? ¿O una fiesta inventada hace solo 100 años? ¿Y por quién? Hay noticias de que a finales del siglo XIX había un herrero de Tudela, en Navarra, que adquirió cierta notoriedad porque paseaba descalzo encima de las brasas. ¿Tuvo este personaje alguna conexión con la fiesta de San Pedro Manrique?

Seguramente no se sepa nunca. Lo que se impone es realizar una investigación a fondo de los archivos de San Pedro Manrique y de la provincia de Soria, para dilucidar con menos alegría y más rigor la datación de esta misteriosa y vistosa celebración festiva. El hecho de que hayan aparecido en suelo soriano huellas petrificadas de dinosaurios no es suficiente razón para pensar que algo parecido ha podido ocurrir con determinadas celebraciones de dudoso origen celtibérico. Conviene tenerlo en cuenta estos días de hogueras y reportajes televisivos urgentes sobre los ritos en torno al fuego y el agua. O de páginas especiales en los periódicos, como esta.
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(*) Periodista y Miembro del Consejo Asesor del Instituto Manuel González Herrero.