El Azoguejo de Segovia.
El Azoguejo de Segovia.
Publicidad

Cuando recuerdo la frase de ISAAC ASIMOV: “Los cabellos blancos de mi madre son por mi culpa”, me doy cuenta que el tiempo es inexorable en su paso. Ahora me toca a mí.

Cuando lean las poesías de calidad infinita de León Felipe, su fondo y su estructura me lleva a pensar que recordar ha sido y es vivir.

La calle de San Francisco era la entrada natural desde el arrabal al Azoguejo en Segovia.

Desde enfrente del Convento de San Francisco, había las siguientes casas hasta esa plaza de interés:

La parte de atrás que fue del Convento de la Encarnación había un pequeño estanque de peces de colores. Lo visitábamos a menudo. El convento se llamaba también “Hospital de Mujeres Incurables”, tiempos pasados.

En el número 26 estuvo el Mesón del Aceite, donde Santa Teresa vino a parar con sus compañeras, expulsada de Pastrana (Guadalajara) por parte de la princesa de Éboli (La supuesta enamorada de Felipe II, al quedarse viuda, y a la cual vigilaba el rey tapado bajo su capa en las cercanías, por las noches, de lo que hoy es la Delegación de Gobierno de Valladolid, era mujer bella y soberbia). Santa Teresa en sus escritos cuenta de ella cosas importantes.

Ya sabéis que Felipe II en su primer pensamiento quiso hacer el Monasterio de San Lorenzo en Segovia (cerca del Sotillo), pero se volvió atrás.

Poco más abajo está la Casa del Sello, con más vicisitudes históricas dignas de conocer por los segovianos, en asuntos financieros ocultos entre clérigos y ricos segovianos, hasta que pasó a ser del municipio. Esto comenzó a litigarse en el siglo XIV, pues aquellos eran dueños de casi todo en la calle. Por cierto, en la calle San Francisco, enfrente de la Academia, si coincidías al izar o arriar la bandera, al son de las cornetas, era obligación de pararte, ponerte firme o bien levantar el brazo en plan de respeto profundo a la bandera.

Más abajo, la casa barroca de los Serranillos, con hermoso arco, donde mejores aceitunas había en Segovia, que luego perteneció a los “Garbanceros” enfrente del antiguo mesón típico de Los Vizcaínos, donde los viajeros dejaban sus carruajes y caballerías. Era de guijarro el suelo hasta hace poco.

Sacar jugo literario-histórica de mi tierra, es un morbo positivo que debe dar vida y trasmitir por el recuerdo de él a nuestros paisanos actuales. Pescaderías y carnicerías hermosas poblaban el final junto a la librería Herranz, y la casa de ultramarinos de Candamo, uno de los dueños históricos de casas cerca de la del sello, e incluso de ella misma.

Por las cercanías de ésta casa hubo una pastelería famosa “Mora” y un baile llamado “Barcelo”, de donde los/las jóvenes salían sudorosos de sus actuaciones lisonjeras, como yo lo recuerdo, era muy popular.

La Segovia de los años 40 del siglo pasado tiene tanto, tanto de vital que voy a intentar plasmarlo aquí.

Yo de niño pensaba al ver mi ciudad, rodeada de “Fielatos”, uno en San Marcos, otro en la carretera de Madrona, al cruce con lo que hoy es Ezequiel González, otro en las cercanías de la ermita del Mercado, otro al lado del río Ciguiñuela en el cruce con la carretera de San Cristóbal y creo que otro en las cercanías de los depósitos del agua. Yo entonces, de pocos años, lo veía, sin saber lo que significaban. Poco a poco supe que eran para evitar la entrada de “pan blanco en hogazas”, o embutidos y otros alimentos básicos. Allí se “requisaba todo” sin compasión y lo peor es que nunca supe dónde iba a parar. Había que aguantarse.
Yo en mis “correrías” de niño, al ir por las Lastras y otros sitios, veía ir y venir vecinos, sobre todo de edad media, hacia Madrona, Zamarramala, Revenga, y otros pueblos del alfoz y más lejanos, que traían (a pie y en el coche de San Fernando), pan escondido, garbanzos, judías, etc, y así comían o comíamos algo entonces. Todo a escondidas y si se podía por la noche, pues la persecución era intensa por parte de “abastos”.

Sólo pasaban, no sin control, los burros (asnos) de los areneros, que traían arena fina extraída de las cuevas de arena, que había en la curva del Terminillo, hoy donde está la residencia de ancianos (para mi recuerdo de los Lazaretos de apartados para los “pobres” mayores), que traían seras o serones que pregonaban por las calles de Segovia y que vendían en bolsas “para fregar” los fondos de cazuelas y sartenes (entonces se fregaba así y se sacaba brillo; ¡aquello no contaminaba!)
La estación de autobuses estaba entonces en varios sitios (la entrada de la carretera de Bodeguillas, y de La Granja, los autobuses de “Galo Álvarez” de “La Serrana”, de “Gutiérrez”, de “Rebollo”, de “Garrido”, de “Patiño”) estaban tan vigilados a su llegada que las maletas que traías del pueblo donde vivían los padres, familiares, te las abrían y si te pillaban un pan, o algo de la longaniza casera, o harina, te lo “requisaban” y “adiós muy buenas”. A veces se pagaba una multa.

Un día un agente de “abastos” abrió una maleta de madera a un fraile, que yo creo que venía de El Henar (Cuellar) y al abrirla se encontraron cientos de escapularios de la Virgen y una casulla para decir misa. El agente se llevó un gran chasco y agachó la cabeza. Fue un hecho muy comentado.
Yo aquello lo veía como una cosa abusiva, pero mi abuelo me decía “hijo, a callar, que es mejor para nosotros”. Pocas veces mi madre “mandaba” algo, por la escasez y el miedo.

Yo pensaba que Segovia era una ciudad sitiada para los pobres y las clases medias bajas, que eran la mayoría, pero no. En Segovia había un Azoguejo, lleno de pescadores de cangrejos que vendían los mismos por docenas, cangrejos limpios, de cola larga, comestible, cangrejos de nuestros ríos, que exponían vivos en unos saquetes llenos y que a real, o así, se compraban aquellos excelentes crustáceos, que por cierto aprendimos pronto a pescar con nuestros propios reteles, en el Milanillos u otros ríos cercanos.

Había y se vendían pececillos, las bermejas y los cachos, que se freían en palillos de madera para no separarlos, exquisitos de sabor. Por otro lado se comían pajaritos fritos, que también se cazaban con liga, porque había hambre (yo sentía pena, pero era una costumbre segoviana, sobre todo por la época de San Frutos).
También había varios puestos de melones “escritos” que traían los de Zamarramala y alrededores, a buen precio, que comíamos deslizando su sabrosísimo néctar en nuestros vilipendiados labios hasta llegar en su extinción a la corteza. Había grandes sandías rojas o amarillas, muy sabrosas con “pipas”, hoy casi desaparecidas y poco sofisticadas. Los de Zamarramala peleaban por la calidad de todo este tipo de frutas de época.

Por otro lado había puestos de cardillos (que eran cardos salvajes exentos de espinas) los cuales se juntaban con legumbres y eran unas verduras exquisitas. Había acederas (una especie de hojas alargadas con sabor ácido) muy buenas para alimento. Estoy hablando lógicamente del pueblo llano.

También se vendían berros, y había puestos donde se vendían zarzamoras (nosotros las llamábamos “morones”, las había santiagueñas y migueleñas, dependiendo de la fecha) entonces sólo alcanzábamos a cogerlas en el valle de Tejadilla, lo más lejos que íbamos, con nuestras cestas.

Cercanos había puestos con venta de tacos de “jabón” hechos a mano y cortados en trozos grandes, los hacían con sebo de animales, sosa y grasa o algo así (no contaminaban y duraban un montón de tiempo) eran baratos y aceptables para todo tipo de lavados. Tenían a veces unas vetas moradas para demostrar mejor calidad. Tengo la receta de ello todavía.

Había a continuación puestos de hortelanos que exponían “sabrosos” tomates y verduras de todo tipo. Voceaban sus productos con euforia. Los puestos de frutas tenían pequeñas naranjas de injertos, que eran rojizas y sabrosas. Las buenas y grandes se llamaban de Guasi, y estaban en tiendas para ricos, algunas veces las conseguíamos, era un éxito.

El mercado era alegre y feliz, por eso quiero decir que no todo era tristeza; la ciudad tenía sus diversiones y alegrías. Los chicos íbamos a “cines”, como el de la Capilla de la Paz (en San Esteban), el de los Misioneros, etc, en donde por un real veías películas del Capitán “Sazán”, de “Pamplinas”, o de asuntos históricos. Eran películas que se cortaban de vez en cuando. Si a los censores se les escapaba alguna escena de tipo moral bajo, lo tapaban con los dedos y ya mocitos lo pitábamos enfadados, pues algo adivinábamos. También había un cine, el “Ideal”, en la bajada del Salón.

Los jueves solían salir los seminaristas a pasear, formaban comitivas abundantes de chicos, con su estola roja y su sotana, que iban casi siempre hasta Baterías, en paseos ordenados, a veces se remangaban la sotana para jugar al fútbol, cerca del Lago Alonso.

También salían los cadetes en prácticas, su traje era gris y formaban andando una gran comitiva, que mirábamos con admiración. Cuando iban a caballo, era todo un espectáculo. La base mixta era un éxito para Segovia.

En estas épocas, mitad de los 40, vino a España Eva Perón y a los chicos, desde la escuela nos llevaron a verla. Yo desde Colmenares. Nos colocaron con una banderita hasta el Azoguejo, en donde, agitándola, recibimos a aquella “lujosa y guapa” señora (por lo menos a mí me lo pareció) acompañada de Carmen Polo ¡Qué algarabía! Había que agradecer el trigo argentino para los hambrientos españoles.

Nos premiaron en Auxilio Social con una barra de pan y una pastilla de chocolate de “Herranz”, que nos supo a todos “a gloria”. Los más aprovechados se hicieron con unos pantalones ocres y unas botas de “Segarra” que pusieron a nuestra disposición para que las usáramos. Vino a España y a Segovia en 1947, en junio, acompañada por Carmen Polo de Franco. Se paró en el Mesón de Cándido, donde no comió, sólo bebió agua mineral. Las chicas de Armuña bailaron para ellas y el Azoguejo estaba lleno de gente por todos los sitios. Se cuenta que Cándido, el Mesonero Mayor, la recibió con todos los honores y no digo nada a su acompañante. Cuando vino a Segovia procedía de Medina del Campo. A Eva Perón la regalaron hermosos trajes segovianos, que luego se exhibieron en la Plaza Mayor de Madrid.
Vino a romper el boicot internacional a España y como digo nos regalaron miles de toneladas de trigo para paliar el hambre.

Eva Perón antes de morir de cáncer, quiso ver los trajes españoles, entre ellos los segovianos, que se conservan en el Museo Larreta, de Buenos Aires.
Pero no todo era negativo en la Segovia de entonces. Había un Azoguejo lleno de gente, sobre todo los jueves el día feriado concedido por Enrique IV a los segovianos, para sus mercancías y trueques, exentos de impuestos y con contratos verbales que valían más que ante notarios, en esas transacciones era alegría, recuerde el dicho “por encima del Acueducto el agua, y en la plaza corre el vino”. Por cierto esta concesión nunca fue derogada y el Mercado en el Acueducto ha existido hasta hace poco tiempo, algunos no lo olvidamos.

Una cerveza, con una anchoa y una aceituna, en esa plaza tenía y tuvo siempre un aire fresco de conexión humana y sensorial.

Enfrente del Mesón de Cándido (viejo), ya pintaba las paredes Lope Tablada, padre, siempre con pajarita y personaje entrañable e inolvidable; lo conocí cercanamente, era humilde y el Mesonero Mayor lo sabía perfectamente, y entendió su calidad artística.

De todos aquellos niños con banderita española del Azoguejo que cité antes, me gustaría hacer un relato, cincuenta años después, sería sorpresivo.

Otros Personajes:

María de la O cantada y bailaba por unas monedas. Era una mujer vestida y peinada rudimentariamente, pero siempre dispuesta a divertir a aquel entrañable y triste pueblo segoviano. Mariano Conejo contaba historias interminables de los lúgubres lugares del Hospicio, de donde también salieron personajes dignos de tratar, cada uno en su profesión. Recuerdo a Mariano Conejo como muy querido por las monjas del hospicio. Curiosamente le mandaban con una garrafa de 8 litros a por vino, a la taberna de Siro, en El Salvador y recuerdo que bajando por Ochandátegui se echaba algún trago que otro, alegrándole la vida. Para que no lo notasen, reponía la garrafa con agua de la fuente de Santa Lucía. De todas formas era servicial y bondadoso. Escribir sobre su vida sería importante.

“Cacahuet” o “Puchero”, siempre triste, al vender aquellos frutos que tostaba, siempre te contaba alguna historia, de cosas, viejas, con su pozo de agua en los patios y el origen judío de comerciantes cercanos, que yo entonces no hacía caso, pero que pasado el tiempo he comprobado como ciertos. Era un magnífico pintor. Tenía cuadros muy buenos.

Los carameleros, algunos, vendían libros de poetas, prohibidos por la censura. Los tenían guardados debajo del puesto de caramelos y cuando queríamos leer algún libro que ellos tenían, lo vendían mirando a su alrededor con precaución. El libro más libinidoso de entonces se titulaba “Amiel” y era un éxito conseguirlo.

Los carameleros y los “carritos de helados” proliferaban abundantes en aquella sociedad, que necesitaba dulce para vivir y no digo nada de los “merengues” de casa Bousa en la Plaza Mayor o en la Pastelería “La Baldemora” o “Muñoz” en la calle Real. Por aquellos tiempos el hombre pequeño de talla, pero grande de espíritu, ya con problemas de visión, Agapito Marazuela, alternaba su vida entre Valverde del Majano y la venta del Pito, en la que vivió cerca de San Pedro Abanto. Subía a Segovia y daba “clases de música” a gentes, amigos que me lo contaron, ¡yo entonces no lo di gran importancia, pero fue ya célebre y considerado por su folklore popular: un genio que conocía personalmente!

¿De dónde se sacaba el dinero para las “chuches” de entonces? No lo sé.

Los taxis, entonces parados al lado del Acueducto eran grandes, casi siempre negros y con la bocina que sonaba “¡ahuouuu!” eran un acontecimiento lejano para nosotros.

Otro acontecimiento que no quiero dejar de contar en los 40, es un momento en que en las cercanías de “Tío Pintao”, hubo unos niños de San Lorenzo, que hicieron correr la noticia de que se les había aparecido “la Virgen”. Produjo este hecho tal revolución, que todos los chicos bajábamos a la hora de las apariciones en gran tumulto, y era de tal calibre, que producía gran regocijo. Por más que miramos, nunca vimos la aparición celestial. Todo quedó en un bulo.

Muchos niños venían de La Granja en el coche de “La Confianza”, que era de carácter regular al Real Sitio, aunque otros muchos venían en las bicicletas con trasportín, de las marcas BH y Orbea, duras y resistentes.

Por aquellos tiempos llegó a España la “penicilina”. Yo vi “algún” frasco, tenía un polvo blanco, que el practicante pinchaba con una aguja hueca, cocida en agua, con un pequeño conjunto que tenía alcohol para producir esa cocción y se inyectaba al enfermo “esperando todo el efecto milagroso”, que sí se producía. Yo miraba el frasco vacío, con su goma ya pinchada y admiraba en mi interior el milagro que de allí salió. Había practicantes célebres, lo mismo que médicos de cabecera, pero otro día hablaré de ello.

Esto no quiere decir que no hubiera otra población de otros niveles, que “nosotros” veíamos lejanos y misteriosos, recuerdo algún nombre de alcalde, presidente de la Diputación o médicos propietarios de clínicas, entonces famosas, que eran tan lejanas que ni me planteaba conocerlos. Era un mundo aparte. Yo veía en ellos sólo el “enchufe”, conseguidor de todo cuando había (y hubo) necesidades perentorias de cualquiera.

No había Residencia de Seguridad Social. Pasamos los segovianos de entonces verdaderas escaseces sanitarias hasta 1974, que se inauguró el Hospital “Licinio de la Fuente”, aunque se hizo funcionar la Policlínica 18 de Julio en la calle San Agustín de Sanidad segoviana, famoso mucho tiempo.

Los años 40 tuvieron toda clase de vicisitudes históricas, digamos de carácter social, como pensar en el barrio Pascual Marín, o el de San José. Un poco impulsor fue el Obispo D. Luciano Pérez Platero, luego Arzobispo de Burgos y que mantuvo viva la idea el Obispo siguiente D. Daniel Llorente Federico hasta mediados de los años 50 (pero ésta es otra vida y para narrar otro día)

Esta Segovia feliz o infeliz en comandita fue la vida intensa en la soledad de sus rincones y en el secreto de las conversaciones.