Familia unida por un Cristo

Los descendientes de Francisca Sanz llevan más de 65 años reuniéndose cada mes de marzo para recordar su agradecimiento a la unidad familiar y su devoción religiosa.

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Cuando en España aún no se pensaba que la Mujer Trabajadora tendría un día dedicado a ella, Francisca Sanz, una empresaria que enviudó nada más nacer su séptimo hijo, comenzó a implorar por la unidad familiar que iba a necesitar. Esa unión la resultaba imprescindible para para poder sacar adelante el trabajo en su empresa de producción de cal, teja y ladrillos.

Sin su marido, Doroteo San Frutos, y con una hija recién nacida, precisaba reforzar los lazos filiales y que algunos de sus hijos suplieran el vacío que había dejado su padre.

El esfuerzo y la devoción religiosa de la tía Paca la llevaron a agradecer al Cristo de Medinacelli esa piña familiar con una celebración el primer viernes de marzo, y a la que invitaba también a los obreros de su fábrica Los Lázaros.

La fiesta quedó auspiciada así por el Nazareno y se transmitió a toda su familia, que ha proseguido conmemorando la efeméride hasta la fecha actual. Se ha alcanzado la cuarta generación de descendientes, que continúan reuniéndose el primer fin de semana de marzo. La convocatoria atrae cada año a más de medio centenar de residentes en Cabezuela, el pueblo natal del matrimonio de Francisca Sanz y Doroteo San Frutos, así como de Cantalejo, Cuéllar, Olombrada, Segovia, Sauquillo de Cabezas, Valladolid o Madrid, entre otros puntos.

Pero las obligaciones profesionales y escolares de la extensa familia han obligado a trasladar el grueso de la celebración al primer sábado del mes.

Eran otros tiempos cuando, para dar más lustre a este viernes de Cuaresma, la señora Paca decidió adquirir una imagen de Jesús Nazareno que luego entregaría a la parroquia, donde aún se conserva. El Nazareno se convertía así en el patrón de la familia San Frutos Sanz. La imagen se llegó a sacar en procesión entre la iglesia y la ermita del pueblo. Al templo se le decoraba con luces, y durante toda la semana anterior acogía la correspondiente novena. Con el paso del tiempo la celebración se convirtió en una jornada en la que —como ocurría con las antiguas matanzas o la vendimia— los jóvenes podían disfrutar de un día de vacaciones escolares, los obreros obtenían permiso diario, e incluso el sacerdote Santiago Adrados, de Veganzones, llegó a conceder bula para poder carne.

Casi 70 años después, la fiesta se conserva en un ambiente más recogido, pero en el que sólo la reunión de la cada vez más extensa familia constituye suficiente motivo de felicidad.