Juan Carlos Álvarez Cabrero.
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Fue hace mas de 15 años cuando a través de este mismo periódico segoviano, y motivado por la recurrente frase que decía” el que contamina paga”, yo respondía en aquella entrevista “¿Si el que contamina paga, por qué no lo cobra el que descontamina?”. Mis palabras fueron difundidas por las agencias nacionales de noticias y la revolución fue mucho más allá de lo que yo mismo esperaba. Se decía que, el entonces alcalde de Coca, “quiere que se pague a los propietarios forestales por el oxigeno que generan los montes a la sociedad”. Defendía exactamente la compensación de las externalidades forestales y, durante siete años, lo hice desde el Consejo Nacional del Clima en el que representé la posición de las entidades locales españolas; posiciones aceptables por cualquier propietario forestal y por la mayor parte de la sociedad. Creamos la Asociación Nacional Para la Compensación de los Beneficios Ambientales de los Bosques y, junto al presidente del Foro de Bosques Carlos del Álamo defendimos que simplemente se detrajera un céntimo forestal en ciertas fiscalidades para compensar a los propietarios forestales. La crisis diluyó nuestras buenas propias expectativas. Fuimos muy conscientes en nuestras subsiguientes demandas de que la situación económica del país debía emplear todos sus recursos para atender preferentemente tantos y tantos dramas familiares; esto podía esperar unos años más. No obstante, conseguimos que tímidamente se aprobaran algunos proyectos de “huella de carbono” sobre líneas propias del departamento estatal de cambio climático, insuficiente para los objetivos marcados.

Otro hito importante fue la participación en el debate plenario del 28 de mayo de 2009 en Carbón Expo, feria mundial del mercado y comercio del carbono que por primera vez se celebraba en la ciudad española de Barcelona . Con varios miles de participantes de todos los continentes, se ponderaban los efectos de la crisis económico-financiera y su impacto en el mercado del carbono, vislumbrándose en aquellos horizontes propuestas con las que desde la posición de los propietarios forestales estábamos radicalmente enfrentados. Estas pasaban por la negativa a compensar a los propietarios de los bosques europeos por su aportación a la mitigación de los efectos del cambio climático, a la vez que, al contrario, se proponían pagos con fondos procedentes de las empresas europeas que realizaban emisiones, a propietarios forestales de otros continentes. A unos palo y a otros zanahoria. Postura inaceptable por nuestra parte. Expo Carbón no está directamente vinculada con los gobiernos mundiales, organiza IETA y el Banco mundial. No forma parte de las conferencias mundiales sobre cambio climático, pero no se puede negar que marca camino. Por ello mi intervención ante cientos de asistentes, muchos de ellos representantes de más de cien países miembros de la Convención Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático (CMNUCC) fue radical y tajante: “Los propietarios forestales europeos, y en especial los españoles, no podemos aceptar que nuestros gobiernos lleven para su aprobación a la próxima cumbre mundial de Copenhague pagar por no cortar madera a los propietarios forestales de las economías emergentes mientras nos niegan compensaciones a los europeos, y nos atan de normativas. Aquello está consiguiendo que, ante estas expectativas, ingentes masas forestales estén cambiando de propietario local a internacional. Se están creando, lejos de conseguir objetivos ambientales y sí especulativos, bolsas de inversión financiera en los bosques de países en vías de desarrollo mientras que, por ejemplo, los propietarios forestales españoles vemos cómo nuestros montes, faltos de inversiones justas y necesarias, acaban en el mejor de los casos pasto de las llamas y son exponentes de zonas cada vez mas despobladas por falta de inversiones. La política del palo y la zanahoria: a los propietarios europeos el palo, la Ley; y a países de otras latitudes la zanahoria, los incentivos. Toda una aberrante injusticia”.

Finalizado el plenario, miembros de diversos países me manifestaron su consenso con aquellas reivindicaciones y su particular impresión de que las mismas, serían la puntilla a la entonces CMNUCC de Copenhague. Los augurios se cumplieron, la cumbre de Copenhague fue todo un fracaso y, gracias a ello, otras posteriores consiguieron al fin unos acuerdos mucho más beneficiosos para la reducción mundial de emisiones.

Mucho han cambiado las cosas desde Copenhague en cuanto a esfuerzos mundiales por la lucha contra el cambio climático en lo que respecta a la reducción de las emisiones y los ambiciosos horizontes fijados para los próximos años, cuyo principal hito fue la pasada cumbre de París.

Sin embargo, en mi opinión y la de la mayoría de los expertos forestales, se sigue pasando de puntillas frente a los sumideros. Los sumideros naturales manejables, los bosques, precisan de un consenso mundial sobre su justa compensación, como existe con los que contribuyen: las fuentes de emisión.

Los sumideros naturales son depósitos que absorben el carbono que emitimos a la atmósfera y reducen los niveles de la misma. Los océanos son los principales sumideros de carbono vía plancton, fauna marina y corales, transformados después en rocas. Sin embargo poco o nada podemos hacer en cuanto a manejar los océanos para aumentar los niveles de fijación de carbono, excepto constatar los altos niveles de acidificación que contienen precisamente por estos fenómenos.

A ellos les siguen los bosques cuyas estructuras forestales, a través de la fotosíntesis, fijan el Co2 y devuelven necesario oxígeno a la atmósfera. Los microorganismos forestales, hongos, animales, materia orgánica forestal, la madera principalmente, otros aprovechamientos como los frutos, o la misma resina; son activos sumideros, los más importantes tras los océanos. Sin embargo, a diferencia de las ineficientes experiencias como las de la fijación en sumideros artificiales de plancton marino, o la inyección de Co2 en pozos subterráneos, en los montes sí podemos actuar de manera mucho más barata, eficaz y eficiente. Podemos manejar las estructuras forestales, para aumentar los niveles de fijación del carbono atmosférico; ya sea vía repoblaciones, ya sea por gestión forestal fomentando la “viveza” de los bosques para provocar su estado “en formación permanente” entre otras muchas. Sepamos que un monte sin gestión, denso, “aviejado”, selvático, fija mucho menos Co2.

No solo fuente de fijación como sumideros, sino como en su función de “secuestro”, o en mitigación si tenemos en cuenta la importancia del uso de productos forestales como el corcho, castaña, espartos, resinas, o biomasa de uso energético.

Empecemos por esta última. Sorprende de manera impactante que una gran ciudad se plantee como primera medida contra la contaminación discriminar el tipo de vehículos que puedan circular o no por determinadas vías en función del tipo de distintivo ambiental del vehículo. No seré yo precisamente quien se atribuya aquella frase de que “la tierra no pertenece a nadie si no al viento”; pero precisamente esta frase evidencia que, por mucho que marquemos exclusiones zonales de circulación, el viento se encarga de llevar o traer la contaminación de un lado para otro. El co2 no es el trazo del meridiano Greenwich que se puede pintar en un mapa; es un elemento que, se produzca donde se produzca su generación, el viento se encargará de trasladar donde le parezca. Y no olvidemos que el 40% de esa contaminación acaba fijada en los bosques de cientos de kilómetros de distancia. ¿Quién compensa a sus propietarios a los que incluso se les puede haber prohibido circular por esa ciudad? Curioso. Por eso sorprende, aún más si cabe, la imposición discriminatoria de estas medidas cuando se tiene como recurso mucho más eficiente y preciso la sustitución de calderas de combustibles fósiles, sean gas, fuel o carbón por fuentes de generación de calor por biomasa. La principal contaminación ambiental de un núcleo poblacional se suele generar por las emisiones de las calderas. Se estima en más del 58% la procedencia de la contaminación ambiental procedente de las calderas de calefacción frente a un 12% la que procede del transporte.

Una alternativa a estos escenarios de contaminación son las posibilidades de la biomasa forestal como producto mitigador del cambio climático y fuente de energía térmica a través de redes de calor con fuentes de generación situadas “fuera de las zonas más pobladas”. Son modelos ya implantados con éxito en los países del centro-este y norte de Europa. Aquí navegamos a contracorriente con la solución más recurrente pero nociva para el ciudadano. No solo hablamos de generación de calor sino también de frío. Los sistemas de biomasa pueden generar la energía alternativa más que suficiente sustituyendo los actuales generadores de gas por biomasa para producir aire frío en los usos estivales. No solo es razón de reducción de emisiones, sino razón de peso económica pues los ahorros con este tipo de fuentes de energía va del 55 al 80% sobre otras, incluso aparentemente baratas de menor inercia.

Con esta implantación, nuestros bosques contribuirían a mitigar las actuales emisiones. La extracción de la materia prima aportaría esa “viveza” al monte, clave para fijar más Co2, por lo que contribuimos a su conservación contra los incendios entre otros, y a potenciar en muchos de los modelos de gestión forestal la función de secuestro. Y todo ello sin tener que cabrear a los conductores de vehículos que pagan religiosamente su impuesto de circulación por todo el territorio nacional.

Pero también los bosques son capaces de conseguir el secuestro del gas nocivo. ¿A qué llamamos secuestro? Pues sencillamente a capturar en los sumideros ese carbono y garantizar que permanece “captado” o “secuestrado” de manera inicialmente indefinida. Un monte gestionado es capaz de crear productos forestales susceptibles de permanecer en el espacio sin destruirse, condición sustancial para evitar el reenvío del carbono secuestrado a la atmósfera, y la buena gestión es capaz de generar productos adecuados para su uso permanente. Uno de muchos ejemplos es la utilización de la madera en la construcción, sea en estructuras o, de forma más generalizada, en revestimientos y así ser capaz de garantizar, o transferir, del monte al espacio urbano un secuestro permanente del carbono que alberga. Pero para ello hay que fomentar firmemente su uso y una buena medida sería incorporar estas prácticas a los códigos técnicos de la edificación o a toda medida de fomento que se aplique a la construcción entre otras muchas posibles en el elenco normativo de nuestro país.

Sin duda alguna uno de los peores enemigos de los sumideros son los incendios, la reducción de los incendios forestales garantiza la permanencia de las existencias de carbono en los bosques. No solo los planes contenidos en las anuales campañas públicas de extinción de incendios son suficientes, ni mucho menos. Las medidas de prevención deben pasar necesariamente por la gestión permanente de las masas; esta no solo previene eficazmente contra estos siniestros sino que favorece la función de sumidero y de secuestro como he explicado anteriormente. Pero para que ello sea posible es necesario que se apliquen cambios sustanciales y medidas dirigidas a afrontar las necesidades de la población rural que reviertan de manera clara la actual despoblación. Son las comunidades locales las genuinas custodias del medio forestal; ellas son las garantes de la permanencia de nuestros espacios naturales y mantienen vivas nuestras más arraigadas y necesarias costumbres. Gestionan la caza y la pesca, complementarias de la gestión forestal, y evitan la superpoblación nociva de algunas especies. La ganadería, en general, nos proporciona el alimento necesario para alimentar a nuestro cuerpo de la energía necesaria para la vida; la extensiva, en especial, es la encargada de eliminar el pasto para fomentar el control de los roedores que realizan las especies protegidas; de ello se deduce que los mensajes que recibimos contra la misma no son los que realmente se publican en cuanto al balance de emisiones negativo de ese sector. Prueba de ello es que la ganadería controla el pasto de los perímetros urbanos, y de los propios bosques donde pastan, evitado incendios urbanos y forestales respectivamente. La resina evita el uso de productos sintéticos y su consumo es neutro en emisiones de C02, a diferencia de las resinas sintéticas. Su extracción fija población rural necesaria para el mantenimiento de las masas y las protege contra los incendios que suplementan más carbono a la atmósfera perdiendo capacidad de sumidero y secuestro.

Pero para que todo ello sea posible se precisan mas incentivos al desarrollo rural y forestal como los recientemente identificados en la Cámara Alta. Hace unos meses, en este caso en la Cámara Baja, quedaba aprobada la creación del llamado Fondo Forestal. El Fondo Forestal debiera ser el encargado de canalizar los fondos procedentes para compensar a los propietarios forestales por los incentivos relacionados en la Ley Básica De Montes. Estos incentivos se aportarían vía subvención al propietario por la realización de la gestión forestal sostenible; vía relación contractual con el propietario o titular del mismo sobre actuaciones contenidas en la planificación del monte; o vía directa por parte de la administración competente. El fondo, se entiende que mediante Real Decreto de acuerdo con las administraciones competentes en gestión forestal, regularía las condiciones y mecanismos para incentivar las externalidades positivas de los montes entre las que se encuentran la capacidad y cantidad de fijación de Co2, así como la valorización energética de su biomasa; la mejora de la calidad del aire y disminución de ruidos, la mejora de los recursos hídricos, la restauración del paisaje y la mejora de las especies forestales, entre otras.

Como dije al principio de este artículo, hace años nos planteábamos la imposición de un céntimo forestal en función de ciertos parámetros, y con retornos para la sociedad en empleo, fijación de población y otros muy positivos. Los presupuestos generales del Estado para 2019 hablaban de un nuevo régimen impositivo llamado fiscalidad verde, 38 euros cada mil litros de gasóleo que en términos jurídicos corresponde a una tributación especial. Entendido como una supuesta tributación suplementaria en concepto de impuesto especial de medio ambiente como compromiso ambiental, algo muy por encima de las insignificancias personales, pero abundancias globales que hace años nos planteábamos. Después de toda la exposición realizada en este trabajo, cabe decir que toda tributación que se realice con la justificación de impuesto verde, compromiso ambiental, o como se quiera llamar, y que no acabe directamente aplicada en políticas como las aquí expuestas para el fomento, gestión y conservación de los sumideros, es volver la espalda al patrimonio natural, al mundo rural y al propio cambio climático que supuestamente se utiliza como justificación recaudatoria. Cualquier fiscalidad impuesta en el capítulo de ingresos con la justificación de estos fines, debe redundar directamente en el capítulo de gastos en beneficio de nuestros bosques. En justo beneficio de nuestras masas forestales que nos dan el silencio y reposo. Nos dan el oxigeno; el agua; la regulación de la temperatura; la energía limpia de nuestros hogares; fijan el Co2 de nuestros vehículos; cobijan a las especies; y finalmente nos recuerdan que el hombre, un buen día hace millones de años, salía de su espesura hacia la conquista del futuro pensando no olvidar su pasado y el medio del que partió. Y aunque desde algunos centros de poder pueda parecer que en este punto del viaje los bosques están allá lejanos, insisto que el futuro, sin los bosques, sencillamente, no existe.