Bendición de los campos hace unos años. / Juan Carlos Llorente
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Suele suceder que cuando decaen las tradiciones, luego sólo ocupen su lugar los recuerdos que pululan de boca en boca y que con frecuencia, terminan por ser borrados y desaparecer totalmente. Es lo que ha ocurrido y sucede con la tradición popular cuellarana de las celebraciones en honor a San Isidro que iban muy emparejadas con el llamado “turrón de San Isidro”. Por qué no ponernos en situación conforme lo vivió y describió Isidoro Tejero, malogrado cuellarano que dedicó muchas horas en escribir sobre la Villa que le vio nacer y donde ejerció de maestro durante muchos años, algunos de ellos siendo concejal del Ayuntamiento. Uno de los libros que escribió lo tituló “Arte e Historia, Cuéllar” donde describe las obras de arte que atesoraban las iglesias de Cuéllar en torno al año de 1973, publicado por el Instituto Diego de Colmenares con fotografías de José María Heredero.

En el apartado dedicado a la iglesia de Santa María de la Cuesta dice así; “encaminemos nuestros pasos hacia la calzada de Santa María en tanto que evocamos viejos recuerdos de aquellos tiempos, cuando las campanas parecían vestirse de gala para pasear sus sones de alborozo festivalero. Así ocurriría, no muchos años ha, cuando se celebraba a lo grande la Fiesta de San Isidro Labrador. Fiesta que estaba teñida de un aire especial por la abundancia de puestos encaramados en el lomo de la colina.

El bullicio de la gente endomingada y el griterío de los vendedores ponían, sobre la verde estampa de la loma una castiza nota costumbrista. (EN ESTA FIESTA SE RIFABA EL TÍPICO “TURRÓN DE SAN ISIDRO”, HECHO A BASE DE PIÑÓN, MIEL, HARINA Y UN PEQUEÑO AÑADIDO DE PIMIENTA). La procesión en honor del Santo, atravesaba los campos próximos hasta dar la vuelta a la Cruz de Santo Domingo, mientras que los danzantes, en número de ocho, bailaban aclamándole. Por la tarde, detrás de la iglesia y en el baile típico que costeaban los hermanos cofrades, lucían los mozos y mozas de la Villa el colorista atavío segoviano”.

Esta sutil descripción de lo que había sido el festejo cuellarano de San Isidro, en tiempos anteriores a la obra de Tejero, ya había prácticamente desaparecido. Aún muchos recordamos que en nuestra niñez, el día de San Isidro, por la tarde, se cerraban los comercios de la Villa y eran numerosos los cuellaranos que asistían a las novenas, donde se entonaban los gozos a San Isidro, y el día del Santo, a la procesión en cuyo entorno, a modo de romería, los principales pasteleros y carameleros de Cuéllar establecían sus “puestos” jaleando las rifas del “turrón de San Isidro” golosina muy apreciada por chicos y grandes y que había que consumir más pronto que tarde, pues a los pocos días, los elementos constitutivos del turrón, se quedaban muy duros y eran de difícil degustación.

La costumbre de elaborar y rifar el turrón se perdió entre pasteleros y carameleros, pero la mantuvo muchos años la Rondalla “La Colendina” cuya cabeza visible y entusiasta, el desaparecido José Antonio Manzanares, fue quien recibió la fórmula de elaborar el turrón, que según comentaba, costaba mucho trabajo procesar hasta dar con el “toque” debido, con muchas horas batiendo la masa hasta conseguir su punto final. Grupos de jóvenes danzantes acompañaron la procesión algunos años, tratando también de que no se perdiera.

De cómo llegó o se creó está dulce golosina, no tenemos constancia, aunque es evidente que las celebraciones en honor de San Isidro en toda España, suelen contar con dulces viandas en torno a las imágenes del Santo, y cómo no, en Madrid, en la pradera y ermita del Santo, siguen siendo referentes a degustar rosquillas, pastas, caramelos y toda suerte de productos del género azucarado.

La tradición, ya perdida, la deseó recuperar el Ayuntamiento que presidía Octavio Cantalejo, quien me designó, accediendo a mi ruego, cuando era concejal de la oposición, para tratar de lograrlo. Para ello tuve que recurrir al pastelero Jesús Gómez, propietario del establecimiento “Delicias Bois” afamado por su maestría en la elaboración de pastelería lo que ya le ha aportado numerosos premios. No tardó, con mucho esfuerzo y dedicación, en preparar las tabletas que recordaban a las de antaño, y la iniciativa tuvo un feliz resultado agotándose las existencias, cuyos beneficios costeaban los gastos habidos y además se conseguía una especie de subvención para la Peña cultural “La Plaga” cuyos miembros se encargaron de la distribución de las tabletas de turrón y de su sorteo a las puertas de la iglesia de Santa María de la Cuesta. El experimento duró tres años tras de los cuales nadie ha vuelto sobre el asunto, a pesar del deseo y petición de propios y extraños. Estas costumbres entrañables, que perduran, como decía al principio, en el recuerdo, bien merecerían una atención por parte del Ayuntamiento o de las asociaciones culturales, pues no dejan de ser parte de la historia e idiosincrasia de los pueblos.