Golden Apple Quartet
Una escena del espectáculo ‘Mundo Intrépido’ de Golden Apple Quartet, el día 22 en el Teatro Juan Bravo. / E. A.
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Según la teoría de Darwin, aquellas especies que mejor y antes se adaptan al medio son las que sobreviven… y según la práctica de la escena musical actual, sólo resisten aquellos artistas que son especiales, aquellos que se distinguen, aquellos que son diferentes. En los últimos meses nos hemos cansado de oírlo en la televisión; el triunfo es de quien opera con aquellas armas que le distinguen. Al final, la canción que suena es la misma, por lo que da igual un ‘Wannabe’, un ‘Somewhere over the rainbow’, un ‘You’re beautiful’ o un ‘With or without you’, siempre que esté cantado de manera especial. De forma distinta. Tal vez desde el instinto.

Por estos motivos, en una sociedad en la que muchos tienen una voz preciosa, muchos más aún saben cantar y otros tantos no tienen ningún tipo de vergüenza para declararse artistas, definir a Golden Apple Quartet como ‘conjunto superviviente’ ¿quizás de la misma envergadura que un cantante de provincias? es preciso y de justicia. Y es que ayer, Loyola Garmendia, Eduardo Errondosoro, Manuel Romano y Mikel Urreizti ofrecieron en el Teatro Juan Bravo de la Diputación un claro ejemplo de cómo sobrevivir a listas de 40 nombres, a estrellas internacionales, a modas triunfales o a modas independientes. Para ser más ilustrativos, además, lo demostraron por medio de un documental.

El cuarteto de San Sebastián ha conseguido crear un lenguaje propio a través del humor, la interpretación y la música prácticamente a capela, que ayer se dejó entender desde el principio en el Juan Bravo. Como ya ocurrió con Tricicle en septiembre, ni siquiera había comenzado el espectáculo de los Golden Apple Quartet y el ambiente ya producía carcajadas. Ya se escuchaban risas nerviosas entre el público. Tras entrar en escena, los componentes de la formación comenzaban a alternar gestos con alguna palabra y la música brotaba de cualquier situación imaginable, demostrando que, probablemente, hay pocas cosas más supervivientes en este mundo intrépido que la propia música.

A veces al unísono y otras con cánones, Loyola Garmendia, Eduardo Errondosoro, Manuel Romano y Mikel Urreizti emitían todo tipo de sonidos, de onomatopeyas o de aliteraciones musicales para llevar al público en metro, en globo, en tren o buceando por todo el mundo, dando a entender que la vida es un sonido detrás de otro y que, de nuestros oídos depende distinguir y descartar el ruido. Sin abandonar en ningún momento el lado cómico del viaje, los Golden Apple Quartet tan pronto entonaban un ‘Chiquitita’ y un ‘Super Trouper’ de ABBA en una suerte de canto tribal africano, como una ópera con rictus serio y brazos en alto.

El eco de las montañas del Tirol servía de ‘loop’ para acabar en un conjuntado “we’re up all night to get lucky” y, después de un rápido, divertido y melodioso paseo por Viena, Grecia, Mongolia, Nápoles o París, los Golden Apple Quartet se despedían con un peculiar villancico y con gran parte del público en pie para aplaudir su no menos peculiar y especial manera de entender los dos lenguajes más universales que existen: el de la música y el de la risa.