David Copper, durante el concierto que ofreció el viernes 15 en el Teatro Juan Bravo. / E. A.
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Algo tenía aquel ‘Azur’, incluido en un recopilatorio contra la violencia de género de hace trece años que hacía de David Copper alguien diferente en el panorama musical de Segovia. Cualquiera que escuchase aquella canción por aquel entonces habría entendido de inmediato que Copper iba a ser uno de esos músicos al filo; al filo del éxito, al filo de ese tan extraño “ser alguien” en el mundo de la música. Al filo de poder dejar todo lo que estuviese haciendo para dedicarse de forma íntegra a sus canciones y a que éstas giraran por cualquier escenario español… las radios, las televisiones. Ese filo en el que se queda quien sabe que tiene algo bueno entre sus manos, pero que al mismo tiempo es realista con lo que sucede a su alrededor y a quien su parte pesimista le hace ver que, después del filo, hay precipicios en los que pocas veces lo que importa—las melodías, las letras, los temas—ejerce de paracaídas.

El caso es que si David Copper no fuese uno de esos músicos al filo, el concierto que dio en el Teatro Juan Bravo de la Diputación no habría sido tan especial. Probablemente no habría habido luces en hilera decorado el escenario, ni habría habido voz temblorosa al hablar por primera vez después de dos canciones. Probablemente no habría habido ni Esther Rodríguez acompañando su voz en varias melodías, ni el violín de Noelia Gómez meciéndose en un tema y bailando country junto a un banjo en otro, ni habría existido la ocasión de escuchar las potentes cuerdas vocales de Álvaro Fraile. Probablemente tampoco habría habido varias personas moviéndose con cámaras por las butacas del teatro ni habría habido una grabadora registrando cada uno de los veinte temas que pudieron escuchar el más de centenar y medio de personas que se dio cita en el teatro.

Si David Copper no fuese uno de esos músicos al filo, probablemente ayer, desde la primera canción hasta el primer bis, haciendo una única excepción en los ‘Zapatitos’ que le pertenecían y para la que se recostó relajado, un pequeño de seis años llamado Oliver, sentado en la tercera fila, no habría pasado todo el concierto al filo de su asiento; atento, nervioso, con la cabeza en tensión y la sonrisa de orgullo. Al filo de subir al escenario y observar desde arriba todo lo que estaba consiguiendo su padre guitarra al hombro.

Y quien esté acostumbrado a viajar de local en local escuchando a muchos de esos músicos al filo y a otros que sólo son simulacros sabrá que no fue poco; letras capaces de explicar que “donde no caben naufragios no hay tesoros escondidos”, guitarras que en una misma canción saben sonar a rock o a folk, golpes de batería que logran contagiar de su galope a las palmas del público, como si le estuvieran pidiendo un ‘Doble o nada’, valentía en formato acústico, enchufada y desenchufada, o incluso un himno junto a Alberto Cid que seguro que cualquier aficionado de la Gimnástica Segoviana querría escuchar cada domingo en La Albuera.

Él, pesimista como lo es alguien que cita a Bukowski en una corazonada, vaticinó que sería la primera y la última vez que esa canción se escucharía en Segovia. Quien estuviese ayer en el Teatro Juan Bravo debería permitirse encomendarse a las certezas musicales del ‘Señor Dudas’ y tener por seguro que alguien con bufanda azulgrana la reclamará en algún momento. Tan seguro como que no será la última vez que David Copper esté al filo del escenario del Juan Bravo; con la amabilidad de sus melodías preparada y el filo del ilusionismo de su nombre artístico listo para otra noche mágica.