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Los 13 años transcurridos desde que en 2006 la policía desmantelara la red de prostitución a cuyos responsables se está juzgando esta  semana en la Audiencia Provincial, unido a las dificultades con el idioma y a un cierto recelo por revivir el pasado  hicieron ayer que la declaración de las mujeres que ejercían la prostitución en el club ‘Punto cero’  como testigos ofreciera versiones superpuestas y en ocasiones enmarañadas sobre  el qué y el cómo se organizaba  la presunta red de captación de las mujeres brasileñas que llegaron a éste y otros clubes de alterne, así como las condiciones de trabajo en los distintos locales.

En una maratoniana tercera sesión,  el testimonio de las mujeres –acogidas en algunos casos a la ley de protección de testigos y que declararon a través de videoconferencia- fueron desgranando ante la sala presidida por el magistrado Ignacio Pando Echevarría y a preguntas de las partes tanto sus propias historias personales como la llegada a Segovia para trabajar como prostitutas.

Así, la primera de las declarantes señaló que llegó a España  para intentar mejorar  su  precaria situación económica  como empleada de hogar en Brasil, con un sueldo de 60 euros mensuales, ante las promesas de su captadora I.B., principal encausada en estos hechos. “Me lo puso muy fácil”, llegó a comentar la testigo, que no ejercía la prostitución en su país pero en España aceptó la oferta para este trabajo forzada por las circunstancias.

La testigo protegida aseguró que las condiciones de trabajo “las fijaban los dueños” del club, y pronto descubrió que “la teoría no es lo mismo que la práctica” al descubrir que no se ajustaban a lo que ella preveía, mientras que la deuda contraída le obligaba a estirar la jornada para intentar sacar el dinero suficiente para pagarla. “Nos trataban como mercancía”, llegó a asegurar ante el tribunal, y señaló que para los gestores  “teníamos que producir, sólo les importaba el dinero”. Por todo ello, manifestó que todas las chicas “teníamos mucho miedo, estábamos atrapadas por temor a represalias contra nuestras familias en Brasil”, y aseguró que su trauma por esta situación le obligó a recibir tratamiento psicológico.

Otra de las testigos protegidas  -que en algunos momentos no pudo reprimir su emoción ante los recuerdos- dejó en el aire una duda que a buen seguro aprovecharán las defensas de los encausados. En su testimonio aseguró haber recibido días antes del juicio la llamada de “un policía de Zamora” presumiblemente partícipe de la investigación que  no pudo atender, circunstancia que en principio se negó a relatar y fue solamente a instancias del magistrado presidente del tribunal cuando accedió a reconocer esta llamada.  También reconoció que había accedido al trabajo por mediación de I.B. bajo la promesa de ganar “mucha pasta”, pero no consiguió recordar detalles significativos sobre su paso por este club.

La versión opuesta llegó por la voz de otra de las exprostitutas, P.M.C, que aseguró que en los diez meses que trabajó en el club de La Lastrilla “nadie me maltrató ni me hizo nada”, y que en este tiempo “no se sintió presionada” para ejercer su trabajo. Asimismo, señaló que en la actualidad “tengo una vida nueva, llevo muchos años trabajando y hay muchas cosas que he olvidado y otras que se me han borrado de la mente”, pero precisó que  no advirtió amenazas contra las mujeres.