Fotograma de Cleopatra (1963) J. Mankiewicz.
Fotograma de Cleopatra (1963) J. Mankiewicz.
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Estoy gastando más de lo que tengo para conseguir un conjunto de 6.000 películas, a fin de enseñar a los 19 millones de alumnos de las escuelas estadounidenses prescindir completamente de los libros de Historia.
Thomas A. Edison. 1912

Nos dice un emérito y conocido catedrático de Historia Medieval de la Universidad Complutense que no comprende la pasión de la gente por la Historia, siendo esta un continuo de dolor, conflicto y destrucción. Obviamente su comentario no es más que una pequeña “boutade” no exenta de algo de verdad… Lo que sí es cierto es que la Historia es una disciplina muy atractiva para el gran público, con esa mezcla curiosa de saber y entretenimiento. No es algo nuevo. Desde el siglo XIX, cuando aparecen los relatos históricos para el gran consumo, entonces solo a través de la literatura, el fenómeno no ha parado de crecer. Lejos nos quedan las novelas neo-románticas de Sir Walter Scott, recreando un pasado imposible y de ficción. Hoy las librerías se abarrotan de títulos nacionales y extranjeros de novela histórica que permiten, entre otras cosas, mantener vivo el negocio editorial. Entre la ingente cantidad de títulos de este género encontramos textos de todas las calidades y gustos, es verdad, aunque hay autores que nos han marcado indefectiblemente: Marguerite Yourcenar con su Opus Nigrum o Umberto Ecco con su gran best seller, El nombre de la rosa. Novelas históricas de rigor y altura estilística, que tiene poco o nada que ver con las obras de Follet o Falcones, de ventas millonarias y degustación masiva.

Si esto pasa con la novela, que no es hoy el medio estrella para el entretenimiento de masas, qué puede estar pasando con el cine. No descubrimos nada nuevo si afirmamos que la relación entre la Historia y el cine se remontan a los primeros tiempos del arte cinematográfico. Las razones para esa temprana y fecunda relación son múltiples. Hay una clara convergencia por los mismos motivos que dispararon la producción y ventas de la novela histórica en el siglo XIX, vinculadas con el éxito del romanticismo y del nacionalismo. El cine como séptimo arte, como espectáculo de masas, casi desde su nacimiento buscó escenarios extraños en el tiempo, atractivos e idealizados, para llenar salas y generar buenos resultados de taquilla, a la vez que relatos movilizadores.

Sin embargo, debemos ser prudentes al hablar de esta relación entre cine e Historia, la categoría de cine histórico puede englobar muchas subcategorías, con formas y objetivos variados: ficción histórica, reconstrucción o reconstitución histórica, micro historia, etc. donde la variable histórica juega un papel diferente. De lo que no hay ninguna duda es que la evocación de la Historia ha supuesto para el cine una de las fuentes de inspiración primigenias y más populares. Ahora bien, no podemos ignorar que el arte cinematográfico es un claro y contundente testimonio de su tiempo. O por decirlo de otra manera, todos los géneros fílmicos son especialmente deudores con el presente desde donde se construyen. Aunque no lo parezca a primera vista casos tan dispares como la ciencia ficción (una mirada hacia el futuro) o el cine histórico (una mirada hacia el pasado) están anclados en este axioma. Ambos siempre dejan muy patente en qué momento histórico fueron hechos y con qué intenciones. El historiador francés, Pierre Sorlin defiende, en este sentido, que las películas de Historia hablan más de cómo es la sociedad en las que se han realizado que del hecho histórico que quieren reconstruir.

Probablemente, hoy Hollywood no hubiera producido un film como Reds (1981) de Warren Beatty. O por no cruzar el Atlántico, es difícil, si no imposible, que se filmara en nuestros días una película como La Marsellesa (1937) de Jean Renoir. El autor francés, maestro del realismo poético, quiso contribuir con su película “revolucionaria” a la causa del Frente Popular de Léon Blum, de manera abierta y explícita. Mostró en su film el paralelismo ideológico entre los acontecimientos revolucionarios del XVIII y la situación política de Francia en los años 30, en aquel momento turbulenta y con una movilización popular de máxima tensión. De hecho, el film fue financiado por suscripción popular (crowdfunding avant la lettre) y generó una enorme expectativa entre la militancia socialista y comunista. De carácter a la vez épica e intimista, Renoir renuncia incluir en su guión personajes históricos de envergadura para no restar protagonismo al pueblo en armas.
Quiere, el hijo del pintor impresionista, construir una correlación directa entre aristocracia-fascismo vs el pueblo/votantes del Frente Popular francés. Con todo, y a pesar de este objetivo político, la película ofrece una ambientación y un clímax narrativo excepcional, lo cortés no quita lo valiente cuando hay calidad artística. El experto en cine histórico Caparrós Lera nos advierte que La Marsellesa no es un film panfletario en favor de la revolución, “por encima de la ideología está el Arte con mayúscula, es una narración con extrema finura, enorme delicadeza y un gusto estético a niveles de significante y significado”.

Entrados en el siglo XXI seguimos dándole una importancia intelectual a la historia escrita mucho mayor que a la filmada. Sin embargo, en términos del imaginario popular, el conocimiento de Historia es fuertemente deudor de lo que hemos visto a través del cine. Nos sirve de acercamiento, de primera visión con pautas informativas. Con esa capacidad única que tiene el cine para crear imágenes perdurables. Imágenes que se convierten en memoria, en verdad personal, por el mero hecho de impactar en nuestras retinas. El cine tiene la eficacia mayúscula de mostrar como real aquello que no necesariamente lo es. Ha logrado, por ejemplo, que la cara de Espartaco sea la cara de Kirk Douglas, la de Cleopatra, la de una jovencísima Elisabeth Taylor, o la del el Cid, la de Charlton Heston. Curiosa e interesante potencia que tiene la industria cinematográfica a la hora de construir relatos e imágenes históricas.

En este sentido debemos prestar atención, los amantes del cine histórico, a las películas con voluntad explícita de “hacer Historia”, films que presentan un momento histórico reconstruyéndolo con más o menor rigor, siempre trabajados desde la visión subjetiva de cada guionista/realizador. En estos casos nos encontramos con obras artístico-creativas que pueden acercarse al trabajo historiográfico, próximo a los libros de divulgación histórica.

Estas películas de reconstrucción o reconstitución histórica, como precisa el nonagenario, Marc Ferro, de escuela francesa de los Annales, son obras que pueden funcionar como fuentes de investigación histórica y herramientas importantes para la didáctica de la Historia para estudiantes y aficionado. Hoy, en un mundo dominado por el lenguaje audiovisual, el aprendizaje de contenidos históricos puede realizarse de manera atractiva, y no por ello menos rigurosa, a través de este tipo de películas. Aunque, ojo, la proyección de las mismas en aulas o talleres requiere de una reflexión y análisis riguroso capaz de subrayar hasta dónde sirven como nueva reescritura de la ciencia histórica, si es que podemos categorizar la Historia como una ciencia, que sobre ello hay un gran debate abierto.

Ejemplos de este tipo de cinematografía hay muchos y muy interesantes: La Marsellesa (1937) antes mencionada, Cromwell (1970) de Ken Hughes, El Gatopardo (1963) de Luchino Visconti, Noveccento (1976) de Bernado Bertolucci, El instante más oscuro (2017) de Joe Wright, El hombre de las mil caras (2016) de Alberto Rodríguez… la lista es realmente infinita, y muy atractiva. De nuevo, debemos insistir que este tipo de obras nos hablan tanto sobre cómo piensan sus directores y la sociedad en la que se estrenan como del mismo hecho histórico que buscan retratar. En ellas el realizador y los guionistas se convierten en historiadores: investigan, acuden a archivos, consultan obras especializadas e incluso se asesoran con expertos en el tema.

Sirva de anécdota ilustrativa lo que contó el importante historiador, formado con los grandes medievalistas franceses del siglo XX, Michel Pastoureau, autor de un delicioso libro sobre el color a través de la Historia (Breve Historia de los colores). Eric Rohmer lo contrató como asesor en su película Perceval (1978) para darle verosimilitud a su relato, aunque el realizador, se quejaba el experto, no le hizo ningún caso. Cosa que no pasó con J.J. Annaud, director de El nombre de la rosa (1986). Pastoureau, requerido para afinar al máximo la verosimilitud histórica del film, logró incluso que los cerdos de la abadía donde se cometían los crímenes, tuvieran el mayor parecido con los gorrinos medievales que ni mucho menos eran rosas, sino marrones o con manchas oscuras. Dicho de otra manera: el cuerpo de historiadores profesionales puede recibir el llamado de algún cineasta para recrear contextos históricos.

En fin, parece que los cineastas transmutan un medio por otro. En vez de redactar un libro construyen aproximaciones históricas a través de sus películas. Por eso, nos dice el ya mencionado Caparrós Lera, en un libro imprescindible para los amantes del cine y la Historia: 100 películas sobre la Historia Contemporánea, que “la interpretación de los films para fijar su verdadero sentido, pertenece también al arte de la hermenéutica”. No conviene, por tanto utilizar el cine de manera acrítica por los docentes. Las películas históricas empleadas de forma didáctica requieren de un trabajo previo, que pueda situar con rigor el propio contexto de su realización para interpretar bien el contexto histórico filmado. Y así poder contener dos saberes en uno: el de la época que retrata la película y el de la época en la que se filma la película.

En esta pequeña reflexión que aquí exponemos sobre la relación entre la Historia y el cine nos parece relevante señalar, también, la importancia de la industria cinematográfica como engranaje ideológico de los totalitarismos de todo tipo. El cine es una herramienta poderosísima para asentar propuestas políticas en la sociedad, y la Historia ha servido como coartada creativa. Tenemos muy presentas los ejemplos de regímenes comunistas o nacionalsocialistas de ingrato recuerdo. Los grandes ideólogos nazis o bolcheviques lo tuvieron muy claro. También en el sur mediterráneo se pusieron en marcha maquinarias de producción cinematográfica para ensalzar los proyectos políticos de la época.

En la Italia fascista, Il Duce, consciente de la importancia del cine, creó los estudios de Cinecittá en 1937 para ponerlos al servicio de su proyecto y el de sus afines. Incluida España, ya que allí se rodaron películas como Frente de Madrid (1939) de Edgar Neville y Sin novedad en el Alcázar (1940) de Augusto Genina.

También en nuestra España nacional-católica el cine se convirtió en un dispositivo ideologizante de primer orden. Dentro de las distintas familias del Régimen fueron los falangistas los que primero vieron las enormes ventajas de esta nueva arma de propaganda, en concreto del cine histórico. Y si no, leamos lo que se publicaba en la revista Primer Plano en 1942:

“ La altura y responsabilidad del cine histórico es tal que con ningún otro género puede compararse (…) La importancia del género histórico en la pantalla alcanza, pues, a la formación misma del espíritu nacional (…) Ningún momento como éste- en que la exaltación de las esencias nacionales es deber primordial e ineludible de todo español- para que productores y realizadores sientan como imperativo indeclinable la obligación de enseñar, dentro y fuera de nuestras fronteras, cuál fue la trayectoria magníficamente gloriosa de España a través de los siglos”

En esos años de larga postguerra, no se buscaba realizar películas históricas rigurosas sino inventar-idealizar un pasado para legitimar el presente. La actitud del franquismo frente a la Historia se parecía mucho a la que unos años antes describía en España Invertebrada José Ortega y Gasset: “Por una curiosa inversión de las potencias imaginativas, suele el español hacerse ilusiones sobre su pasado en vez de hacérselas sobre el porvenir, que sería más fecundo”.

La Historia y su producción fílmica estuvo controlada muchos años por militares y sacerdotes, bajo la todopoderosa maquinaria de la censura. Existen testimonios curiosos como el de Edgar Neville que en una entrevista en 1982 en el marco de la Semana Internacional del cine de Valladolid describe cómo el franquismo había visto el estreno su película Frente de Madrid: “ Frente de Madrid la hice lleno de entusiasmo que teníamos todos en abril de 1939 y la traje a Madrid con la mayor ingenuidad y comencé a encontrar tropiezos, pegas, a tener que cortar esto y aquello y a descubrir que la vida en el frente no era, por lo visto, como la recordábamos los que la habíamos vivido, sino como querían que fuese gentes que no se habían asomado a él”

Más explícito y algo menos riguroso hacia la Historia se mostraba Juan de Orduña cuando le preguntaban por el componente histórico de sus películas: “Había algo de fantasía, pero es que yo siempre he opinado que las películas históricas, para que sean verdaderamente soportables, deben tener un veinte o un treinta por ciento de rigor histórico y del 70% al 80% de apuntalamiento de fantasía”. Orduña, claramente apostaba por un cine de entretenimiento contextualizadas en diferentes épocas históricas. Eso sí, un entretenimiento capaz de nutrir y fortalecer los cimientos ideológicos del franquismo.

Hacemos esta escueta mención al cine histórico durante el franquismo porque en la XIII edición de MUCES se proyectará, dentro de la nueva sección de Cine e Historia, una película poco conocida por el gran público, que sin embargo es considerada una joya por los expertos. Una película que nos dice tanto sobre las condiciones de producción del cine histórico durante el franquismo (el film fue prohibido y retirado de circulación durante décadas), como sobre la visión de la guerra por parte de (algunos) vencedores, el realizador fue militante falangista. Hablamos de Rojo y Negro (1942) de Carlos Arévalo.

Y es que para los amantes del cine y la Historia, estos días, la muestra segoviana de cine Europeo va a ofrecer algunos títulos interesantes que pretenden mostrar no sólo cómo se filman hechos históricos de primer orden: El proceso de Juana de Arco (1962) de Robert. Bresson, o pequeños pero intensos retratos de época: El secreto de Vera Drake (2004) de Michael. Leigh, sino también una reflexión sobre las posibilidades del cine como herramienta didáctica para el aprendizaje de la Historia. Con películas como La última carga (1968) de Tony Richardson, o la mencionada Rojo y Negro.

Ojalá esta nueva sección pueda hacer historia entre los segovianos y segovianas, como ya lo está haciendo MUCES.


David Corominas y Sebastián Bettosini son Coordinadores de la sección Cine e Historia de MUCES 2018.