Una de las escenas del espectáculo ‘Carmen’, con las bailarinas luciendo un vestuario atrevido con una escenografía también arriesgada. / E. A.
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Hay un hombre en Segovia, Aniceto, quizás lo conozcan, que hace años se empeñó en que la expresión “antiguo moderno” tuviera sentido. Desconozco si ha terminado consiguiéndolo, pero ayer, mientras la ‘Carmen’ de Víctor Ullate —un hombre que poco o absolutamente nada tiene que ver con Aniceto—desplegaba sus plumas sobre el escenario del Teatro Juan Bravo de la Diputación, a quien suscribe se le hacía imposible no pensar en la posibilidad de aquella paradoja pensando en la mezcla de rudeza y sofisticación que pisaba con ropas de cuero y bailarinas en los pies, con miradas aplastantes y pasos delicados, las tablas segovianas.

La verdad es que merece la pena empezar por la ovación final que retumbó en las paredes del Teatro por parte de un público que, entre atónito y sorprendido, se encontró de golpe con una ‘Carmen’ que, pese a los avisos en prensa, redes sociales y comunicaciones oficiales, no esperaba. Una ‘Carmen’ más de Chueca y Malasaña que de los jardines de Murillo, más de pitillo y copa en la mano que de rosa en la cabeza y volantes en la falda.

Por esto quizás, y por las caras del principio del espectáculo, serias y embelesadas al mismo tiempo; caras de saberse disfrutando algo para lo que la moral aún continúa teniendo preguntas, merece la pena empezar por la ovación final que dedicaron al elenco unos espectadores —que en su mayoría superaban los cincuenta años— entre los que se encontraba el propio Ullate y también la actriz Belén Rueda.

Una ovación que, observando las expresiones de los bailarines de la compañía de Víctor Ullate mientras agradecían el aplauso, puede hasta que llegase a sorprenderles a ellos mismos.

Atrevida y transgresora, la ‘Carmen’ de Víctor Ullate convive entre una fiesta drag y la música de Bizet, algo que por supuesto contrasta, pero que al mismo tiempo encaja de tal manera que quien asiste al espectáculo termina observando a los bailarines como si estuvieran desnudos, como si al final la esencia de la danza terminase imponiéndose a cualquier otro factor sobre el escenario.

Vestuario y escenografía, incluida la pantalla sobre la que a veces se proyectan recursos humanos y otras fondos abstractos, acaban rendidos a los pies de los bailarines y, muy en especial, a los de sus tres principales protagonistas.

Al final, en ‘Carmen’ no hay nada más bonito que ver pasar de puntillas por la vida a quien se le presupone ‘julandrona’, ‘caza hombres’, ‘buscona’… puta, al fin y al cabo.

De cualquier manera, y en susurros, puesto que Víctor Ullate tuvo que hacer algo de encaje de bolillos para adaptar su espectáculo original al Teatro Juan Bravo y es de agradecer, hay algo que reprocharle también al coreógrafo; y es que a ‘La marcha de los toreros’, en una de las escenas iniciales que se resuelve de forma audiovisual, le faltase algo de fuerza, algo de esa rudeza que rodea al resto de una versión que, como ya ha quedado escrito, aplaudieron con fuerza los segovianos; cada montaje que pasa por el Juan Bravo más cálidos, más pasionales, más agradecidos, más generosos, más antiguos en el modo de entender el respeto por las artes escénicas y más modernos a la hora de comprender que los clásicos lo son porque siempre fueron vanguardistas.