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Fotografía aérea de la villa romana de Santa Lucía (Aguilafuente).
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El presente 2018 es, sin duda, un año de aniversarios redondos para el conocido yacimiento romano y visigodo de Santa Lucía, enclavado en la zona sureste del término municipal de Aguilafuente. Por un lado, se cumplen cincuenta años del inicio de su mediática intervención arqueológica, implementada a raíz del descubrimiento de unos mosaicos romanos en el mencionado paraje en los últimos días de 1967, una efeméride de la que dio cumplida cuenta Juan Jesús Díez Sanz, cronista de la localidad, a través de un emotivo artículo publicado en este mismo medio el pasado 29 de diciembre de 2017, enfocado en los protagonistas, entre ellos el propio autor, y las circunstancias que rodearon el hallazgo.

Menos conocido quizás sea para el gran público el otro aniversario que traemos a colación, y no por ello de menor trascendencia, debido a su mayor recorrido temporal y a su estrecha vinculación con el primero, del que es un antecedente inmediato. Me estoy refiriendo al descubrimiento original de los mosaicos de Aguilafuente, ocurrido a comienzos del mes de marzo de 1868, del que se cumplen en estos días, por tanto, 150 años. Al igual que sucedería un siglo más tarde, este hallazgo también dio pie a una intervención arqueológica sin solución de continuidad, siendo finalmente abandonada debido a una serie de circunstancias adversas, como tendremos oportunidad de comprobar. A pesar de ello, proporcionó un interesante conjunto de datos que don Carlos de Lecea y García, en aquel momento correspondiente de la Real Academia de la Historia en Segovia, recogió en un breve informe manuscrito que pasaría a la posteridad gracias a su publicación en 1915. Precisamente la existencia de esta valiosa fuente de información resultó decisiva, amén de otros factores, para que el Grupo Escolar nº 349 de Aguilafuente, participante en 1968 en el programa Misión Rescate de TVE y RNE, consiguiera localizar de nuevo los mosaicos de Santa Lucía y se alzara con el Trofeo de Oro a nivel nacional.

Llegados pues a la fecha de este sesquicentenario mi intención a través de esta colaboración en El Adelantado no es otra que dar a conocer su mera existencia. Para ello expondré un breve relato diacrónico de los hechos objeto de remembranza, estudiados en su día por el que suscribe tras consultar diversas fuentes documentales de la época, incluido el informe de Lecea, una investigación que cristalizó en un trabajo finalmente publicado en Estudios Segovianos en 2010, y que ha tenido continuidad recientemente a través de un artículo publicado en Segovia Histórica por Laura Frías, actual responsable del Aula Arqueológica de Aguilafuente.

Pero ¿qué es lo que realmente sucedió durante aquellos días de marzo de 1868 y en los meses siguientes? Comencemos por el principio. El descubrimiento de los mosaicos de Aguilafuente se produce a comienzos del citado mes, cuando Bartolomé Ballesteros, vecino de la localidad, topa de manera fortuita con un pavimento de mosaico mientras llevaba a cabo una extracción de piedra en un terreno agrícola de su propiedad situado en el paraje de Santa Lucía. La noticia del hallazgo llega al poco tiempo a Segovia, estando recogida en el acta de sesiones de la Diputación Provincial del 4 de marzo de 1868, donde se señala textualmente que” los señores Diputados del Partido de Cuéllar manifestaron que en Aguilafuente, pueblo de dicho distrito, se ha encontrado un mosaico que, por la muestra que presentaron, es de esperar merezca la consideración del Excmo. Sr. Gobernador”. Al no estar constituida en aquel momento la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Segovia, el Marqués de Casa-Pizarro, a la sazón gobernador provincial, decide enviar a Aguilafuente al Jefe Provincial de Fomento, Cipriano Rodríguez del Castillo, con el objeto de extraer el mosaico y trasladarlo a la capital.

Dos días más tarde, el propio gobernador remite un oficio a la Real Academia de la Historia en el que informa del hallazgo y comunica las primeras disposiciones adoptadas. Ese mismo documento también proporciona detalles muy relevantes, como la indicación precisa de la profundidad a la que fue encontrado el mosaico, aproximadamente a un metro, y, sobre todo, la revelación de la fecha del hallazgo, al expresar que éste se produjo dos días antes de la sesión celebrada por la corporación provincial el 4 de marzo, lo que permite fijar perfectamente su descubrimiento en el día 2 de marzo de 1868.

En un segundo oficio enviado por el Marqués de Casa Pizarro a la R.A.H., fechado el 8 de marzo, se informa de la magnitud que van cobrando los trabajos apenas transcurridos unos días desde el inicio de las excavaciones. Así, se indica que la superficie de mosaico se aproxima a los 40 m2 o que el Jefe de Fomento aún no ve indicios de poder vislumbrar sus límites, informándose además de la existencia en el pavimento de inscripciones latinas, síntoma inequívoco de haberse alcanzado la zona central del mosaico del oecus, en la que se ubica el conocido emblema de los cuatro caballos. A la vista de estas circunstancias, el arquitecto provincial José Asensio Berdiguer es enviado a Aguilafuente para ponerse al frente de los trabajos en sustitución del Jefe de Fomento. Pese a ser arquitecto, el nuevo responsable de la excavación disponía de cierta experiencia en trabajos de índole arqueológica, puesto que en 1866 se encontró con una situación similar en Segovia a raíz del hallazgo de unas estructuras arqueológicas, al parecer romanas, durante la ejecución de unas obras de reforma en el acceso a la iglesia de San Martín desde la calle Real.

La Real Academia envía un oficio el 14 de marzo en respuesta a las dos primeras misivas del gobernador, agradeciendo la información sobre el hallazgo y solicitando un dibujo preciso del mosaico de Aguilafuente, una petición que tendrá rápida y cumplida respuesta con el envío a Madrid de los primeros informes. Por un lado, el académico correspondiente en Segovia, Carlos de Lecea, remite motu proprio con fecha de 17 de marzo el informe manuscrito al que nos hemos referido con anterioridad, publicado por el propio autor en 1915 siendo ya anciano. Por su parte, con fecha de 23 de marzo el gobernador provincial remite a la R.A.H. un nuevo oficio, esta vez acompañado de la memoria descriptiva de los trabajos de excavación, redactada por José Asensio el 21 de marzo. Dicho documento venía a ser fiel reflejo de la celeridad con la que se llevaron a cabo los trabajos, a lo sumo, entre los días 6 y 21 de marzo, indicando también de manera indirecta la insospechada superficie que debió alcanzar la intervención, al parecer muy similar a la excavada un siglo más tarde. Junto a ello, revelaba otro dato de gran importancia: la existencia del mosaico en ese punto era conocida en Aguilafuente desde doce años atrás, lo que adelantaría su descubrimiento a 1856.

Además, se incluía un croquis topográfico, el plano de una de las dos estancias con pavimento musivo y el dibujo a color de un fragmento de mosaico, todo ello realizado igualmente por el propio arquitecto, material que constituye un valioso testimonio gráfico de aquella legendaria intervención. Al margen de la información aportada, también se pone de manifiesto en este mismo oficio el innegable interés que sigue manteniendo la Diputación por la continuidad de los trabajos arqueológicos, al argumentar que el área excavada representa tan solo una parte de lo que quedaba por descubrir y ofrecerse incluso a costear su reanudación a través de los fondos de la propia corporación. Pero eso sí, solicita antes a la R.A.H. un dictamen y un protocolo de actuación con respecto a los restos arqueológicos, al encontrarse a la intemperie y expuestos, por tanto, a las inclemencias climatológicas y la mano del hombre.

La resolución de este trámite entorpecerá, sin embargo, el retorno a los trabajos en los meses siguientes. Y es que la R.A.H., una vez recibida la memoria de José Asensio, encomendará a José Amador de los Ríos, en aquel momento presidente de su Comisión de Antigüedades, la redacción de un informe preceptivo en el que se especificaran las acciones a desarrollar en el futuro con respecto a los mosaicos y el yacimiento, informe que no verá la luz hasta el 12 de junio. Y aunque en él se establezcan una serie de medidas destinadas a su protección y conservación, se omitirá, por el contrario, un importante detalle, al no hacer alusión a la continuación o no de las excavaciones. Tras ese desliz, el anhelado permiso no llegará hasta el 28 de julio, si bien aún no se había resuelto el aspecto relativo a la financiación de los trabajos. En este punto, el hecho de encontrarse en pleno periodo vacacional no permitirá solventar este segundo obstáculo hasta el pleno del 23 de septiembre, cuando ya ha estallado La Gloriosa en España y la reina Isabel II ha declarado el estado de guerra en toda la provincia. Pese a todo, en dicho pleno la Diputación Provincial asignará finalmente doscientos escudos para la reanudación de los trabajos de excavación en Aguilafuente.

Sin embargo, los convulsos últimos días del mes de septiembre serán testigos del rápido viraje que comienza a experimentar el asunto al socaire de las nuevas circunstancias políticas. El 30 de septiembre, transcurrida una semana desde la consignación de los fondos con destino a la excavación, una Junta Revolucionaria toma el poder en Segovia al calor de La Gloriosa, procediéndose a la destitución de los miembros del consistorio de la capital y de la Diputación Provincial. Algunas semanas más tarde la nueva corporación provincial surgida de la Revolución dará carpetazo definitivo al asunto, al autorizarse en la sesión del 18 de noviembre el pago por última vez de los jornales devengados por el guarda del mosaico de Aguilafuente, sin indicar gasto alguno derivado de una excavación o de una indemnización al dueño. De ello se desprende que la cantidad destinada a la reanudación de los trabajos jamás llegó a ser utilizada. Algún tiempo después el dueño del terreno, cansado de esperar, optó por la cubrición de los restos arqueológicos y retomó el laboreo agrícola en la parcela. Se ponía así fin de un modo absolutamente funesto a esta trascendental página de la historia del yacimiento.

Solo resta decir, a modo de conclusión, que el conocimiento en detalle de estos sucesos permite matizar el planteamiento historiográfico vigente. En este sentido, la historiografía había considerado tradicionalmente al estallido de La Gloriosa y a la falta de medios como las principales causas del abandono de aquellos trabajos pioneros de 1868. A la luz de lo aquí expuesto, todo apunta, más bien, a un proceso más complejo. Según hemos podido comprobar, las excavaciones se interrumpen, en principio provisionalmente, unos seis meses antes de que estallara La Gloriosa, un dilatado periodo de tiempo en el que perfectamente se podía haber retornado a los trabajos. Otra cuestión es que, en virtud de la magnitud que comenzó a cobrar la intervención, el asunto se tornara embarazoso y difícil de gestionar. No en vano, lo que en un principio parecía limitarse a un simple y urgente trabajo de extracción de un mosaico para trasladarlo a Segovia se fue transformando en cuestión de pocos días en una remoción a gran escala. Ante esta tesitura, no resulta extraño que para la R.A.H. y para su Comisión de Antigüedades los mosaicos de Aguilafuente pasaran a convertirse en una cuestión incómoda, lo que explicaría la inacción demostrada. Del mismo modo que para la corporación provincial surgida de La Gloriosa la financiación de los trabajos pasara a considerarse como costosa. Por tanto, la irrupción del proceso revolucionario vino a constituir una excelente cortina de humo con la que dar por zanjado un asunto que previamente ya era complejo, o más bien cerrado en falso. Así hasta que, tras un siglo en el olvido, vuelva a reactivarse en toda regla en 1968. Pero eso ya es otra historia también objeto de merecido aniversario.


(*) Licenciado en Geografía e Historia y D.E.A. en Arqueología. Responsable del Aula Arqueológica de Aguilafuente entre 2001-2005.