20 años sin tráfico bajo el Acueducto

Mañana se cumplen dos décadas de la drástica decisión del entonces alcalde, Ramón Escobar, de prohibir el paso de automóviles ante el grave deterioro del monumento

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El entonces alcalde Ramón Escobar (PP) se bajo de la cesta y tomo tierra no sin cierta dificultad. Estaba pálido y un tanto aturdido y no era por el vértigo por ascender con una grúa hasta los 28 metros de altura que alcanza el coloso del Acueducto. “Es más grave de lo que imaginábamos”, comentó el regidor en la misma Plaza del Azoguejo. A Escobar no le temblaría la mano y dos días después, el 15 de julio de 1992, firmó en su despacho un decreto para prohibir el paso de automóviles bajo los arcos del Acueducto, adelantando una medida que estaba anunciada para el 1 de agosto. La experiencia que vivió Escobar en aquella grúa fue para no olvidar. Y es pudo comprobar, junto con el arquitecto municipal Federico Coullaut que entre algunos sillares podía introducirse un brazo. El riesgo de desprendimiento era alarmante.

Mañana se cumplen 20 años de la decisión de cortar el tráfico por el Acueducto, una drástica medida por la que aún es recordado Escobar. De la noche a la mañana, unos 22.000 vehículos dejaron de pasar bajo el monumento, y solo se permitió la circulación a través de dos arcos, para autobuses y taxis. No obstante, cinco meses después, la prohibición de paso a la circulación ya fue total, momento en el que los andamios ya cubrían la parte más elevada del monumento.

La historia comenzó a gestarse en Estrasburgo. Escobar se trasladó a la ciudad francesa, en febrero de 1992, para pedir en el Parlamento Europeo el apoyo de las instituciones europeas a la conservación del Acueducto. Las gestiones del alcalde “pedigüeño”, como el mismo gustaba denominarse, por su tenacidad, lograron el apoyo de todos los grupos políticos representados en el Parlamento Europeo. El alcalde popular regresó a Segovia con el compromiso europeo de llevar a cabo proyectos de asesoramiento técnico y de instar al Gobierno de la Nación para que acometiera las obras de infraestructura que fueran necesarios.

Fue en el verano de 1992 cuando un grupo de expertos del Instituto Arqueológico Alemán, liderados por el profesor de la Universidad de Heidelberg, Géza Alföldy, llegaron a Segovia para averiguar la inscripción que figuraba en la parte central del monumento. El hecho de permanecer subidos en una grúa 21 horas, frente por frente con el monumento, permitió a los técnicos comprobar el estado real del Acueducto. El profesor Alföldy, en declaraciones publicadas por EL ADELANTADO, el 13 de julio de 1992, alertó de la gravísima situación de deterioro que sufría el coloso de piedra. “El estado del monumento es muy malo, hemos registrado que el material de granito se descompone, que hay daños enormemente serios y que el estado es catastrófico”, dijo. “Según mi impresión -añadió-no falta mucho para que el Acueducto caiga, por lo menos en parte”. Días después, el propio arqueólogo de la Junta de Castilla y León, Luciano Municio, corroboró las palabras del experto alemán. “Nadie nos esperábamos que el Acueducto fuera a estar así”, aseguró Municio, tras subir a la grúa empleada por los técnicos del Instituto Arqueológico Alemán.

A la vista de la gravedad de la situación, el Ayuntamiento, que ya había anunciado el corte de tráfico para el 1 de agosto, adelantó la aplicación de la medida, que se antojaba impopular pero irremediable. Unos días antes de ordenar el corte de tráfico, el alcalde transmitió la información a la Junta de Castilla y León, el organismo encargado de la conservación del monumento, declarado por Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

¿Era tan delicada la situación del Acueducto como para adoptar una medida tan radical?. El arqueólogo alemán Peter Witte describió la situación sin paños calientes. “Hemos visto piedras a punto de desprenderse”. En los últimos 30 años el Acueducto había perdido hasta 10 centímetros de capa de las piedras, por las inclemencias del tiempo, principalmente del hielo, pero sobre todo de la contaminación. Y es que la zona, en forma de hoya, donde se enclava el monumento, supone el espacio propicio para que se acumule la contaminación atmosférica de coches, hornos, chimeneas y calefacciones. También era y es lugar propicio para el anidamiento de las aves, especialmente vencejos. Los expertos llegaron a detectar capas de hasta cinco centímetros de excrementos de aves que, al disolverse por las filtraciones de agua, se convertían en sustancias ácidas para las piedras. El paso de miles de vehículos diarios habían dejado ennegrecidas las piedras centrales, a un paso de convertirse en arena.

El corte de tráfico era temido por los responsables municipales y de la Policía Local. El todavía hoy jefe del cuerpo policial, Julio Rodríguez Fuentetaja, anticipó que el corte iba a provocar aglomeraciones de tráfico, hasta que, de forma paulatina, fueran entrando en servicio las alternativas propuestas por la empresa Epypsa, redactora de un estudio de movilidad, que cifraba en 700 millones de las antiguas pesetas el coste de las infraestructuras necesarias para suprimir el tráfico bajo el Acueducto.

Nada más adoptar la medida, Escobar pidió a los segovianos “comprensión”, que utilizaran menos el vehículo privado y más el transporte público. Y una sabia recomendación: que el automovilista pensara antes de salir de casa cual era el itinerario más corto para llegar a su destino sin pasar por el Acueducto.

Y es que el corte dividió la ciudad en dos, como una pared (no fueron pocos los que empezaron a denominar al monumento como “el muro de Berlín”). Al tiempo que se acometían obras de urgencia en el Acueducto, para sujetar dovelas y sillares, el Ayuntamiento trabajaba a contrarreloj para la reordenación del tráfico más importante de su historia. Coincidiendo con el corte de tráfico, el Ayuntamiento, con la colaboración de Fomento, trazó rotondas provisionales con conos de plástico, apagó semáforos y cambió direcciones de varias calles. Conducir por Segovia en aquellos días se convirtió en toda una aventura.