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Un diablillo sale corriendo de las inmediaciones de San Bartolomé acompañado por dos escoltas. / Photonoticias
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Diez de la noche de cualquier 23 de agosto. La Plaza de España de Sepúlveda permanece totalmente a oscuras. Una multitud se arremolina al pie de las escaleras de la iglesia románica de San Bartolomé. El vociferante público, mayoritariamente juvenil, reclama la presencia del protagonista del rito. Es la hora del diablillo. Puntual a su anual cita, el diablillo aparece tras una gran hoguera —encendida un rato antes— y se planta en lo alto de la escalinata de San Bartolomé. Desde la Plaza de España, la multitud le ve. En realidad, no se trata de un único diablillo. Son media docena, para así irse turnando en su misión. Resultan inconfundibles. Van vestidos de rojo, portan escoba y llevan adheridas a ambos lados de la cabeza sendas pequeñas linternas para alumbrar su paso entre la multitud. Cada uno tiene dos escoltas o ‘diablillos menores’, situados a derecha e izquierda y vestidos de negro o de calle. Bajan veloces, zigzagueando 26 peldaños, hasta encararse con los presentes.

Escobazo va, escobazo viene, el gentío intenta escabullir los golpes. Carreras anárquicas, sin rumbo fijo, y juerga, mucha juerga. Dan una rápida vuelta por la Plaza de España, intentando sorprender a los presentes, y regresan exhaustos tras la carrera, a descansar un rato. En ese momento, otro diablillo toma su relevo… Y así durante media hora. Sepúlveda entera celebra San Bartolomé. Las fiestas ‘de los Toros’ (último fin de semana de agosto) ya están aquí, y el diablillo significa el arranque del jolgorio. Una vez que concluye el rito, se vuelve a encender el alumbrado público, y es entonces cuando se comienza a repartir limonada gratis entre todos los asistentes.

Así se podría resumir un rito, el del diablillo, que se repite en Sepúlveda cada 23 de agosto, y cuya relevancia ha contribuido a que el pleno de la Diputación del pasado 22 de febrero acordase, por unanimidad, su declaración como ‘Manifestación Tradicional de Interés Cultural Provincial’. Tal aprobación se produce después de que el Consejo Asesor del Instituto de la Cultura Tradicional Manuel González Herrero emitiese un informe favorable sobre tal declaración de la fiesta.

Para comprender el significado de este rito conviene leer textos sobre San Bartolomé, en especial ‘La leyenda dorada’ de Jacobo de Vorágine, donde se cuenta que, estando predicando en la India, el apóstol fue mandado llamar por Polimio, un poderoso rey que tenía una hija endemoniada. Una vez en la corte, el santo contempló a la enferma, atada con cadenas porque atacaba a mordiscos a cuantos se acercaban a ella. San Bartolomé mandó entonces que libraran a la princesa de las ataduras. Los criados del rey no se atrevían a desatarla, pero el santo insistió: “Haced lo que os mando; no tengáis miedo; no os morderá, porque ya tengo yo bien atado al demonio que la domina”. Los criados desataron a la joven, y ésta, en aquel mismo instante, quedó totalmente curada.

Una creencia popular sepulvedana asegura que hay una noche al año, la del 23 de agosto, en la que el apóstol suelta al diablo de las cadenas que le atan, sucediéndose entonces el rito de los diablillos, que dura largo rato, hasta que, sobre las diez y media de la noche, una última carrera de todos los diablillos cierra el acto. Los diablillos suben entonces hasta la iglesia de San Bartolomé, porque se supone que “el santo vuelve a atarles”.

En un altar de la iglesia de San Bartolomé se sitúa una imagen barroca, representando al santo en pie, con un cuchillo en la mano—símbolo de su martirio— y, encadenado a él, un cuerpo de hombre, con cuernos en la frente y cola de serpiente, a quien en Sepúlveda todo el mundo conoce precisamente como “el diablillo”.

En lo referente al origen de la fiesta, se trata de un asunto por dilucidar. Aunque se da por hecho su inmemorial inicio, las recientes revelaciones de Fidela Casado, de 97 años de edad y en perfectas facultades mentales, hacen dudar sobre ese paradigma. Asegura esta informante que en una de tantas obras teatrales que los sepulvedanos representaban se requería un traje de diablo. E Isabel Onrubia, una de las dos promotoras del grupo de teatro, planteó a la otra, Pepita Román, la conveniencia de confeccionar uno, comprometiéndose ella misma a hacerlo. Y así fue. Pasado un tiempo desde la representación de la obra, cuando se acercaba la festividad de San Bartolomé, la propia Isabel tuvo otra idea, la de vestir a una prima suya, Juanita Onrubia, con el mencionado traje, para que saliera por las calles dando escobazos. “Así se inventó el diablillo”, sentencia Fidela. ¿En qué año tuvo lugar aquel episodio? Fidela dice creer que “después de la Guerra Civil”, aunque no cita el año exacto. La historiadora María Antonia Antoranz, echando cuentas sobre la edad que tenían entonces las protagonistas de aquel suceso, estima que la creación del diablillo tuvo que ser muy poco después de acabado el conflicto, “sobre el año 1940”.

El diablillo podría ser, por tanto, ‘más joven’ de lo que se ha escrito, por lo que urge contrastar, con otros testimonios, la versión de Fidela. En cualquier caso, este posible rejuvenecimiento del diablillo no resta mérito a la fiesta, considerada hoy en día por los sepulvedanos como una de sus principales señas de identidad.

Segovia cuenta ya, pues, con otra ‘Manifestación Tradicional de Interés Cultural’, la del diablillo, que enriquece la lista iniciada por la ofrenda de los cirios de Santa María la Real de Nieva y la Octava de Fuentepelayo. Así que, felicitémonos por ello y ¡a disfrutar con el diablillo la noche del próximo 23 de agosto!
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(*) Historiador. Periodista.