Domingo Albertos, con su máquina para hacer albarcas. / Guillermo Herrero
Domingo Albertos, con su máquina para hacer albarcas. / Guillermo Herrero
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Cruzar el umbral de la casa de Domingo Albertos, Dominguín, en Riaza, permite adentrarse en la vida rural de hace medio siglo. El reloj debió pararse entonces allí. Y el propietario decidió conservar todo lo existente. Si logró su objetivo fue debido a su excepcional maña, capaz de construir o arreglar cualquier tipo de utensilio. Casi ningún oficio tradicional le resulta ajeno a Dominguín. Fue labrador; trabajó en la construcción antigua, haciendo paredes de adobe; su padre le enseñó el arte de la madera…

Su casa bien podría convertirse en un museo. Hay de todo. Y cada pieza guarda una peculiar historia. “Mire, ahí está la máquina de hacer albarcas; la compré en Cantalejo, a un chatarrero”, relata. Aquel episodio da pie —nunca mejor dicho— a hablar de las albarcas, antiquísimo calzado rústico ya citado por el Arcipreste de Hita en su ‘Libro de Buen Amor’.

“Mi padre, que ahora tendría 117 años, me contaba que en su tiempo las albarcas se elaboraban aquí con la piel de los lomos de las vacas, pues era la más gorda que había”, recuerda. Tal práctica no se debía ceñir a Riaza. José Manuel Fraile ha documentado el uso de piel de vaca o de burro para hacer albarcas en el pueblo de Valdemanco, en la vertiente madrileña de la Sierra, y de burro a no muchos kilómetros, en Montejo de la Sierra.

Un adelanto tecnológico, acaecido a inicios del siglo XX, transformó de forma radical la artesanal confección de albarcas. La aparición del automóvil generó, como desecho, un elevadísimo número de ruedas de caucho. Y algún pionero de reciclaje entendió que aquel duro material podría sustituir al calzado de piel. Así fue, y surgieron máquinas como la que ahora presenta Dominguín, para la que se requería electricidad.

Sobre una horma se colocaba un trozo de rueda y se aplicaba a continuación calor, “como si fuera una plancha”, con la declarada intención de que el material se domara y cogiera la forma del pie. En una segunda fase se colocaba en la zona del empeine el capillo delantero y luego el de atrás, para sujetar el talón. Un juego de correas, cerrado por una hebilla, ponía fin a la tarea.

“En las noches de invierno te sentabas al lado de la lumbre y cosías con cáñamo las albarcas”, rememora Dominguín. En su casa, este calzado no era igual durante todo el año. Se conservaba siempre la suela, de caucho, pero los capillos eran de cuero en invierno, “para que no se calaran”, y de neumático a partir de primavera, pues “resultaban más frescos”, sobre todo por la existencia de “dos rotitos” en su parte delantera por donde salía la incómoda tierra que había entrado en las albarcas.

Hace mucho tiempo que en Riaza dejaron de usarse las albarcas (“unos 50 años”, calcula Dominguín), pero a él no se le ha olvidado cómo se calzaban antiguamente los labradores y los pastores. “Primero —explica— había que meter el pie en un calcetín de lana, y luego se envolvía con un pellejo”. Esta última pieza debía ser de rapón, esto es, “una oveja 15 ó 20 días después de ser esquilada, cuando ya tiene la lana como de medio dedo”. Tal pellejo de rapón “se sobaba bien” hasta lograr la mayor flexibilidad. Y, por fin, llegaba el momento de calzarse las albarcas.

De estas y otras curiosidades habla Dominguín mientras mira su máquina de hacer albarcas, de la que desconoce su edad, si bien todo apunta a que tiene algo menos de un siglo. “Hace no mucho vinieron unos señores de Valladolid, se empeñaron y tocó hacer un par de pares”, prosigue Dominguín, que tiene cuerda para rato, y empieza a hablar de los famosos albarqueros de Riaguas de San Bartolomé, y de los de Sepúlveda, que “cosían muy bien”…