Paulino Lobo, en Sotillos Bajeros. / Guillermo Herrero
Paulino Lobo, en Sotillos Bajeros. / Guillermo Herrero
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Desde la orilla, Paulino Lobo otea la laguna de Sotillos Bajeros, en Cantalejo, mientras una bandada de ánades azulones echa a volar. La escena le resulta familiar. Él está en la que considera su casa.

Durante años se dedicó a la cría de tencas en las lagunas de Cantalejo, un uso tradicional cuyo origen desconoce, sí bien recuerda que antes de su padre, del que él aprendió el oficio de tenquero, hubo otro ejerciendo el mismo quehacer en estos humedales, lo que acredita la antigüedad del aprovechamiento. “El Ayuntamiento —relata— sacaba a subasta las lagunas, y los interesados debían meter en un sobre una oferta; el que más ofrecía se quedaba con ellas, en arriendo”.

Su progenitor fue quien le enseñó el arte de la pesca de la tenca. De inicio, se dividían las lagunas en dos tipos: para la cría y para el engorde. Las primeras “se sembraban de alevines”, para garantizar la producción futura. En las de engorde, como su nombre indica, era donde crecían, hasta el momento de su captura.
La temporada iba de abril a agosto. Cinco meses en los que él pasaba infinidad de horas metido en el agua. “Aquí —subraya— todo el trabajo se hacía a mano”. En primavera, para coger las tencas se utilizaban garlitos. “En esa época del año —explica el último tenquero de Cantalejo— las tencas van a las orillas, porque el agua está más cálida, y caen mejor allí”. Llegado el verano había que cambiar el sistema. “Cuando hace mucho calor, van a lo hondo de las lagunas, a lo fresco, y por eso necesitábamos redes”, agrega.

En cualquier caso, cada día era un misterio. “Había jornadas en las que tirabas la red y sacabas 50 kilos; otras, 150”, dice. Él considera que una tenca “estaba hecha si pesaba entre 80 y 100 gramos”. Y luego, a vender. Lobo revela ahora que donde más colocaba su mercancía era en Cantalejo, Cuéllar (“para las bodas”) y la ciudad de Segovia. Aunque el trabajo resultaba sacrificado, “daba para vivir una familia o dos”. A él, que empezó trabajando con su padre, le acabaron echando una mano su mujer y sus hijos. “Aquí teníamos una cabaña, pues de vez en cuando venía gente curiosa y te quitaba tencas, así que había que estar muy pendiente”, rememora.

Hace unos 30 años, el negocio se acabó. ¿Motivos? Él cita en primer lugar la sequía, pero a renglón seguido sostiene que “lo peor” fue la contaminación de las aguas, provocada por los purines y “las cosas malas que echan al campo”. A su entender, el sabor de la tenca de las lagunas de Cantalejo era diferente al de otras, por el terreno arenoso donde se criaba y por el agua. Pero “cuando el agua es mala la tenca no sabe igual, y eso la gente se da cuenta”, advierte Lobo. La Junta acabó interviniendo y la cría de tencas desapareció en estos humedales.

Él añora este uso tradicional de las lagunas al que dedicó gran parte de su vida. “¡Ojalá volviera a haber aquí cría de tencas!”, dice, a modo de deseo. De momento, sus conocimientos de las lagunas y su entorno están sirviendo a quienes ahora llevan a cabo la recuperación de los humedales cantalejanos para tomar decisiones sobre cómo obrar. La laguna Garroberos, por citar un ejemplo, ha renacido gracias a Lobo, pues fue él quien indicó a los operarios donde debían excavar para que volviera a manar una antigua fuente. Y eso ha sido para él una pequeña alegría, aunque sigue echando de menos, sobre todo, aquellas noches de verano, a la luz de la luna, en que sacaba unas cuantas tencas del agua, hacía fuego y, en una sartén, su mujer las freía. “¡Eso sí que era un manjar”, jura. Un manjar que quiere probar de nuevo.

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