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Dos conceptos distintos. Dos resultados diferentes. La primera del grueso de la feria de Riaza -cuarta del abono de la Virgen del Manto y Hontanares– confluyó con el triunfo de Mario Pérez Langa, en una tarde en la que el toreo a caballo más destacado lo firmó Andrés Romero. El rejoneador de Calatayud salió por la Puerta Grande del coso riazano tras cortar una oreja a cada uno de sus antagonistas, con el lote menos potable. Demostró su proyección, pero faltó la emoción y la exposición que precisa este espectáculo para que trascienda a los tendidos sin medias tientas. No necesitó de arrebatos forzados para llamar la atención el onubense. Su temple delante de la cara de los astados fue parafina en dos faenas en las que se mostró más seguro con su segundo que con el primero. Los años al lado de Diego Ventura se vieron reflejados en su seriedad, que no pudo redondear su obra al no estar acertado en la suerte suprema. Su balance artístico finalmente fue de un trofeo. Se lidiaron cinco novillos, al devolver el último, de la divisa pacense de Luis Albarrán -sangre Murube-, parejos de presentación, manejables en líneas generales y faltos de raza. La plaza riazana registró cerca de los dos tercios de su localidad.

Lomirecto, largo, negro mulato y abierto de sienes fue el ejemplar que abrió plaza. En los primeros trances salió suelto de las suertes y pronto evidenció su escaso recorrido, con apenas transmisión. Al quiebro y de frente, Romero logró pulsear la embestida del animal, clavando hasta cinco banderillas con mayor pulcritud que colocación. Una vez que acortó distancias y enceló la acometida del burel, llegaron los mejores pasajes aunque el astado protestó por alto llegando a la grupa. Abrochó la faena con dos cortas y un rejonazo de efecto más fulminante que ortodoxo. Su labor fue ovacionada.

Tras el ecuador del festejo, saltó un animal bajo, corto de cuello y brocho de cuerna al que el de Huelva sujetó con temple alrededor del anillo riazano. Firme y elegante fue cimentado una obra sin halagos en la recreación pero muy sólida en la ejecución. Faltó rotundidad a espadas, pero aún así tuvo el reconocimiento del público con un trofeo.

En la línea del primero salió el segundo, en cuanto a morfología se refiere, aunque con menos cara. Desarrolló movilidad en el inicio, pese a estar justo de fuerzas, y Langa lo tanteó desde la zona de confort. La irregular embestida del novillo, que tuvo sus teclas, hizo que el rejoneador ejecutara las suertes despegado y cuando pisó los terrenos el astado echaba la cara alta de forma brusca, faltando acoplamiento. Culminó con dos rosas y remató de un rejonazo trasero y caído para pasear la primera oreja de la tarde.

El negro mulato, bajo de manos, que cerró plaza salió agarrotado de los cuartos traseros. Este defecto, llevó al presidente a sacar el pañuelo verde. En su lugar apareció un sobrero, parejo al resto del envío, que ofreció juego en los movimientos del jinete de Calatayud para poner el rejón de castigo. Manseó y de forma continua caía a tablas. Langa lo citó de fuera hacia dentro para sacarlo a los medios y obrar un trasteo en el que tuvo que poner todo de su parte para clavar los rehiletes con oficio. Al colocar a dos manos, la faena alcanzó su punto álgido y, aunque finalizó de medio rejonazo, agarrado, le valió para cortar otro apéndice. De esta manera, revalidó su triunfo cosechado en 2015 sobre este mismo albero.

Ficha

Plaza de toros de Riaza. Cuarta de la feria de la Virgen del Manto y Hontanares. Alrededor de dos tercios de entrada. Festejo de rejones. Novillos de Luis Albarrán, parejos de presentación, faltos de raza y de juego manejable en líneas generales.
Andrés Romero, ovación y oreja.
Pérez Langa, oreja y oreja tras aviso.