Don Pablo Vozmediano en una de sus alocuciones en el Santuario del Henar. / J. C. LL.
Don Pablo Vozmediano en una de sus alocuciones en el Santuario del Henar. / J. C. LL.
Publicidad

Don Pablo Vozmediano Dávila, fue profesor de numerosos cuellaranos que aún guardan un buen recuerdo del mismo, tanto por sus enseñanzas como por su personalidad bondadosa.

Había nacido don Pablo, en un pueblecito de Ávila llamado Cabezas del Pozo, en la comarca de la Moraña, un día 13 de noviembre de 1923. Según nos dice el cuellarano Isidoro Tejero, en un librito que editó con sus poemas y que le dedicaron sus alumnos a poco de haber fallecido, había recibido la enseñanza primaria en su pueblo natal, para después estudiar el bachillerato en Ávila, en el colegio “San Juan de la Cruz”. A la edad de 13 años, ya publicó sus primeros poemas en el Diario de Ávila. En Valladolid inició la carrera de medicina que enseguida abandona para iniciar la de Filosofía y Letras que termina en 1949, año en que comienza a ejercer de profesor en el Colegio de Enseñanza Media “Nuestra Señora del Henar” de la Villa de Cuéllar, desde donde continuó en el Instituto Nacional de Bachillerato “Marqués de Lozoya” de la misma Villa. Colaboró frecuentemente en muy diversas actividades y publicaciones en pro de la cultura como hizo, por ejemplo, en la primera guía turística de Cuéllar en 1970. Murió en su pueblo natal el 4 de enero de 1973 a la edad de 50 años, hace ahora por tanto, 45 años.

En el prólogo del citado poemario, el Marqués de Lozoya dice: “Hay en las breves páginas de este libro un intenso contenido de poesía y un torrente de humana piedad, porque los pocos versos que lo integran son el reflejo de un alma buena, apasionadamente enamorada del Bien y de la Belleza; un hombre que oculto en su apariencia humilde de profesor de una villa castellana, encerraba un tesoro de altos valores espirituales”.

El mejor testimonio de que no ha sido en vano su breve paso por la tierra lo reflejó quizá, en este bello poema en que expresaba su anhelo, seguramente ya alcanzado:

Buscando luna, el cielo me dio luna,
buscando lumbre, el cielo me dio sol;
buscando estrellas, bellas y a millares
el cielo me las dio.

Hoy la paz busco, que sature mi alma
y al cielo voy, derecho, de ella en pos,
que, como me dio estrellas, sol y luna,
la paz me dará Dios.

Amante de la Naturaleza, practicante de largos paseos, lo expresaba así, en este soneto que tituló “Amor al campo”:

De la paz es el campo un semillero;
amo la paz; por eso el campo es mío;
soy hermano del árbol y del río,
del trigal, de la brisa y del sendero.

Al manantial le llamo compañero,
y me sacia con perlas el rocío,
tengo sombra del álamo en el estío,
de encinas, brasas en el mes de enero.

Tengo -llanura y cielo- un libro abierto
que me invita a soñar inmensidades,
en las que éste feliz destino advierto.

Una región de eternas suavidades
para el alma, y, un hoyo para un muerto
en esta soledad de soledades.

Su honda religiosidad la expresa en sus poemas de forma sencilla y profunda como se puede observar en esta parte del poema que tituló “Mística”:

Señor, a ti abrazado
me parece sentir el golpe seco
de un corazón llagado,
que por vivir se esfuerza; seda el fleco
cárdeno de tu sangre me parece;
mi carne se estremece.
No sé qué hacer. ¿Pedir?, ¡si hablar no puedo!
Contigo, pues, me quedo
porque se funda en mi pecho el hielo,
mudo y absorto, respirando cielo.

O en estos versos del poema titulado “Yo soy tu cantor, María”

Bálsamo divino para los que lloran,
curan las heridas los que en ti moran.
Sigue dando, Madre, tus dulces consuelos,
fomenta en las almas los castos anhelos,
pon en mi camino la fuente de la vida,
cura con tu mano de mi alma la herida.

Sacia Madre mía esta sed de amores,
vierte el cáliz puro sobre mis dolores.
Ya nada me importa, si aún cubierto en llanto,
me guardas María en ese tu manto,
si siento tus labios posar en mi mente,
entonces, María, moriré riente.

También Segovia capital estuvo presente en su poemario como lo demuestra su “Soneto al Alcázar”:

Dios, que de nave quiso la figura
darte, en un mar de castellana tierra,
la gigantesca ola de la sierra
detuvo, ante tu recia arboladura.

De leyenda o verdad tu arquitectura
todo un poema con orgullo encierra,
y no sé si de paz o de guerra
a convencer al alma se apresura.

Vigía permanente, la victoria
pregonas del que fiel es al destino
que le marcó en sus páginas la Historia.

Conserve yo tu ejemplo en mi memoria
y, centinela alerta en el camino,
pueda llenarme como tú, de gloria.

O este otro dedicado al Cristo de los Gascones:

Porque locura o desatino era
malherido dejarle en el camino,
y era también locura y desatino
de Dios hacer litigio de frontera,

Con la cruz a los vientos por bandera,
por fiel testigo Cristo Peregrino,
de concertar la paz a lo divino
acordaron dos pueblos la manera.

El escogió el lugar. Descabalgado
de par en par la puerta del costado
abrió para tudescos y gascones.

Y prometió a Segovia el Paraíso
que, no en balde, quedar en ella quiso,
neutralizando ofensas con perdones.

Preocupado y consciente de la historia y patrimonio histórico artístico de Cuéllar y su Tierra, a la Villa dedicó uno de los mejores poemas que le han ofrendado, el “Canto a Cuéllar y su Región”:

Envuelto en la red de la duda, no sé si atrevido
llamarme o cobarde. Quisiera ofrecerte un poema que lleve prendido
el vivo destello de un canto de gloria en tu honor
y escucho la voz del amor, que no encuentra difícil empeño;
me aparta el temor de saberme tan pobre y pequeño…
¡Espero que triunfe el amor!

Espero que amor sea el fiel lazarillo que tome
mi diestra, y en cuyas pupilas ardientes asome
la idea, hecha llama, que, ciego, no acierto a expresar.
Confía en sus tensos bordones mi lengua apagada;
ya el alma, de firme esperanza inundada
presiente las notas que harán fácilmente el milagro del genio al cantar.

¡Amor, no me dejes!… Hollando caminos contigo,
la austera región castellana tendrá en mí un testigo
ideal que dé al mundo los ecos del más encendido pregón.
¡Amor ven… que quiero tenerte a mi lado!
-Olvida un instante escudilla y alforja y callado-
¿No ves como esperan de nuestras guitarras el son?

Yo sé de una tierra infinita… la honda misión del arado
abrió en su costado
la llaga de donde raudales brotaron de vida inmortal.
Allí desafían al mundo, los chopos gigantes,
las moles de piedra o ladrillo, vigías constantes;
allí es un misterio, saber dónde empieza y acaba el inmenso trigal.

¡No hay fin que entorpezca la línea del recto camino!
¡Paréceme que hasta la lenta agonía del pino
dibuja en su tronco un reguero de vida y de luz!…
¡los hombres que hoy dejan su huella en los pardos senderos,
son hijos de aquellos guerreros
valientes de ayer, que hermanaron la espada y la cruz.

¡Yo sé de una tierra infinita…! En ella entre verdes pinares
silentes, negrales o albares
¡Acaso de alguna victoria alcanzada, el honroso laurel!
La Villa de Cuéllar, vivero fecundo de gloria, continuos fulgores derrama
su historia, es la historia de un pueblo abrasado en la llama
perenne del triunfo; su escudo, un corcel ¡

El arte mudéjar bordó en su recinto primores;
ornaron con pétreos blasones, sus amplias fachadas los grandes señores.
Yo sé que, expectantes, un día, el grito de alerta al oír
sus ínclitos hijos las recias murallas alzaron,
y en ellas juraron
¡que vivo prodigio de ibérica raza!- vencer o morir-

¡Qué grandes proezas evoca la traza imponente y severa
del regio Castillo…! ¡La mágica pluma de Herrera
anduvo fielmente las rutas del vasto dominio español!
¡Grijalva y Velázquez, templado su acero en la fragua del sol castellano
cruzando el inmenso Océano
lograron conquistas soñadas bajo un nuevo sol!…

¡Es tanto el amor que me inspira la histórica Villa
que, si ha de rendir su viaje en Castilla,
cansado de andar peregrino del mundo a través,
el día que venga a buscarme la voz de la muerte,
olor de resina, quisiera que fuese mi suerte,
y envueltos en tierra caliza quisiera mis pies!

¡Amor, no me dejes…Hollando caminos contigo
mi voz de testigo
leal dará al mundo los ecos más vivos del más elocuente pregón!
¡Amor, no te vayas… que quiero tenerte a mi lado!
-Recoge escudilla y alforja y cayado-
¿No ves que otras gentes esperan de nuestras guitarras el son?…

Unas cuantas decenas de los que fuimos sus alumnos, aún recordamos, con sensaciones muy positivas, el paso por aquellas aulas en que Don Pablo nos instruía y a algunos, nos marcaba con benevolencia el camino que luego habríamos de seguir en nuestros posteriores estudios y vida, pero, sin lugar a dudas, también nos marcó ese espíritu de cariño por las cosas de Cuéllar y su Tierra, y de la literatura y de la poesía. Es una pena que ninguna corporación de la Villa haya tenido en cuenta a quien tanto dejó de su vitalidad en la misma; tampoco, que yo sepa, se le recuerda en el Instituto “Marqués de Lozoya” a cuyo claustro de profesores perteneció. Sean, pues, estas líneas las que traten de hacer una justicia merecida a Don Pablo Vozmediano Dávila, profesor y poeta en la Villa cuellarana.