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Actuación de Fernando Martos el pasado miércoles en el colegio de la Estación de El Espinar. / JOSÉ REDONDO
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La noche del miércoles, en la entrada del colegio de la Estación de El Espinar sucedió algo. El tiempo quedó en suspenso y durante una hora aquel espacio fue parte de Santovenia (provincia de Zamora). El responsable de este desarreglo espaciotemporal fue Fernando Martos y su intervención en la XVIII edición del Festival de Narradores Orales de El Espinar.

Fernando Martos prometió hablar de su familia, pero su familia se multiplicaba y era todo el pueblo de su abuela: Santovenia, espacio casi mítico donde se superponen épocas, personajes e historias. De este modo, el narrador zamorano fue contando historias, chascarrillos, cuentos, chistes, coplas y otros poemas populares —o de apariencia popular— que se enredaban entre sí, que se arrastraban unos a otros como las cerezas que se cogen de un cesto. Sin embargo, esta estructura tan azarosa, que al principio tuvo al narrador un poco perdido en explicaciones hasta llegar al primer cuento y que provocó cierta confusión entre el público, al final se mostró como un tapiz hilado a conciencia, pues cada historia tenía su porqué dentro de otra, aunque no siempre quedaba clara la ligazón. Martos presentó un mundo propio donde todo es posible, un espacio y un tiempo donde la tía Esther permite a los muertos decir sus últimas palabras a los vivos, donde los niños de las tallas sagradas escapan de los brazos y juegan a esconderse, donde uno se puede enamorar de la mujer sin cuerpo y otra puede acabar en los brazos del hombre-pez de Liérganes. Y todo por obra y gracia de la influencia de Prisciliano —aquel que según muchos prestó su cuerpo a Santiago en Compostela—.

Fernando Martos sabe el oficio, a los niños les cuenta historias para que se estén quietos y entretenidos, pero, sobre todo, para que desarrollen la imaginación; y lo hace con la ternura de un abuelo que ama por igual a los que escuchan y a sus palabras. Juega con la voz según lo que cuente, dependiendo del género y para quién. A los adultos les cuenta como si estuviera en la partida de dominó o en una larga sobremesa, de una manera entrecortada mientras sitúa la historia para después lanzarse a la narración y sus goces, el goce de contarla y el goce de observar al que la escucha intrigado y sorprendido. Dispone de un rico vocabulario de esta Castilla que está cada vez más lejana del día a día y de la mirada, pero no importa no conocer su significado, el relato ya se encarga de ello. Estas palabras y estas historias son casi un ejercicio de resistencia, una manera de reivindicar la memoria y la dignidad de esa aparente España vacía, y que por el contrario está llena y fecunda de historias que nos hablan de nosotros mismos.

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