Limonada para los cofrades

Riaza es una de las localidades segovianas donde esta bebida, relacionada con las desaparecidas procesiones de disciplinantes, forma parte de los ritos de Semana Santa.

36

Es una tradición en Riaza. Todos los años, al comenzar Semana Santa, Aniceto Berzal se encarga de elaborar la limonada de la cofradía de La Soledad. Por su avanzada edad —ya ha superado los 85 años— ahora únicamente dirige la ‘operación’. Son otros riazanos, más jóvenes, quienes tras recibir sus órdenes las cumplen puntualmente. Luego, después de varios días de reposo, los cerca de 200 cofrades de La Soledad se reúnen el Viernes Santo, después de la procesión del Silencio. Rezan y, seguidamente, beben de forma ritual la limonada.

Esta costumbre, vista con ojos de hoy, chirría. ¿Cómo es posible que la Iglesia permita beber limonada el día de la muerte de Cristo?. En realidad, su origen está más vinculado a los actos religiosos de lo que pueda parecer. Diversos autores defienden que el surgimiento de la limonada de Semana Santa pudo estar relacionado con las procesiones de disciplinantes. Y en la provincia tuvieron gran auge.

En la ciudad de Segovia, sin ir más lejos, la cofradía del Confalón —de acuerdo a su regla y ordenanzas, del año 1572— ordenaba “hacer procesión de disciplina el Viernes Santo de cada año”. En la tarde de ese día, todos los cofrades debían juntarse en el monasterio de la Merced (ubicado en la actual plaza de la Merced). Mientras que algunos cofrades iban alumbrando “con hachas o blandones de cera”, vistiendo túnicas negras, los disciplinantes iban con túnicas blancas “abiertas las espaldas”, y portaban “ramales” para disciplinarse. Estas procesiones de disciplinantes no eran exclusivas de la ciudad. En la mayoría de los pueblos, incluso en los más pequeños, también tenían lugar.

Las disciplinas “constituían padecimientos truculentos que llegaron a extremos insospechados”, afirma el etnógrafo Antonio Sánchez del Barrio. Con frecuencia, un hermano se encargaba de picar los hematomas para que sangraran y no se infectaran. Luego, las heridas eran curadas con un preparado a base de vino caliente. Posiblemente, ése fuera el origen de las limonadas de Semana Santa.

La llegada de la Ilustración quiso desterrar estas sangrientas manifestaciones de fe. Y así, Carlos III, mediante Real Cédula de 20 de febrero de 1777, ordenó el fin de tales actos “por el abuso introducido en todo el Reino de haber penitentes de sangre o disciplinantes y empalados en las procesiones de Semana Santa… sirviendo solo en lugar de edificación y de compunción, de desprecio para los prudentes, de diversión y griterío para los muchachos y de asombro, confusión y miedo para los niños y mujeres”.

Las procesiones de disciplinantes fueron apagándose desde entonces. No ocurrió lo mismo con la limonada, que ha pervivido como bebida típica de Semana Santa, a pesar de que la Iglesia nunca ha acabado de ver con buenos ojos su consumo. “Su uso primigenio se desvirtuó”, indicó ayer un sacerdote segoviano.

Numerosos testimonios recogidos muestran que el beber limonada en Semana Santa era común, hasta hace no muchos años, en pueblos como Corral de Ayllón, Pajares de Fresno, Boceguillas o Turrubuelo. En la actualidad, posiblemente el pueblo donde más se consuma sea en Riaza, donde los cofrades de La Soledad se beberán esta tarde 50 litros de limonada, elaborada sin canela, “por capricho de Aniceto Berzal”.