La actuación de Crispín de Olot reunió a decenas de asistentes al Festival

Hoy concluye el ciclo de Narradores Orales con Beatriz Rincón

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¿Cómo hubiera sido la actuación de Crispín de Olot si hubiera transcurrido en un plaza, un lugar al aire libre en lugar del Centro Cultural de El Espinar? Porque el lugar de los juglares siempre fue la plaza pública o el salón de un gran señor, lugares donde esa catarata de voz luciría más y no se distorsionaría. Lugares que permiten una mayor interrelación entre quien narra, cuenta, canta y los que escuchan. Porque Crispín de Olot cuenta con esa interrelación para crear su espectáculo —en este caso «La fábula y la peseta»— transformando al primero que encuentra en alguno de sus personajes, como ya hiciera en la sesión infantil. Necesita la colaboración en las adivinanzas, enigmas y acertijos, y la complicidad para hacer que el público disfrute de una noche peculiar. Sin embargo, esa complicidad tardó en producirse un poco, tal vez por el espacio, tal vez por el inicio con el apasionado encomio a la fábula y el fantástico recorrido por su historia, cuyo ritmo acelerado así como la expectativa de escuchar historias hacía que la conexión no terminara de fluir.

Pero esos momentos más bajos fueron olvidados por grandes momentos de virtuosismo verbal y actoral como el cuento de Caperucita al revés, los trabalenguas y retahílas, o por divertidas adivinanzas incluso en forma de cuento como el de Trácame donde el ingenio y la magia de Crispín de Olot para sorprender y obnubilar acabaron seduciendo al público. Porque el trabajo de Crispín es titánico: el manejo de un gran número de materiales pertenecientes a la tradición literaria en lengua española (a veces citada explícitamente, a veces homenajeada con bellas alusiones como las de Rosalía de Castro), la tradición popular, con especial cariño a la de los ciegos romanceros, o incluso la latina (con dicción bilingüe incluida) resulta apabullante, como si una biblioteca andante irrumpiera en una noche de verano. Pero además, hay una reflexión casi teórica que nace del amor y la reivindicación de la fábula, la adivina y otros géneros menores que hace que el escuchador regrese a casa un poco más sabio. Y esto solo es posible con una asombrosa memoria que junto a su maravillosa recitación, el manejo de la voz en todos sus registro, el dominio de movimientos y gestos, y su singular puesta en escena trasladan al público a otra época, a otro lugar donde, con todo, siguen existiendo las mismas preocupaciones y en cierto modo los mismos gustos, pues hay historias, fábulas, adivinanzas y retahílas que siguen funcionando siglos y siglos después.

Así, con Crispin de Olot, se pudo disfrutar de otra forma de narración en este XV Festival de Narradores Orales, un menester de larga estirpe, que transita por caminos menos esperables pero que arrebata y asombra. Porque la narración oral tiene muchas caras, muchas voces y muchas maneras de llegar a quien escucha. Y sea como sea ¡larga vida a los juglares!

Hoy se cierra el ciclo del Festival de Narradores Orales con la intervención de Beatriz Rincón.