Almondroguez, con un ejemplar de su libro. / G. H.
Almondroguez, con un ejemplar de su libro. / G. H.
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“Nacido, criado y embrutecido en Segovia” —como le gusta decir—, Ricardo de Pablos Almondroguez se sintió atraído desde niño por el dibujo. Así que a nadie extrañó que cuando tuvo que elegir carrera universitaria optara por Bellas Artes, en la Universidad Complutense de Madrid. En la capital de España se formó artísticamente, y aunque en su cuna fue dejando sobradas muestras de talento —entre otras publicaciones, en El Cochinillo Feroz—, profesionalmente se desarrolló en la villa y corte, donde durante una docena de años trabajó en el estudio de Agatha Ruiz de la Prada, en labores de diseño gráfico y 3D. Hasta que, en un determinado momento, quiso dar un giro radical a su vida. “Trabajar por cuenta ajena tiene sus ventajas —dice ahora— pero lo que haces es intentar realizar los sueños de otra persona, no los tuyos”. Así que buscó otro camino.

Él suyo —al menos eso es lo que cree— es el de dibujar y contar historias, “las dos cosas a la vez”. Con residencia en San Rafael, a medio camino entre su tierra natal y la de su pareja, Elia, Almondroguez echó la imaginación a volar. Y en uno de sus frecuentes paseos por la montaña, llegó a Cabeza Grande. Allí, su hija Leia preguntó qué se escondía en la pequeña torre que corona el cerro. Y, sin pretenderlo, nació un cuento, que decía que albergaba un dragón. Leia se entusiasmó con aquel relato, pidiendo cada día a sus padres que lo contaran de nuevo.

Poco a poco, Almondroguez fue añadiendo detalles y “cuando me quise dar cuenta, la historia estaba escrita”. El siguiente paso fue ilustrar la narración, con la primera intención de “contar el cuento a Leia todas las noches”.

‘Leia y la montaña del dragón’ — el título de la obra— se promociona ahora como “un cuento ambientado en los montes de Segovia”. De hecho, cualquiera que abra sus páginas comprobará la presencia de los parajes de San Rafael. Pero Almondroguez no quiere quedarse únicamente en haber hecho una ficción bonita. Él quiere transmitir a los pequeños lectores valores. Sobre todo, dos. El primero, el respeto a la naturaleza. El segundo es, en rigor, un consejo, el de que “cada uno tiene que ir buscando la verdad por sí mismo, no vale lo que otros digan”.

En su narración se da por hecho, de inicio, que el dragón que habita en Cabeza Grande es un ser malvado, pero Leia quiere ir a conocerlo, y en el camino se encuentra un montón de personajes, imaginarios o reales, que la van guiando hacia su meta. Y, al final, acaba descubriendo que el dragón no solo no ataca a los hombres sino que se preocupa por cuidar su entorno…

En el árido campo de los ilustradores, Almondroguez pretendía que ‘Leia y la montaña del dragón’ le sirviera a él para darse a conocer, “para tener una tarjeta de visita cuando me presento en una editorial”. De momento, recién salido de la imprenta su cuento, ha recibido excelentes críticas de los primeros clientes. En vista de éxito, dará continuidad a su aventura. “El del ilustrador es un camino pobre, pero muy gratificante; yo no tengo problema de trabajar un domingo, soy feliz haciendo lo que hago”, añade Almondroguez, quien en San Rafael tiene la fortuna de poder desarrollar su principal afición, la de ir a la montaña. Quien sabe, cualquier día se encuentra por allí un dragón como el que ha recreado en su primer cuento…