Iconografía erótica e histórica

La Fundación Santa María la Real publica el libro ‘Arte y sexualidad en los siglos del románico’, con imágenes y referencias a algunas iglesias de la provincia de Segovia

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Los canecillos de algunas iglesias, como las de Barahona de Fresno o de Fuentidueña, representan algunas de las imágenes más clarividentes del arte románico erótico.

La Fundación Santa María la Real ha publicado ahora un libro titulado “Arte y sexualidad en los siglos del románico’, donde se da cuenta de estos ejemplos.

La obra recoge los estudios y teorías de siete reconocidos investigadores que indagan en el significado de las imágenes románicas con una fuerte carga sexual y tratan de darles una explicación coherente, tanto desde el punto de vista religioso como desde el acercamiento a la sociedad medieval en la que fueron creadas.

Escenas muy elocuentes y obscenas pueden encontrarse en aleros, capiteles e incluso en pilas bautismales románicas. Durante siglos historiadores e investigadores, aficionados y visitantes se han preguntado por su significado.

Ahora la Fundación Santa María la Real recopila las teorías de siete expertos para “avanzar en el conocimiento e interpretación de una temática tan sorprendente como cautivadora”, explica Pedro Luis Huerta, coordinador de la publicación, quien aclara que, no obstante, la obra “no supone el punto y final”, sino tan solo un pequeño avance sobre una cuestión ampliamente tratada.

Los tres primeros capítulos estudian la conducta sexual bajo el prisma del ordenamiento jurídico, la moral eclesiástica y la teoría médica. En el primero, Iñaki Bazán aborda el concepto de sexualidad transgresora, con especial atención al adulterio, perseguido y castigado tanto desde el plano moral (pecado) como judicial (delito). Miguel C. Vivancos realiza una sistematización de las penas y castigos que se aplicaban para espiar los pecados de la carne, siguiendo los libros penitenciales de algunos monasterios medievales hispanos. Leyendo sus investigaciones se ve cómo “aborto e infanticidio” no eran considerados “pecados sexuales”, sino que se equiparaban en muchos casos al “homicidio” y llegaban a castigarse con penas de “muerte”, reducidas después a “excomunión perpetua” o a “diez años de penitencia”.

Los penitenciales trataban de regular, igualmente, el uso de “bebedizos” por parte de clérigos para “cumplir con el voto de castidad” o conductas como el adulterio, el incesto, la fornicación, el bestialismo, la masturbación o el lesbianismo que por lo general “se condenaba con menor severidad que la homosexualidad masculina”.

Algo similar ocurría, según Paloma Moral, con la medicina, que solía ser más permisiva con las mujeres que con los hombres. Su estudio analiza la estrecha relación entre medicina y religión, que sirvió para ahondar y paliar los problemas que podía ocasionar la castidad en la salud de los hombres y mujeres de la Iglesia. El pronóstico médico aplicaba tratamientos distintos en función del sexo. Remedios que en algunos casos pueden llegar a sorprender vistos desde la perspectiva actual. Los clérigos, por ejemplo, no podían recurrir a la masturbación, que sí se permitía a las religiosas, siempre que la practicaran con su propia mano o con un consolador fabricado siguiendo unas premisas muy concretas.

En el segundo bloque Alicia Miguélez esboza varias reflexiones sobre cómo el lenguaje gestual plasmado en la iconografía románica puede contribuir al desarrollo de una Historia de las Emociones. Por su parte, Miren Eukene Martínez se adentra en la imagen de la mujer como símbolo de la lujuria. “Un pensamiento misógino, que cristalizó a finales del siglo XI y que tuvo como principales valedores a monjes y clérigos reformistas que hicieron de la naturaleza femenina sinónimo de tentación, sexo y pecado”, comenta Pedro Luis Huerta y recuerda que “para transmitir este mensaje se ideó una estrategia visual contundente y repulsiva que representaba el castigo de los pecados de la carne de una forma impactante: la mujer con serpientes”.

La publicación se cierra con un ensayo de José Luis Hernando, quien “apuesta por una novedosa y atrevida interpretación de las representaciones obscenas”, apunta el coordinador de la obra. Habitualmente se ha hablado del “sentido catequético que estas imágenes tienen como condena del apetito desordenado de placeres deshonestos”, sin embargo, Hernando aboga por su posible valor apotropaico, es decir, que en realidad, cual amuletos o conjuros, estuviesen destinadas a neutralizar las fuerzas del mal.