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Las nuevas ubicaciones del festival, al aire libre, han sido el gran acierto de esta edición. / JOSÉ REDONDO
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El Festival de Narradores Orales de El Espinar finalizó la noche del jueves en San Rafael de la mano de Momi Ogalla, quien fue el encargado de cerrar esta décimo octava edición.

Comenzó con las campanadas del reloj, recordando el aspecto ritual de esta cita veraniega con la palabra. Porque las buenas contadas tienen ese mágico hálito, donde los fieles oyentes llegan dispuestos a creer cualquier cosa si está bien contada, engatusándose y enredándose entre palabras que hacen surgir las historias ante sus ojos; algo así como soñar despiertos. No hay un único camino para contar bien, pues se trata de un camino personal que cada narrador debe recorrer desde sus inquietudes, su forma de ver el mundo y su respeto por las palabras y por las historias —escuchadas, leídas o inventadas—. Siempre se cuenta por algo, al igual que se escuchan relatos por algo. No es solo para pasarlo bien o para reír, sino para contemplar desde cerca, y sin peligro, lo que les pasa a otros, como si fuéramos dioses alojados —mientras dura la narración— en la eternidad.

Momi Ogalla hizo reír y pasar un buen rato, sus historias son originales y tienen una dimensión humana y conciliadora al tiempo que crítica y social que no es necesario evidenciar con explicaciones. Sin embargo, ese poso tan interesante no casa del todo con el tono cómico, cuajado de chistes, ocurrencias y giros propios de los monólogos con que se desarrollan hasta que, al final, se frena en seco, adoptando una actitud más seria para revelar ese final que da sentido a todo y que es una píldora de reflexión.

Ogalla domina la expresión corporal de la que se ayuda al contar, y abraza al público con unos brazos siempre dispuestos a recoger a quien lo escucha, pendiente de cada rostro que lo observa. Pero también se puede abrazar al público con las palabras si se confía en ellas, con relatos bien trabados que no necesitan tanto rizo humorístico que hace perder tensión y fuerza narrativa. Tampoco es necesaria la colaboración activa del público al cantar, que bastante bien canta Ogalla y merece la pena escucharlo atentamente sin tener que imitar el sonido marino al fondo. Porque la voz de Momi Ogalla es hermosa y cálida (aunque sonara metálica por un micrófono que iba y venía), con cambios de ritmo, silencios y con cadencia sugerente si no adoptara un tono tan cómico que resta verosimilitud a las historias.

Ogalla conoce y domina distintos campos de las artes escénicas, y puede convertirse en un gran narrador oral si prioriza la narración frente al resto, si encuentra el equilibrio entre todas estas destrezas.

La noche acompañaba, como todas las noches de esta edición en la que se ha apostado por las sesiones al aire libre. Y si este año las nuevas ubicaciones han sido el gran acierto tanto de Carlos Yañez como del Ayuntamiento de El Espinar, quizá para el próximo, se podría esperar la ampliación del festival —al menos en un día— de manera que permitiera ver y escuchar más estilos y narradores, pues el festival ha demostrado solventemente que es capaz de mover a un gran número de público sediento de buenas historias.