Victoria Siedlecki, sobre el escenario. / JOSÉ REDONDO
Victoria Siedlecki, sobre el escenario. / JOSÉ REDONDO
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El pasado martes comenzó el XVIII Festival de Narración Oral de El Espinar con la voz de Victoria Siedlecki. Este año se inauguró en El Espinar, en una ubicación nueva pero realmente acertada: el Patio de la bola, en el antiguo colegio de El Arenal, marco a la altura de un festival tan especial como este que rinde tributo a la palabra y a la fantasía.
Victoria Siedlecki, que por la tarde había transportado al público infantil hasta un pequeño reino lleno de inocencia y fantasía, en la sesión de la noche hizo una aparición espectacular: una diva de rojo y bolero en boca, que llenó escenario y patio con desplegada exuberancia. De hecho, exuberancia y elegancia son las palabras que mejor pueden definir la actuación de esta artista. Exuberancia en el repertorio elegido —con textos de Quim Monzó, Julio Cortázar, Mario Benedetti y las ‘Mil y una noches’—, en las palabras, en los gestos, en las digresiones, comentarios e interpelaciones al público. Exuberancia casi excesiva si no fuera por la elegancia de sus movimientos y de su manera de tratar los relatos eróticos que conformaban el repertorio o por la frescura de sus miradas y de sus sonrisas al buscar la complicidad del público.
Siedlecki está muy pendiente del público en todo momento, habla rápido, a ritmo vivaz, para que no se escape nadie. No titubea, sabe en todo momento a dónde quiere llegar. Por eso son tan oportunos los cambios de voz que se permite con algunos personajes (tiene registros variados y pertinentes), o los cambios de ritmo que suponen las digresiones y comentarios que se repiten durante todo el espectáculo rozando la saciedad. Quiere que el público se divierta, interactúe con ella, que la acompañe. Su actuación se fundamenta en la complicidad y en el humor, sobre todo a propósito de las notas al margen que teje a los relatos dotándoles de un hilo conductor manifiesto: el goce de la vida a través del amor. Todo esto gustó, siendo una agradable noche de verano, pero, quizás, faltó en ella un poco de espacio para saborear y paladear las historias, pues los relatos se perdieron entre tanto espectáculo, tal vez más propio de un café teatro o de un ambiente más íntimo y tenue. Para aquellos que tengan más hambre de historias, el Festival continúa todavía hoy en San Rafael con Momi Ogalla, a las 20 horas para los más pequeños en la puerta de la biblioteca y en el patio del Centro de Jubilados para los adultos a las 22 horas.