Anthony Méndez, el párroco de Cuéllar, Fernando Mateo, y Josefina García./j.g.
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La campaña de Manos Unidas ha comenzado de la mejor manera posible: reuniendo a voluntarios y vecinos de la villa para escuchar cómo es la labor de un misionero. En muchas ocasiones, no se comprueba la realidad de una misión, qué es lo que exactamente realiza un misionero en su lugar de destino, y los cuellaranos pudieron comprobarlo de mano de Anthony Méndez, sacerdote venezolano afincado en Cuéllar desde hace dos años.

El salón del centro parroquial se llenó para pasar una tarde de viernes diferente, que además acabó de manera muy dulce, con chocolatada solidaria. Antes Anthony Méndez abrió esta actividad de testimonios misioneros con el más sincero posible, el suyo propio. Anthony lleva dos años en España y asegura que tanto él como la vecindad de la villa es consciente de la situación que se vive en Venezuela. Pero no es lo mismo verlo a través de los medios que vivirlo en persona, como explicó. Anthony viajó recientemente a Venezuela, a su población natal, con la colecta de la comunidad de Cuéllar. Explicó que la situación es verdaderamente precaria en su país. La clase alta se ha enriquecido, la clase media se ha empobrecido, y la baja se ha hecho marginal hasta el punto de buscar en la basura qué comer. Los ciudadanos han bajado una media de once kilos por persona; las necesidades son muy básicas y las carencias, palpables. “Los jóvenes de España no saben lo que es pasar necesidad, pasar hambre”, comentó a modo de reflexión para los presentes, entre ellos jóvenes de la parroquia. Así, un vídeo mostró cómo con 1.800 euros de colecta de la comunidad de Cuélllar, más de 900 personas se beneficiaron. Lo que aquí es una cantidad normal, al cambio en Venezuela significa cubrir las necesidades de otra comunidad entera. Méndez quiso trasladar a los cuellaranos su gratitud y la del pueblo de San Lázaro, donde vivieron una jornada de alabanza y de convivencia que prevalece sobre la situación de crisis de este país, que vive ahora más que nunca momentos convulsos.
Después llegó el testimonio de Josefina García, procedente de Segovia y con 40 años de misiones a la espalda, en más de 7 países diferentes. Las palabras del párroco Fernando Mateo hacia ella han sido, desde su presentación, un halago bien merecido. Josefina mostró sus proyectos de escolarización, de clases de refuerzo y cómo eran recibidas por los niños más necesitados. Con apoyo audiovisual, los espectadores pudieron comprobar esta labor que realizan misioneros como Josefina. Las necesidades familiares, la situación tan difícil, la falta de alfabetización y las condiciones de vida, son el punto débil de zonas desérticas de Mauritania como en las que se ha movido esta misionera y en las que una mínima ayuda ha significado un cambio enorme, un avance en su civilización. Josefina explicó cuánto dificulta la ausencia de agua potable una alimentación equilibrada. Contó también que a través de una rifa, se obtuvieron 1.000 euros que destinaron a leche entre los niños. La escasez pone en alza el valor de compartir, y así lo explicó esta misionera con tanta experiencia.

Para completar la noche, el chocolate solidario sumó otra buena cantidad a la recaudación total de la campaña, a la que aún le quedan otras como el Festival Solidario y el Rastrillo Solidario, que comienza el 2 de marzo.