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El rito se ha vuelto a cumplir en 2019 con la última salida de el Niño Jesús de la Bola en procesión. Ya no hay más oportunidades para danzarlo o verle en sus andas, porteado por mayordomo y fieles. La Cofradía ha cumplido con su aniversario y lo hizo como bien saben, honrando a una imagen que cuenta con una devoción muy arraigada y un tanto extraordinaria. Su devoción, como bien saben los cuellaranos, no entiende estrictamente de religión; hay algo folclórico que es tan potente como lo religioso y que hace que confluyan de muy diversas formas las maneras de alabar al Niño Jesús de la Bola.
Y es que 340 años de devoción lo corroboran. Así lo han querido demostrar en su exposición conmemorativa los cofrades. La sala cultural Alfonsa de la Torre ha contado con decenas de visitas estas navidades gracias a la muestra en la que se podía comprobar cómo es esto de honrar al Niño Jesús de la Bola, y cómo son todas las tradiciones que lo envuelven. Lo primero, su origen, explicado perfectamente. Después, todo lo que le rodea: sus estandartes restaurados -verdaderas joyas del hilo y la pintura-, sus trajes -piezas exclusivas de valor incalculable- y por último, la fe que por él profesan los cuellaranos, demostrada en forma de danza y de música. Las tejoletas, el tamboril, la dulzaina y la jota son parte intrínseca de esta tradición, y así se ha podido ver en la exposición y ayer, día de Reyes, última procesión de la imagen.

Puntual, a las 17.00 horas, los cuellaranos se reunieron a la salida de la igleisa de San Miguel, donde la imagen salió a hombros del mayordomo de este año, Jesús Escribano, del anterior, Ramón Olmos, y otros fieles. Las varas con su imagen también fueron las protagonistas de la procesión, dando buena muestra de lo particular de esta procesión y del culto al Niño Jesús de la Bola. El día 1 estrenó vestido, y en esta ocasión se le cambió a uno anterior. En cualquier caso, así fue su salida, al son de la jota. No hay descanos para los danzantes, que da igual cómo sea el terreno, la pendiente que haya o cómo sea el clima: ellos danzan desde la salida hasta la entrada, porque solo pueden hacerlo en su honor dos veces al año, y así hay que cumplir. Ascendieron por la calle El Colegio hasta la Plaza del Mercado del Pan, un punto en el que se unen más fieles y más público. Niños y mayores acompañaron con sus tejoletas al sonido de la jota, que a todos despierta y anima en la tarde de Reyes.

La parada obligatoria volvió a tener lugar en el templo de San Esteban. Punto de origen de la imagen, donde se encontraba originariamente, este es el lugar elegido para el cántico de villancicos, que este 2019 ha contado con varios integrantes del coro parroquial para acompañar piezas únicas como el propio villancico al Niño de la Bola. Es una estampa muy entrañable la de encontrar a tantos cuellaranos alzando la voz para honrar la imagen del Niño de la Bola, y expone la realidad: podrían ser más, podría haber más culto y contribuir a seguir con una tradición tan valiosa, pero de momento, está el legado está asegurado. Después de un par de villancicos, la imagen volvió a salir a las calles de la villa para seguir con las danzas.

A la bajada por la rampa de la necrópolis de San Esteban esperan cientos de cuellaranos -y público de la comarca-, que ya está levantando los brazos para continuar con la jota. Las calles Duque de Alburquerque y La Morería son otro punto de lo más llamativo, ya que se reúne una gran cantidad de espectadores y danzantes. A esta hora ya suele haber cumplido una hora desde su salida inicial, y los cuellaranos se suman a la procesión a medida que avanza la tarde. Las jotas se suceden sin cesar, al ritmo de la dulzaina y el tamboril, al compás de los pies de los danzantes que aprovechan hasta los últimos minutos para bailar ante el Niño. La llegada a la Plaza Mayor volvió a ser emotiva, en la misma línea, pero sabiendo que hasta 2020 no volverán esas andas a pasar por ahí. La entrada a la iglesia de San Miguel volvió a demorarse por las ganas de los fieles, que quieren danzar todo lo que puedan antes de despedir al Niño de la Bola. No faltan en ningún punto del recorrido los vítores, los “¡Viva el Niño la Bola!”, como coloquialmente se dice y se siente. Siguen los “vivas”, hasta que la imagen vuelve a San Miguel, a hombros del mayordomo, que pasará el testigo a algún compañero para que viva la experiencia al año siguiente. Una vivencia esta que para los que han pasado por ella es un orgullo, y conlleva no pocas responsabilidades. Una de ellas es la que cumplieron después, la del típico refresco. El Ayuntamiento, cofrade de honor, también estuvo presente en la procesión y en los actos, como es su deber.

Así, con un refresco para todos en la Casa Parroquial, culminaron los actos de veneración al Niño Jesús de la Bola. La tradición continúa, y hay una ligera impresión de que aumenta, por lo que desde la Cofradía animan a sumarse y hacerse cofrade, a ser partícipe de esto que es patrimonio inmaterial de la villa de Cuéllar, único a nivel nacional y de una antigüedad que hace despertar el orgullo local a muchos. Así se despidió el Niño de la Bola, hasta 2020.

El arte de las tejoletas no tiene edad

Gracias a los talleres impartidos por la Cofradía de El Niño Jesús de la Bola, ha sido muy notable el número de personas que han acompañado a la imagen al son de las tejoletas. Estas castañuelas tan singulares no son nada fáciles de tocar, y su disciplina requiere algo de práctica. Conscientes de ello y de que la gente de Cuéllar quiere seguir con la tradición, la Cofradía impartió dos talleres, en dos jornadas esta Navidad, gracias a las que el sonido de las tejoletas se ha multiplicado en las dos procesiones del Niño. Además, demuestran que no hay edad, que el relevo generacional está ahí, al menos presente, porque se ha podido ver a gran cantidad de niños moviendo con gracia y arte sus tejoletas de madera.