Durmiendo junto al rosetón

Una iniciativa privada permite rehabilitar la Capilla del Palacio de los Condes de Montijo, levantada en el siglo XVIII

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Cuentan las crónicas que estando el conde de Montijo en Fuentidueña comprobó que los vecinos de la villa, vasallos suyos, “no oían misa los días de trabajo, aunque estuvieran desocupados, ni rezaban el rosario en comunidad”, circunstancias al parecer provocadas por el emplazamiento de las iglesias existentes, en parajes “distantes” e “incómodos”.

Decidió entonces levantar una capilla, no hallando lugar más céntrico y agradable que su propio palacio —situado sobre el Arco de la Villa de Fuentidueña—, que hubo de remodelar para esta nueva obra.

La capilla del Palacio de los Condes de Montijo, así denominada por el vecindario de la villa, se construyó entre los años 1717 y 1720, siguiendo el modelo de la capilla del Palacio Real de Madrid, y muy pronto pasaría a convertirse en uno de los principales símbolos de Fuentidueña.

Como todos los monumentos, la capilla del Palacio de los Condes de Montijo vivió momentos de esplendor y otros de decadencia. Entre estos últimos figura todo el siglo XX. El 1921, el obispo de Segovia ordenó su cierre, al negarse su entonces propietaria, la duquesa de Tamames, a facilitar los recursos necesarios para su reparación. Con el paso de los años, el edificio no hizo sino acentuar su deterioro, coincidiendo con una etapa —la segunda mitad del siglo XX— en la que una sangría poblacional amenazó, seriamente, en convertir Fuentidueña y su comarca en un páramo desierto.

La capilla del Palacio de los Condes de Montijo, en sintonía con el triste camino por el que deambulaba Fuentidueña, entró en ruina, cayendo parcialmente sus techumbres y dando, en definitiva, la imagen de que los gloriosos tiempos del edificio y de la villa estaban definitivamente enterrados.

En su labor de velar por el patrimonio histórico y artístico de Castilla y León, la Junta declaró al monumento Bien de Interés Cultural en 1996, aunque tal reconocimiento no conllevó una restauración inminente, un deseo que entonces se antojaba utópico, sobre todo por el elevado presupuesto de la actuación.

Sin embargo, como tantas otras veces, la iniciativa privada habría de acudir, poco después, al rescate del monumento. Durante años, María Encarnación Arévalo —con raíces en el cercano pueblo de Vivar de Fuentidueña— y su socio Francisco García de la Iglesia, suspiraban cada vez que tras pasar por el Arco de la Villa se topaban, cual bofetada, con la bellísima ruina. Hasta que, con osadía, decidieron hacerse con el inmueble, entonces usado como establo, granero y pajar.

“Si compraron el edificio fue por una cuestión sentimental”, recuerda ahora Noemí Bocos, hija de la promotora. La adquisición tuvo lugar en 2002, comenzando en esa fecha una dilatada fase de rehabilitación, “con más problemas de los previstos y menos ayudas económicas de las necesarias”, que finalizó en noviembre del año 2008, fecha de inauguración de la posada real “Palacio de los Condes”.

El milagro se ha hecho realidad. Hoy, quien visite la capilla del Palacio de los Condes de Montijo verá convertida una de las mayores iglesias barrocas de la provincia de Segovia en un espectacular alojamiento rural. Sus propietarios han sabido armonizar el respeto por el pasado con un decoración moderna, creando una atmósfera perfecta para que visitante pueda serenar tanto cuerpo como espíritu.

En sus doce estancias (nueve habitaciones dobles, una habitación individual y dos suite) se percibe con claridad el esmero puesto para que el cliente reciba un servicio de calidad, sin que ello vaya en detrimento de la esencia del edificio.Y así, conjugando pasado y presente, en una de las habitaciones con mayor encanto se puede descansar en una cama junto al grandioso óculo de la fachada barroca del monumento, toda de sillería caliza. A escasos metros de ese escenario, el huésped puede deleitarse leyendo libros, rodeado de una colección de viejas —y restauradas— casullas.

Además de posada, el Palacio de los Condes tiene restaurante, con capacidad para 150 comensales (admite no alojados, previa reserva). Su esmerada cocina tradicional castellana es la misma que la promotora de la rehabilitación, Arévalo, aprendió hace años en “El Molino de Palacios”, en Peñafiel. “Somos una familia de tradición hostelera”, dice su hija, “pero que no quiere quedarse estancada”.

En ese sentido, el restaurante ofrece, además del típico lechazo asado en horno de leña, otros manjares ‘marca de la casa’, como pato asado, arroz con liebre o estofados de caza menor. Cuenta con una selecta carta de vinos, elegidos por Bocos, alumna del prestigioso curso de sumiller de la Cámara de Comercio de Madrid.

“Estamos convencidos del potencial turístico que tiene esta comarca, por eso hemos invertido en ella”, afirma Bocos, que evita hablar del coste de la restauración. En cualquier caso, ella es consciente, según sus propias palabras, de haber puesto un granito de arena para recuperar, sino el viejo esplendor de la villa de Fuentidueña, si una de sus insignias. “Ojalá hubiera aquí más iniciativas de este tipo, para intentar revitalizar Fuentidueña y su comarca”, concluye Bocos, en una frase que tiene tanto de deseo como de exigencia a los hijos de esa tierra.