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Opinión
COLABORACION
Sin sorpresa, pero con asombro (II)
TRIBUNA
Antonio Horcajo


Seguro estoy de que durante el tiempo que dure esta exposición, que permitirá la contemplación en niveles próximos (luego será muy difícil apreciar toda su belleza por la colocación en altura) motivará muchas visitas de personas ajenas a Segovia, amantes del arte, y deseosas de contemplar esta obra cimera de Muñoz de Pablos. En ella su maestría se ha superado después de un largo proceso de creatividad en evolución constante y en lucha con soluciones que han resultado esplendorosas. Advertimos que ésta ha sido una rara ocasión dentro del “Proyecto Catedral” toda vez que no se trata de una restauración sino de la creación “ex novo” de toda ella, por cuanto ha sido preciso crear absolutamente desde cero todo su contenido, sin apoyos previos, como ocurre con el resto de las vidrieras, ya que en este caso los tres cuerpos de esta, que el tiempo se había encargado de demoler, han dado ocasión a que del ingenio, esfuerzo y creatividad de Muñoz de Pablos, surja como un torrente de luz y formas sorprendentes.

En esta obra Muñoz de Pablos, con el mérito de una profesionalidad asumida, lejos de cualquier veleidad, y latiendo al ritmo del resto del “programa catedral” ha obtenido unos logros que enriquecen la cultura occidental. Hemos de valorar el esfuerzo que significa el estudio de todos los pormenores en los que la obra desemboca. Ha sabido manejar, sin menoscabo de la autocrítica, la ética y el mensaje implícito como instrumentos fundamentales para el desarrollo de la obra. De ahí que la creatividad resulte tan cercana y asombrosa para el lego, cuando el creador es honrado con la evolución de su interna trayectoria. Y todo ello para servir con ingenio la historia que marca el texto, sin delirios, que al final es lo que se quiere transmitir con la madurez del trazo y la libertad del creador.

La libertad de interpretar, que permite soluciones lógicas a dilemas que plantea el texto bíblico, pero que es irrenunciable por ser el hilo conductor do todo el muro traslúcido. Ello da pie a una proliferación de colores y tonos diferentes que, llevados al vidrio, resultan asombrosamente espectaculares. Y, sin embargo, todo ello ha sido objeto de una lucha del artista con los conceptos a los que debe servir: la necesaria difusión para el pueblo al que va dirigida la obra, la didáctica de las imágenes, la docencia de la doctrina y la pedagogía del templo. Y, sin embargo, el artista respetuoso con las directrices, se hace audaz con el trazo y los colores –asombrémonos con esos amarillos tan difíciles de lograr, con los rojos inauditos, con los todos los tonos y con toda esa gama milagrosa, como base fundamental para el triunfo de la luz. Que a esto se viene a parar cuando contemplamos las escenas culminantes del Sacrificio del Cordero, título que podemos dar a falta de otro más definitorio a la vidriera que se expone.

Asombroso es el Abraham el padre de los pueblos que ha de sacrificar a su propio único hijo, continuador de la estirpe, asombroso es el Cirineo que ayuda a soportar, siendo ajeno, el peso de las culpas de otros, asombrosas la mujeres de Moab, pero sobre todas esas figuras esta la creación central del Cordero camino de la culminación redentora. Asombra el lenguaje de las manos, llenas de calidez y dramatismo, expresión de un lenguaje diferente que hacen maestro del vidrio a quien lo consigue y entremezcla luces y sombras en los pliegues de textura prodigiosa y espectacular resultado estético.

Sin duda estamos ante una obra cimera de un arte con más de siete siglos de evolución, en el que los vitrales recogen con inusitada capacidad de síntesis y de belleza sobrecogedora el simbolismo con que la doctrina se hace comprensible. Y esto, que es fácil decirlo, es muy laborioso lograrlo. Sobre todo porque el vitral busca siempre el triunfo de la luz, que en el gótico es el apogeo de la arquitectura y bien podríamos decir, por razón de su tardanza en ser elevada, que la Catedral de Segovia es el triunfo en España y ejemplo en Europa, de los maestros vidrieros del siglo XVII. Época en la que se alzan con el triunfo el dibujo y el color y culminándolo todo el resplandor de la luz.

Y esa rica herencia está, ahora, pivotando en una clara recreación, en un oasis de libertad y respeto, en Vetraria que, de la mano del maestro del primer trazo que es Carlos Muñoz de Pablos, está haciendo de Segovia hoy lo que en otros tiempos y en otros lugares consiguieron los maestros que admiramos en tantos lugares de la vieja y sabia Europa.


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