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Opinión
COLABORACION
Apuntes para una lección de pedagogía (A propósito de la Ley Wert)
Tribuna
Agustín García Matilla y Andrés Palacios (*)

Desde diferentes foros y plataformas de discusión que debaten desde hace semanas sobre los textos de la Ley y sobre los recortes impuestos desde el Gobierno de la nación se están impulsando interesantes opciones constructivas. Queremos sumarnos a estas iniciativas con un breve texto que explica el por qué, aunque el ministro Wert justifique la opción ideológica que fundamenta los objetivos del borrador de Ley, existen criterios previos, puramente científicos, que están sólidamente avalados desde hace décadas y que respaldan la idea de que la educación sea un instrumento compensador de carencias y desigualdades sociales.

El investigador Howard Gardner, galardonado con el premio Príncipe de Asturias de 2011 en Ciencias Sociales, ha sido reconocido internacionalmente, por haber explicado pormenorizadamente su Teoría de la Inteligencias Múltiples. Sus estudios justifican las razonas por las cuales los seres humanos no podemos ser catalogados por una concepción única de inteligencia, identificada de forma parcial con el talento para el cálculo matemático, la comprensión o la expresión lingüística o la orientación espacial. Éstos son sólo tres ejemplos de los talentos que se han venido midiendo de manera prioritaria para cuantificar la supuesta inteligencia de los estudiantes. Esta medición del I.Q o del C.I, según utilicemos las iniciales del alemán -Inteligent Quotient- o del castellano, Cociente Intelectual, permitiría averiguar si un determinado estudiante está por encima o por debajo de la media de inteligencia de su grupo de iguales. La cifra resultante que sale de la operación de dividir la edad mental y la edad cronológica de un determinado estudiante se multiplica por cien y tradicionalmente se ha asumido que una cifra inferior a 100 daba una inteligencia por debajo de la media y una cifra igual o superior a 130 llevaba a considerar superdotada a la persona que obtenía un resultado que la situaba dentro del 5% de los privilegiados que demostraban unas dotes superiores en los talentos concretos que se pretendían medir.

Gardner sugiere que además de la influencia de la genética y de los entornos, familiar y social, el sistema escolar podría tener un papel fundamental para estimular un conjunto de talentos que el propio autor no duda en denominar inteligencias y que desglosa en las siguientes: visual-espacial, lógico-matemática, musical, verbal-lingüística, kinestésica, intrapersonal, interpersonal y naturalista.

Las investigaciones de Howard Gardner nos permiten deducir que se debe trascender al concepto reduccionista de una inteligencia única, adquirida ya desde el nacimiento, medible e inamovible y sobre todo nos permite avanzar hasta qué punto es importante el papel de un sistema educativo público sólido, dotado de recursos y con el mandato de compensar las desigualdades sociales que sufren en muy superior medida los hijos de familias con escasos recursos, que se han criado en entornos desestructurados y con múltiples carencias. Esa es la función de una escuela pública y de una universidad pública que aún aspirando al mayor nivel de excelencia debe garantizar también el acceso a estudios superiores de personas que puedan desarrollar sus talentos potenciales y las inteligencias que les van a ayudar a realizarse como ciudadanos.

Es muy peligroso mantener una visión reduccionista del concepto de inteligencia y que esa visión reduccionista trascienda al contenido de una ley. Nuestras sociedades están sufriendo las consecuencias de esa visión que prioriza la necesidad de educar en contenidos conceptuales de áreas de conocimiento “útiles”. La búsqueda de utilidad nos lleva a formar a profesionales que siendo buenos técnicamente podrían ser muy incompetentes desde un punto de vista humano, por ejemplo en lo que atañe a su inteligencia emocional, que no es otra que aquella que une el talento para el conocimiento propio (inteligencia intrapersonal) y para un conocimiento empático de los demás (inteligencia interpersonal). Estas carencias no sólo pueden afectar a niños criados en entornos desfavorables sino también a quienes han vivido en entornos ricos y a profesionales de especialidades tan diversas como la economía, el derecho, o la política, y que han accedido incluso a puestos de máxima responsabilidad como ministros o presidentes del gobierno.

El debate es de amplio calado pero sobre todo obliga a que quienes proponen las leyes deban manejar con modestia y generosidad las múltiples variables que permitan tomar decisiones con una mentalidad abierta y no partidista. Por estas y otras muchas razones, es preciso afrontar la reforma de la educación en nuestro país más allá de cualquier enfoque ideológico reduccionista.

——

(*) Agustín García Matilla es el decano de la Facultad de Ciencias Sociales, Jurídicas y de la Comunicación y Andrés Palacios es el director de la Escuela de Magisterio. Ambos del Campus Público María Zambrano de la Universidad de Valladolid en Segovia.

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