No siempre se escribe sobre cosas importantes. A veces se hace sobre digresiones que, a la postre y siendo de menor entidad, devienen en un mayor interés. La idea de escribir estas líneas me surgió visitando la Universidad de Coimbra. Explicaba la guía delante de su campanil, que cuando un profesor moría, se la hacía tañer. Entonces una de las visitantes, que era de Cuéllar, comentó que, de ser así, habría tañido en su momento al morir Alfonsa de la Torre, a lo que respondió la guía que, con toda seguridad, sí.
Tratando de informarme he podido averiguar que la excelente poetisa cuellarana estudió en Coimbra pero no fue profesora de esta Universidad. Mas, fuera como fuere, tocara o no en su honor el campanil de Coimbra, se agolparon en mi mente viejos recuerdos que vienen ahora al caso.
Y es que, a principios de los sesenta, la Superioridad me mandó a Cuellar para hacerme cargo de la estación telegráfica en sustitución de su encargado por "permiso reglamentario".
Entonces, como ahora, no todo el mundo se iba fuera de vacaciones. Isaac Gallego, que así se llamaba el telegrafista, se quedó en la vivienda oficial, que era una especie de chalet en el que también se hallaba ubicada la oficina telegráfica. Y cuál no sería mi sorpresa cuando, apenas transferida ésta, se mezclaron, junto a los sonidos del Morse, el estrépito de una orquestina tocando pared por medio a todo trapo. Isaac era, además de telegrafista, músico y daba lecciones también de contabilidad.
En días sucesivos se me ocurrió escribir el libreto de una zarzuela a la que Isaac podía poner música. Le gustó la idea y comenzamos a trabajar en "La Fuente del Cirio", de ambiente rural, con protagonismo de los resineros de la comarca. El Santuario de El Henar y "La Charca" tendrían una especial relevancia en el argumento.
Para resolver ciertos problemas "técnicos" tuve que establecer contacto con el maestro Arteaga al que visité en su casa del barrio de San Millán de Segovia. Me recibió muy cordialmente y aceptó colaborar con nosotros.
"La Charca" fue la casa de Alfonsa de la Torre a la que nunca llegué a conocer en persona. Se me hablaba tanto del edificio como de su inquilina con cierto secretismo, lo cual aumentaba mi interés. Pero "La Charca" solo la vi desde la carretera.
El hecho de que Isaac llevara muchos años residiendo en Cuéllar y de que varios de sus amigos fuesen resineros me facilitó cierto conocimiento de aquel ambiente que pretendíamos representar para nuestro deleite y el de los demás. El proyecto no cuajó. Solo estuve quince días en Cuéllar y aunque salí de allí cargado de ilusiones, éstas se fueron diluyendo poco a poco hasta quedar totalmente en el olvido.
"La Fuente del Cirio" no tuvo ni siquiera libreto; no llegué a bosquejarlo. Pero en mi mente sí llegué a imaginar unas escenas cuellaranas de finales del siglo XIX y principios del XX.
De "La fuente del Cirio" apenas quedan hoy unas breves notas en una carpeta que duerme el sueño de los justos en mi archivo. Esta carpeta es, pues, un testigo mudo de algo que pudo ser y no fue. Arcadio, Henar, Claudio…fueron nombres que no llegaron a nacer. Y "La Charca" no hubiera sido "La Charca", el enigmático edificio junto a carretera de Segovia, sino un alegre caserío cuellarano del que habrían de surgir abundantes enredos argumentales.
Mas, no todo está olvidado. El Henar mantiene su pujanza y "La Charca" es el espacio que cobijó a Alfonsa de la Torre, una de las mejores escritoras que ha dado Segovia en el siglo XX. Gerardo Diego no vaciló en calificarla como "ardiente y sublimada doctora de nuestra mejor poesía.
Y como no hay mal que por bien no venga y ya que no podemos contar con "La Fuente del Cirio", leamos al menos a Alfonsa de la Torre y por qué no, a Isidoro Tejero que también merece nuestra atención. Con ello, saldremos ganando.