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Opinión
COLABORACION
La remodelación del jardín claustral de la Catedral de Segovia (I)
Tribuna
José Miguel Merino de Cáceres (*)

El claustro constituye uno de los elementos singulares de las catedrales españolas, posiblemente el más característico de todos e, indudablemente, el más distintivo. Podemos afirmar que, en general y salvo contados casos aislados, el claustro es privativo de la catedral española y que apenas tiene presencia en la de otros países.

Existen catedrales con claustros en Gran Bretaña, si bien una parte de ellas fueron en origen monasterios luego convertidos en seos. De fundación antigua son trece catedrales (York, Lichfield, Wells, Exeter, Salisbury, Chichester, Lincoln, Hereford y Londres en Inglaterra, además de las de Llandaff, Bangor, S. David y S. Asaf en Gales), servidas desde sus inicios por clero regular, que modificó su estatus tras la desamortización y reforma de Enrique VIII; luego, tras esta, trece monasterios fueron convertidos en catedrales, reconvirtiéndose su clero regular: así el abad se convirtió en obispo, el prior en deán, los monjes en canónigos y acólitos (choristers), en tanto que los conversos y el personal subalterno conservó sus empleos (Cantorbery, Durham, Rochester, Winchester, Worcester, Norwich, Ely, Carlisle, Peterborough, Gloucester, Chester, Oxford y Bristol. La abadía de Westminster fue catedral tan solo desde 1540 a 1545).

En Francia, que cuenta con cerca de un centenar de catedrales medievales, son prácticamente inexistentes las que en la actualidad poseen claustro, si bien no fueron pocas las que lo poseyeron en época gótica, tanto en el norte como, muy principalmente, en el Midi; y ello con independencia del tipo de regla, secular o regular, adoptada por los religiosos. Sin embargo, su recuento es delicado, al haber desaparecido la mayor parte sin dejar señal, a no ser por alguna referencia documental; los del norte eran de los primeros momentos del gótico, habiendo desaparecido todos, sin dejar apenas restos ni documentación. Nos queda documentado alguno en el sur, como el de la catedral de Narbona, que era de pequeño tamaño, y del que se conservan asimismo algunas partes. Igualmente carecen de claustro las catedrales de Italia, donde es caso verdaderamente excepcional la de Monreale, con uno de gran belleza; se comenzó a construir el de la catedral de Siena, pero no pasó del intento. Cerca de Nápoles quedan dos pequeñas catedrales con claustro: la de Amalfi y la de la vecina ciudad de Ravello. En Alemania, tan solo la catedral de Münster tiene medio claustro, situado al norte del templo.

El claustro catedralicio deriva del monástico y tiene la misma conformación, generalmente proporcionado con el tamaño del templo. Suele estar situado a mediodía de éste y a occidente del crucero, de idéntica manera a la de los monasterios, si bien no son excepcionales los situados al norte, y aún a oriente del crucero, como es el caso de la catedral de Burgos. Todas las catedrales medievales españolas poseen claustro, siendo la excepción la de Valencia: más tarde, las del Renacimiento se levantarían ya sin claustro, siendo aquí la excepción la de Segovia.

La primera representación planimétrica que conocemos de un claustro monástico es la que aparece en el célebre “Plano de Saint Gallen”, de hacia el 823, donde ya se le muestra con su dimensión característica de cien pies de lado y la ordenación del “hortus conclusus” en cuarteles; luego fue Villard de Honnecourt quien en su “Cuaderno”, a principios del siglo XIII, nos ilustró sobre su repartimiento y trazado, condicionando la igualdad de superficie del prado y las pandas. El claustro más antiguo que se conserva en la Península es el del monasterio de Silos, a su vez el más hermoso de los románicos, que tuvo la suerte de salvarse de las iras renovadoras neoclásicas de Buenaventura Rodríguez; posiblemente la penuria económica condicionó su salvación. Venturosa circunstancia que con harta frecuencia hemos padecido en nuestra historia y que de tantas renovaciones gratuitas nos ha salvado.

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