Muchos teólogos críticos con la doctrina cristiana subrayan el sentimiento de culpa como una de sus principales limitaciones, al crear en el ser humano la sensación de dependencia de un ser superior capaz de perdonar sus faltas o enmendar sus errores. Mi formación teológica no pasaría el menos riguroso de los exámenes, pero tengo la absoluta seguridad de que la culpa no tiene limitaciones, sino que engrandece a quien la asume y a quien, a partir de su asunción, es capaz de reconducir su existencia.
La sociedad actual asume con dificultad sus errores y trata de buscar cabezas de turco a las que colgar el sambenito de sus fracasos. Resulta verdaderamente conmovedor escuchar al entrenador del equipo de fútbol más laureado en Europa cuyo presupuesto supera al de una decena de ayuntamientos como el de Segovia atribuir a conjuras judeomasónicas europeas su falta de acierto a la hora de plantear esquemas de juego o alineaciones con las que derrotar a sus rivales. No es menos enternecedora la postura de los políticos que destierran de su vocabulario la palabra fracaso, reemplazándola con largos circunloquios que atribuyen su falta de pericia para plantear soluciones a los problemas de los ciudadanos a la “situación heredada” o a la “crisis de los mercados exteriores”.
Y es que somos verdaderos especialistas en el arte de escurrir el bulto ante cualquier situación que comporte el riesgo de aparecer como culpables. “Yo no he sido” es el latiguillo que aprendemos desde pequeños cuando algo se rompe en casa, desaparece el chocolate del frigorífico o no se ha grabado la película de La 1. Cuando crecemos, nuestros fracasos sentimentales siempre son atribuibles al “otro”, los profesores “nos tienen manía” a la hora de evaluar los exámenes y el jefe “siempre está encima de mí” cuando no cumplimos adecuadamente con las tareas encomendadas.
Si la fortuna o nuestro talento nos sitúan al mando de alguien, cualquier error siempre puede ser atribuible a la ineficacia de quienes nos rodean, incapaces de entender nuestras órdenes o llevar a cabo cualquier proyecto que les encomendemos, por inútil y disparatado que parezca.
Como una mancha de aceite, la culpa siempre se extiende de modo descendente, eludiendo las capas sociales más altas para recaer de forma inmisericorde en aquellos estamentos incapaces de generar recursos para su defensa, o simplemente para eludir su responsabilidad. Por eso, cuando alguna personalidad pública sale a la palestra para reconocer con gallardía sus errores o ponerse en la primera fila del fracaso ante sus iguales, las portadas de los periódicos les dejan los mejores titulares.
El ejemplo más reciente es el del candidato socialista a la alcaldía de la localidad vallisoletana de Arroyo de la Encomienda, Ismael Bosch, que puso su cargo a disposición del partido nada más conocer los decepcionantes resultados obtenidos en las últimas elecciones municipales, en las que se batió el cobre con dignidad e imaginación con el resto de sus contrincantes políticos. Su actitud, honesta y sincera, aporta un ápice de dignidad en la denostada clase política, y puede aplicarse a otros estamentos sociales reticientes a reconocer sus errores.
Por ello, desde esta atalaya, reivindico la culpa no como sentimiento limitador, sino capaz de extraer consecuencias positivas de nuestras faltas y hacer posible esa sociedad que todos buscamos con ahínco desde distintas creencias o ideologías.