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Opinión
COLABORACION
El huracán que pasó por Segovia en 1907, no tenía nombre
Unas historias de la Segovia de Ayer
José María Martín Sánchez


Créanselo. Puede que fuera un huracán (1) o un hermano de la misma especie, mas, lo cierto, certísimo, fue que el día 24 de enero de 1907 hizo su “paseíllo” por Segovia un viento tan fuerte que, si no llegaba a huracán, tampoco le “andaba” lejos. Por lo que, ante una fuerza tan bruta como la desarrollada, no dejó árbol sin tocar, balcón en “tente mientras cobro”, los paseos desiertos de personal y hasta las tumbas se abrieron.

Si bien en días anteriores ya se dejaba notar la presencia del viento, fue en él referido cuando desde comienzo de la mañana alcanzó notoriedad el “silbido” aire, que se fue acrecentando hasta la hora del mediodía. A partir de ahí y hasta las cuatro de la tarde, fue dejando un rastro muy parecido a un gran desastre.

Por su fuera del interés de lector y lectora, dejo aquí reflejadas alguna de sus hazañas más destacadas.

Fuente de La Dehesa:

— Un gran árbol fue derribado, cayendo sobre una mujer de 68 años que recogía ramas caídas para calentar su hogar. La muerte le sobrevino dos horas después.

Academia de Artillería:

— Desprendimiento del andamio de los pisos que se estaban construyendo en la zona de Muerte y Vida. En su caída se llevó una buena parte de la balaustrada.

Alameda de Las Delicias:

— Otro árbol derribado fue el causante de las lesiones de una mujer de 58 años, vecino de La Lastrilla. Después de ser curada de diversas heridas en la Casa de Socorro, fue trasladada en carro a su casa, en el citado pueblo.

Calle San Agustín:

— Hasta cuatro carros fueron volcados. Testigos presenciales comentaron que fueron levantados de la calle “como si fueran plumas”. Las mulas que tiraban de los carros también resultaron heridas.

San Martín:

— La gran y pesada cruz de hierro de la torre cayó sobre la calle. Sin desgracias personales.

Puente de Santi Spíritu:

— Derribo de 12 álamos, de los más altos, llevándose por delante líneas telegráficas y eléctricas. Lo que impidió que por el Camino Nuevo pudieran pasar carruajes.

Catedral:

— La crestería sufrió grandes desperfectos, pináculos derribados que, junto a otros desperfectos, cifraron los daños en 15.000 pesetas.

Cementerio:

— Cubiertas de nichos levantadas, varios árboles caídos; puertas desaparecidas… lo que llevó al Ayuntamiento a presupuestar 20.000 pesetas para arreglos.

San Millán:

— El frontón existente junto al Paseo Nuevo, quedó completamente derruido. Por fortuna sin desgracias personales. Su propietario, Wenceslao Foó, considero “milagroso” que no hubiera heridos.

Más. El coche-correo de Cuéllar volcó junto a la cuneta a pocos minutos de haber salido de la capital. Hubo un viajero herido. Las calles de la ciudad estaban plagadas de chimeneas y objetos varios de gran tamaño con el gran peligro de los cristales.

En La Alameda más de un centenar de árboles no quedaron en píe. Una gran parte cayeron sobre la carretera inutilizándola durante varias horas…

El correo/diligencia, que había salido de La Velilla con dirección a la capital, llegó a esta en un lamentable estado, prácticamente destruido, Había volcado y un grupo caballistas, que salieron en su búsqueda, lo estabilizaron. Su conductor con varias heridas graves, fue de urgente a la Casa de Socorro.

Anécdota. Al edificio del Gobierno Civil se le “fueron” todos los cristales. El gobernador hubo de permanecer en sus habitaciones todo el día con la luz eléctrica encendida ¡qué cosas!

De lo ocurrido en San Esteban ya escribí y describí.

Ante una situación tan caótica, el responsable municipal para paliar “desaguisados”, pidió al alcalde tres cosas:

— Contratar personal para arreglar “lo que se pueda”

— Alquilar carros para transportar los árboles caídos.

— Proponer al Pleno la venta de la madera de los árboles.

El vendaval no dejó títere con cabeza (2). Y dolor de cabeza fue lo que tuvieron en la Corporación durante muchos días después.

Cierto también. Al viento huracanado nadie le puso nombre (3). Pa`que. Es mejor no recordarle para no acordarse (de buenas formas, claro) de algún familiar cercano.

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(1)Si la velocidad del viento que lo sostiene supera los 118 k/h.

(2) Cuando nos referimos a que alguien ha arrasado, roto, destruido o acabado con algo.

(3) Fue en 1953, cuando la Oficina del Tiempo de EE.UU. comenzó a dotar de nombre, siempre de mujer y empleando el alfabeto, a los huracanes de nuevo nacimiento.


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