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Opinión
COLABORACION
Populismo, palabra del año 2016
Algo Más Que Palabras
Alberto Martín Baró


La Fundéu, o sea, la Fundación del Español Urgente del BBVA, ha declarado palabra del año 2016 ‘populismo’. Un término que no figuraba en la edición en papel del año 2001 del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), y sí en la edición digital del tricentenario.

Y ¿cómo define el DRAE ‘populismo’? En una primera acepción remite a ‘popularismo’, vocablo que, en su lema, viene definido como “Tendencia o afición a lo popular en formas de vida, arte, literatura, etc”. La segunda acepción de ‘populismo’ presenta el siguiente significado: “Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares. U. m. en sent. despect.”.

Es fácil advertir la evolución del sentido de populismo, de ser un vocablo neutro, y de amplio alcance, a circunscribirse a la política, y con un matiz en muchos casos despectivo.

El coordinador general de Fundéu, Javier Lascuráin, explica el porqué de la elección de ‘populismo’: “Parecía claro que en un año tan político como este, con acontecimientos de importancia global como el ‘brexit’, la victoria de Donald Trump y los diferentes procesos electorales y plebiscitarios en América y España, la palabra del año de Fundéu tenía que venir de ese ámbito”.

De ser considerado el populismo como una tendencia a prestar especial atención al pueblo y a cuanto se refiere a él, pasó a identificarse con la defensa de los intereses populares, incluso con el empeño por entregar el poder a las masas populares frente a las élites.

Ya en la antigua Grecia, cuna de la democracia, se experimentó la degeneración de este sistema político en manos de los demagogos. La demagogia, lejos de ser un “gobierno del pueblo”, consistió en prometer al pueblo lo que quiere oír, aunque fuese inalcanzable.

La demagogia y el populismo tienen su caldo de cultivo en épocas y situaciones de crisis económica, cuando el descontento de las clases populares y su desconfianza en los poderes establecidos las lleva a escuchar los cantos de sirena de quienes apelan a sus emociones más viscerales, a su descontento, irritación, resentimiento y hasta odio, y presentan soluciones simples a problemas complejos.

Los populismos tuvieron, y siguen teniendo, un amplio arraigo en Iberoamérica, donde un líder carismático se erigía en defensor del pueblo, promoviendo reformas sociales y económicas. Tal fue el régimen político instaurado por Juan Domingo Perón en Argentina y, con diferentes características y circunstancias, el caudillismo populista se ha repetido en países como Cuba con Fidel Castro, Venezuela con Hugo Chávez y Nicolás Maduro, en Bolivia con Evo Morales y en Argentina con Cristina Fernández de Kirchner.

El populismo puede darse, y de hecho se da, tanto en la derecha como en la izquierda. Sin que países de sólida tradición democrática se vean libres de su influjo. Así sucede en Francia con el avance del Frente Nacional de Marine Le Pen, en Alemania con la amenaza del partido xenófobo Alternativa para Alemania, en Grecia con el triunfo electoral y posterior fracaso de Syiriza, incluso en Estados Unidos con la victoria de Donald Trump.

En España, la irrupción de Podemos y su implantación como tercera fuerza política, con un apoyo de cinco millones de votantes, está por ver si se trata de un fenómeno permanente, o se debilita, ya sea porque sus propuestas y experiencias de gobierno se demuestran poco eficaces, ya sea porque a sus representantes los absorbe la casta política, tan denostada por ellos cuando se encontraban fuera del sistema.

Las manifestaciones populistas tienen su escenario preferente en la calle, en las movilizaciones callejeras, mientras que el trabajo cotidiano en el parlamento, en las tareas legislativas, cansa a unos políticos que echan en falta la polémica ruidosa y los platós de televisión, propicios para la popularidad de los vendedores de humo.

No es de extrañar que en la lista de los términos finalistas de Fundéu para palabra del año figurara el vocablo ‘vendehumos’.


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