El ordinario no era nada ordinario. Al revés, el ordinario era educadísimo y servicial cien por cien. El ordinario se deshacía por complacer a su notable clientela que sorprendentemente le trataba con aspereza y despego, llamándole continuamente ordinario, ordinario por aquí, ordinario por allá.
- Oiga, ordinario: ¿Me ha traído usted ya las madejas de lana, la jaula del canario, las cortinas beige y el acordeón que le encargué adquirir en Madrid? ¡Porque ya está bien, ordinario, ya está bien! ¡Llevo tres días esperando que se digne a traerme esos mandaos, y nada!...
El ordinario traía "mandaos" a los vecinos de las pequeñas ciudades. Entonces el hombrecillo de los mandaos sudaba mucho, se disculpaba y finalmente reconocía haber sido descuidado y olvidadizo, lo cual no era cierto.
Hoy día ya no existe la figura del ordinario, ni como pequeño transportista ni como nada. Todo el mundo ya se ha echado coche y la gente se ha convertido en ordinarios de sí mismos. No obstante la figura de este hombre deberá ser recordada a futuras generaciones y a la juventud instalada hoy en la comodidad. Pero, ojo: ¿volverá a existir este transportista manual sui géneris de continuar apretando la crisis que nos estruja?... Y valorando su aportación social, ¿alguien propuso alguna vez al ordinario o a la ordinaria para la Medalla del Trabajo con incrustaciones de diamante... Creo que injustamente no.
Al ordinario también se le llamaba recadero. Los niños de entonces (yo mismo) como todo lo entendíamos del revés y nunca preguntábamos a los mayores por el significado de las cosas y de las palabras (so pena de llevarnos una de cuello vuelto. Ya saben, eran tiempos del glorioso imperio hacia Dios y racionamiento hacia el estómago), los niños, digo, llamábamos al recadero "recaredo", convirtiendo a aquel probo trabajador en rey godo de los recados de la RENFE (Recaredo, recordémoslo, fue el decimoséptimo de los soberanos godos de España, hijo de Leovigildo y Rinchilde, hija a su vez de Chilperico y Fredegunda).
El Recaredo (u ordinario) existía porque la gente, los vecinos de ciudades como Segovia, necesitaban ampliar selectivamente sus compras en Madrid, unas compras casi siempre detallistas y enrevesadas. La clase media de entonces (del quiero y no puedo y mucho aparentar) no tenía en realidad poder adquisitivo (o sea, parné) para desplazarse un fin de semana a la capital, echándolo a compras y acarreando luego sus adquisiciones a los domicilios provincianos.
Entonces se viajaba muy poco. Se decía que algunos habían llegado hasta Cercedilla, y los más osados hasta Valladolid, a comprar salchichas a Zaratán. Por otra parte los trenes traían siempre demora. Lo de la demora de los trenes de la RENFE se tomaba como cosa natural y normal, y como no se podían hacer chistes más que contra la Tabacalera Española y la mencionada RENFE, las invectivas contra la Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles estaban por este motivo a la orden del día en las revistas de Queta Claver y en el Teatro Chino de Manolita Chén. Pero eran invectivas resignadas, de no hacer sangre...
Volvamos al ordinario. El Mudo conoció a varios y me ha contado que además de serviciales, discretos, formales y económicos, aquellos ordinarios eran unos verdaderos atletas. Cargaban bultos enormes (los mandaos) que consistían en los encargos de su exigente clientela. Lo curioso es que tal fortaleza no se adivinaba pues el Recaredo solía ser pequeño de alzada y su oficinilla donde atendía y apuntaban las peticiones era también minúscula y tenía una sola bombilla pelada sin tulipa pendiendo del techo. El ordinario gastaba una boina muy pequeña también calada hasta las cejas y las solapas de su chaquetón de pana subían hasta las orejas, amén de enroscarse un bufandón que le cruzaba el pecho. ¡Pasaba frío, el ordinario!.
Y se le veía trajinar afanoso con sus montones de mandaos por las jardineras de los ferrocarriles (no se le permitía el acceso a los asientos de los vagones). Iba él allí, en aquellos transportines, como un apestado, aunque procuraba la amistad de los factores y de hecho lo conseguía con muchos de ellos que le hacían un poco la vista gorda con el reglamento (que prohibía expresamente llevar en las jardineras pianos de cola, que a veces llevó).
Llegaba el ordinario exhausto a Segovia, tal como Anibal cuando conseguía pasar por los Alpes sus elefantes. Pero él seguía y seguía, siempre con ganas de agradar, en su pequeño tabuco de una sola bombilla pelada, con una colilla y una sonrisa en la boca:
- ¡Ordinario!
- ¿Mande?...