Victoriano Borreguero – Vidas desvividas

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“El arte es una tentativa de integrar el mal”. Lo escribió Simone de Beauvoir en Los Mandarines, un hermosísimo libro, premio Goncourt 1954; sin duda la mejor novela documental sobre los años de postguerra de la Segunda Mundial: la vida y los avatares personales, políticos e ideológicos, de Dubreuilh —Jean-Paul Sartre (1905/1980)—, de Henri -Albert Camus (1913/1960)— y de Anne —Simone de Beauvoir (1908/ 1986)— son una evocación de la vida cultural y política de los deseos de una nueva moral humanitaria.

Cuando hace muchos años, en mi primera juventud, leí Los Mandarines, como aquel libro andaba medio prohibido en España se leía con más morbo; ahora, con menos curiosidad por los detalles y con más atención a las ideas —”Si ya nadie tuviera la conciencia sucia, si el mal desapareciera de la Tierra, el arte también desaparecería”, allí se decía y, en estas estribaciones de postguerra de la Tercera Mundial, de la fría y lenta que muchos de nosotros hemos vivido mientras nos hacíamos hombres, hay que preguntarse lo mismo: “¿Es por eso que los antiprogresistas organizados quieren suprimir el mal?”; como leer es crear; releer, recrear un trozo del mundo perdido, confieso he pasado horas maravillosas leyendo ese hermoso libro.

Como ejemplo de vida desvivida, en las procesiones callejeras de la Semana Santa a veces da la sensación de que el arte es una tentativa de integrar el mal en un contexto de beneficencia y piedad.

En su día fui el máximo responsable de la Cultura de Toledo y su provincia, y pude comprobar de primera mano que las ciudades y los lugares históricos están repletos de exquisitos y ricos ornamentos litúrgicos, de casullas y capas pluviales donde el oro y la plata es como césped en pradera de ricos ociosos, las dalmáticas, los palios y manteles de altar, los anaqueles y alacenas repletas de la mejor orfebrería religiosa, los acetres e hisopos, de cálices, copones, incensarios, ciriales, lámparas del Santísimo, atriles, candelabros, cruces de altar y cruces parroquiales, custodias —las esmeraldas de la Custodia de Arfe de Toledo provienen de Colombia y los zafiros de Ceilán, la actual Sri Lanka—. En cualquier rincón, sagrarios de oro o de madera policromada, vinajeras, lámparas, bellísimas sacras —cada una de las tres tablillas que de rúbrica deben ponerse en el altar para que el sacerdote pueda leer cómodamente algunas oraciones y otras partes de la misa integrantes, sin recurrir al Misal y que se colocan en medio y a los lados del altar—, hermosos facistoles, bancos portentosos, pendones sorprendentes, confesonarios de lujo, estandartes magníficos, doseles sublimes, pilas bautismales extraordinarias (…). Sólo en la ciudad de Toledo hay más de un centenar de cuadros del cretense Doménikos Theotokópoulos —El Greco—, un pintor de final del Renacimiento que desarrolló un estilo muy personal en sus obras de madurez, que hasta los 26 años vivió en Creta y que murió en Toledo en 1614 —incluido El entierro del conde de Orgaz que fue realizado en 1588 para la parroquia de Santo Tomé, el lugar donde sigue conservándose, y que es una de las más admiradas obras del pintor griego; entre sus curiosidades, todos los retratados son personajes importantes del momento, como su propio hijo que mira directamente al espectador y señala el milagro.

Sin la aparente traición de la Iglesia a su fundador, el arte no habría sido lo mismo. Jesucristo, el Dios de los pobres, parece más Cristo si se presenta en oro macizo y sembrado de esmeraldas. Tener fe así es casi un milagro —tal vez el mayor milagro de Dios—, pero gracias al mal que aparentemente se coló en los sucesores del Justo, la cultura y su gloria florecieron como lirio en primavera. Ni pañales tuvo el Justo cuando llegó a nosotros; ni cuna siquiera. Cuando le crucificamos, haciéndole sangrar como perro rabioso y maldito, inventamos para el futuro la gloria cultural, y ahora le paseamos por las calles cubierto de oro y seda entre kilos y kilos de cera ardiendo —también a su pobre madre indigente.

¿Qué traidor no desconfía?, se preguntó en su día Fray Gabriel Téllez —Tirso de Molina—, un religioso mercedario que nació en Madrid en 1579 y murió en Almazán, provincia de Soria, en el año 1648, que destacó como dramaturgo, poeta y narrador del periodo barroco español y que fue uno de los más grandes escritores españoles.

“Me parece interesante esa idea de que el mal es necesario por el arte”, explicó uno de los personajes de la parisina Simone de Beauvoir, la pareja sentimental de Jean Paul Sartre, un representante del existencialismo, que se preguntaba, voluptuosamente dormido en las delicias de la inocencia, que si el mal está en todas partes la inocencia no existe. Él pensaba que si el mal está en todas partes no hay ninguna puerta para el escape, ni para la Humanidad, ni para uno mismo. Pero se sentaba, miraba distraídamente correr el agua y especulaba diciendo que “mientras en algún cafetín del mundo un pianista tocara con sordina aires lánguidos, el amor puede empezar a rejuvenecer nuestra piel”.

Atando cabos, hoy pienso y digo que rejuvenecer es envejecer un día todos los días; un día nada más, o sea, una vida desvivida lentamente y como si la muerte fuera el principio de una existencia imperecedera. Que como en el Monólogo de Segismundo de La Vida Es Sueño del madrileño Pedro Calderón de la Barca —1600/1681— la vida es un frenesí, una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño porque toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.