Santiago Sanz Sanz – El inicio del camino

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El Camino de Santiago le dio cierta continuidad al largo periodo de rehabilitación que supuso pasar muchos meses de convalecencia y de “fisioterapia”, alternando temporadas de reposo forzoso después de la cirugía con otras de largas jornadas de ejercicio; recurriendo en ocasiones a la ingesta poco moderada de analgésicos para sobrellevarlo y casi siempre, a altas dosis de “novela histórica”.

Como se acercaba el año Jacobeo, el propio “Camino” era el hilo conductor de muchas de aquellas novelas y de alguna manera estas fueron también un poco inspiradoras, aunque no exactamente el motivo de aquel viaje de carácter deportivo planeado con mi amigo Pablo, compañero en la Unidad de Montaña.

Aunque muchos de los lugares y “elementos” del recorrido ya los conocía por otros viajes y por haber estado destinado en algunos de los sitios por los que transcurre el Camino, quisiera añadir, que desde la perspectiva de la ficción y de la mano de la imaginación, estos lugares retomaron un toque diferente; como una romántica y sugerente pátina renovadora. Sin pretenderlo, acometimos un camino con ciertos matices de “viaje literario”. En ese mismo viaje fui consciente de esa peculiar combinación de literatura y turismo, al percatarnos de que muchos de los peregrinos con quienes coincidíamos en albergues o en cualquier tramo del recorrido, ojeaban o llevaban en la mochila un ejemplar de “El Peregrino” de Paulo Coelho. Con esa y otras dinámicas similares, el Camino de Santiago fue un fenómeno de convocatoria masiva aquel año en el que finalizaba el siglo.

Años después, en una de las numerosas ocasiones en que solía salir a pedalear por los bellísimos parajes de los Reales Sitios, y encontrándome en las inmediaciones de la “fuente de la Reina”, me crucé con varios caminantes procedentes de la Fuenfría. Aparentemente se trataba de extranjeros con aspecto sexagenario y atuendo deportivo. Uno de ellos se dirigió a mí con un castellano salpicado de anglicismos y apostaría que con un más que probable acento norteamericano. Andaban en busca del puente de la Cantina, me dijeron, y lo hacían como destino final de aquel primer recorrido de una de las etapas de la que hasta entonces era para mí desconocida, “ruta de Ernest Hemingway” y que transcurría por el norte de Madrid hasta la parte segoviana de la Sierra de Guadarrama. Parajes, que como ya saben, sirvieron de escenario para la novela “Por quién doblan las campanas”, de ese autor estadounidense.

Los mismos parajes que como les comento, suelo frecuentar y que conocí al detalle de la mano de un vecino granjeño al que años más tarde, pude acompañar en un viaje por México. Concretamente estuvimos en “la Sierra Tarahumara” (Sierra Madre Occidental). Mi amigo, Luis Alonso Marcos, andaba inmerso en su proyecto deportivo y solidario “Grand Slam Marathon”. Acometía en aquella ocasión una carrera muy especial cerca de la población de Huachochi, que junto con Urique, son el corazón del territorio Rarámuri y sede de dos conocidas carreras, donde participan los míticos corredores de esa cultura indígena junto a una nutrida presencia de corredores norteamericanos conocedores de su leyenda. El fenómeno deportivo y turístico fue impulsado en gran medida por el relato del norteamericano Christopher McDougall titulado “Nacidos para correr”. Seguramente que los equipajes de muchos de los asiduos de esas y otras muchas carreras, suelen contener numerosos ejemplares con ese mismo título. Yo mismo puede certificar que al menos un par de aquellos libros, iban en las mochilas del grupo de españoles con quienes nos habíamos reunido y finalmente recorrimos aquella parte de la Sierra de Chihuahua. Aún tengo pendiente un relato al respecto de lo que allí sucedió y de lo que se generó a partir de aquel viaje, pero son cuestiones que merecen un capítulo aparte.

Aunque me he podido referir a viajes e itinerarios de ámbitos naturales y con cierto carácter deportivo, este tipo de turismo se puede hacer extensivo a todas aquellas modalidades y recorridos posibles, estimulados a raíz de la lectura de un libro y la consiguiente curiosidad por conocer de primera mano, los parajes y los motivos que pudieron haber servido de inspiración o fueron el contexto temporal y vital de sus autores. A poco que indaguen sobre este contenido, verán como a lo largo de las últimas décadas han proliferado los visitantes de algunos lugares, que incluso siendo conocidos y tradicionalmente tener un marcado destino turístico, como consecuencia de este fenómeno literario y vacacional, retomaron un nuevo interés para nuevos visitantes pendientes de algunos “detalles” que antes podían pasar un poco desapercibidos. En todas esas ocasiones, el libro se convierte en el elemento motivador para dar “el primer paso” en infinidad de las rutas marcadas por la lectura, con la absoluta certeza de que al elegir cualquiera de ellas, se estará iniciando “un camino” personal, y que independientemente del que se haya escogido, estará sirviendo para forjar un poco el propio destino.