Santiago Sanz Sanz – Cuentos aplicados

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La hora de la siesta era el momento perfecto para que aquel niño pudiese estar trasteando a su aire por la cámbara de la casa de sus abuelos. A pesar de ser agosto, el buen aislamiento de barro rojo típico del pueblo y la cubierta de teja segoviana, mantenía el sobrado con una temperatura mucho más amable que la de la calle sometida a los rigores del sol del verano. Siendo lo más alto de la morada, no se podía evitar que el espacio estuviera un poco más caldeado que el resto, pero aquella buhardilla era perfecta para alejarse de los ronquidos del abuelo, que en la planta de abajo, era de siesta diaria en la alcoba o de cabezada recostado sobre la mesa de la sala.

El desván era enorme. Tenía varias alturas donde una escalera abierta iba distribuyendo los diferentes rellanos; primero el pajar, después un granero y al final del todo, bajo el caballete, había un gran espacio a dos aguas que quedaba definido por el tejado. En uno de los lados, un pequeño montón de trigo que hacía de confortable lecho para que unos melones terminaran de madurar y en el otro, bien ordenados, un montón de útiles y aperos desgastados; ollas de barro, algún trébede, dos o tres “medias fanegas” de madera, una criba de garbanzos… En el centro, un directo haz de luz denso de partículas blancas iluminaba una maleta de madera que contenían los vestigios de otros tiempos escolares: Enciclopedias Álvarez, estudios caligráficos, diminutos cuentos de Calleja, alguna novela en inglés y muchas más en castellano.

Allí pasaba el niño los ratos de la siesta; leyendo o rebuscando. No era consciente de la influencia que la lectura provocaba. Cada novela había pasado a ser una marca de color en la ruta de los destinos de su mapa imaginario. No alcanzaba a comprender la trascendencia de aquellas referencias de las que diariamente se impregnaba.

Puede que Mark Twain, con las aventuras de Tom Sawyer, actuase como inductor aquel mismo verano. Lo digo por el día en que el abuelo sorprendió a todos aquellos niños trabajando en la era. A todos menos al nieto, ya que este, desde la sombra, andaba dando al resto las instrucciones de cómo dar la vuelta a la parva que aun no se había trillado. No tuvo más remedio el abuelo que corretearle por la era y darle un par de pescozones por vago. No ayudaba mucho en casa; se le iba al niño toda la energía imaginando o soñando con lugares lejanos y desde el improvisado rincón de lectura del sobrado, se le iban los veranos.

Creció. Subió a un avión e identificó las panorámicas de Londres con las de aquella edición de su infancia de Peter Pan en inglés, que entonces hubiese sido indescifrable de no haber estado maravillosamente ilustrada. Sus historias favoritas; las de Salgari con Sandokán y toda la saga de Corsarios, le sirvieron como “un pasaje iniciático” para que, una vez que se materializan parte de los sueños, la visión de exóticas desembocaduras de hermosos ríos y manglares enredados, nunca le resultaran extraños. Al contemplar los ríos, igual que Joseph Conrad, siempre tuvo esa necesidad imperiosa de subirse al primer barco para remontarlos. Ambos estarían de acuerdo en que solo los barcos superan a los trenes en ese concepto de búsqueda tan romántico.

La primera vez que cruzó caminando Central Park era invierno y comprobó que en esa ciudad el frío era realmente tan duro como Salinger había narrado. Observó que en aquel New York que estaba descubriendo, como en “la ciudad sin sueño” de Lorca, allí “no dormía nadie” y que igual que a Paul Auster, Manhatan, convertida en una “Ciudad de Cristal”, consiguió atraparle.

Condujo a través del continente. Después de cruzar el rio Bravo, atravesó paisajes áridos y secos junto a las ruinas de algún lugar antes poblado. Lugares donde encajaría perfectamente Pedro Páramo de Juan Rulfo, autor mexicano y de lectura obligada en el BUP del “Giner” de antaño. Exploró las cantinas del regio Monterrey donde tiempo atrás Pedro Garfias y el tequila, habían intentado olvidar la guerra que había inspirado parte de la poesía de aquel autor andaluz, de nacimiento castellano y de espíritu asturiano. Después pensó en regresar a España, no sin antes conocer el mar turquesa del que aquel pescador anciano pudo salir victorioso, y al mismo tiempo derrotado. Sabía que desde allí, tocaba cruzar el Atlántico.

La prensa del avión le anticipó que regresaba a la España dividida de Machado. En alguna región, los símbolos políticos colgaban de las fachadas y balcones de los edificios públicos generando una primera impresión y una estética de apariencia “inocente” que en el Berlín de finales de los años treinta ya se había experimentado. En las calles de Madrid se observaban hechos inéditos como que nacionalistas periféricos se concentrasen para reclamar un sinfín de despropósitos. Todo ello, sin importarles la opinión del resto de un país al que ellos acusan de ser intolerante y arbitrario, mientras, en ese mismo país, se les permitía manifestarse con plena libertad democrática y bajo la cobertura de todas las garantías del Estado de Derecho. Algo kafkiano. Era como si todos los socios de algún iluminado se hubiesen confabulado sometiendo al reino a una especie de complot agotador y disparatado; como si J. K. Toole hubiese sido un visionario y finalmente “todos los necios se hubiesen conjurado”… Se estremeció solo de pensarlo y entonces deseó desconectar y regresar a la buhardilla, a su rincón de lectura apartado… volver a la infancia… rebuscar en la maleta… seguir soñando.