Rosa Villacastín – 23F: Aprender del pasado para escribir el presente

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El golpe del 23F, del que se cumplen 39 años, dejó una huella profunda en quienes lo vivimos dentro y fuera del Congreso de los Diputados: periodistas, políticos, funcionarios y ciudadanos de todo signo, pero también imágenes como la de Tejero zarandeando a Gutiérrez Mellado que no deberían repetirse nunca jamás, que unida al papel de los militares en aquella jornada puso en riesgo la España plural y democrática. Hoy, los militares están integrados en los grandes organismos internacionales, nada que ver con la de quienes, por tratarse de los vencedores de la guerra civil, intentaron poner patas arriba un proceso que nos ha permitido disfrutar durante cuarenta años de paz y estabilidad.

Viendo los videos de aquel fatídico día, escuchando las anécdotas que cada uno de nosotros vivimos entonces, los jóvenes pueden llegar a pensar que esas cosas nunca más volverán a ocurrir en nuestro país, ojalá, pero nada hay que descartar, prueba de ello es la brecha abierta en la sociedad catalana y española tras lo ocurrido en Cataluña los últimos años, y especialmente el 1 de octubre, una jornada que dejó un reguero de odio e incomunicación, impensable hasta ese momento, que ha propiciado que 12 políticos y lideres independentistas catalanes se sienten en el banquillo de los acusados, con el desgaste que eso supone para la convivencia. Y no solo para la convivencia, también para la configuración del estado, hoy puesta en cuestión por quienes aprovechando el río revuelto de la confrontación, intentan sacar tajada de cara a los próximos comicios.

No hay problemas insalvables, pero también lo es que hubo algunos que se tuvieron que solventar tras la muerte de Franco, tras cuarenta años de dictadura. El primero y más importante, cambiar de arriba abajo a los representantes políticos, militares y religiosos y también a una parte importante de la sociedad. Se consiguió gracias al convencimiento del Rey Juan Carlos de que nuestro país no podía seguir siendo una mancha en la Europa de las naciones, de ahí la elección de Adolfo Suárez para que dinamitara desde dentro un sistema que conocía muy bien. La elección, muy criticada por la izquierda y la derecha, resultó ser un acierto. Solo alguien sin miedo a las consecuencias que sus actos pudieran tener y siempre con la mirada puesta en el futuro, pudo llevar a cabo la legalización del PC, la aprobación de una nueva Constitución, la convocatoria de elecciones, los denominados Pactos de la Moncloa y tantas y tantas cosas como se hicieron en aquellos difíciles años, en los que los asesinatos de ETA eran continuos, lo que no impidió que los lideres de todos los partidos, vascos y catalanes incluidos, se pusieran de acuerdo en que había que seguir adelante, si no queríamos perder la gran oportunidad que la Historia nos brindaba.

Para conseguirlo, se consensuaron leyes que generaban agrias discusiones, sin que eso supusiera cerrar la puerta a ningún partido, a ningún líder, a nada que pudiera poner en riesgo la convivencia y el consenso. Es verdad que la talla de Adolfo Suárez, Calvo Sotelo, Fraga, Felipe González y Carrillo nada tiene que ver con la de nuestros líderes actuales. Aquellos, pese a las diferencias ideológicas, tenían un proyecto común: conseguir que la Transición llegara a buen puerto y para ello buscaron fórmulas nuevas para evitar que se destruyeran los puentes que nos unían. Un esfuerzo que incrementado con la ilusión de la gente, de jóvenes y mayores, de derechas e izquierdas, terminó dando sus frutos.

De aquellos años, tanto Sánchez, como Rivera o Casado, deberían aprender que los insultos, los cordones sanitarios, solo consiguen ahondar más las diferencias, dividir a los ciudadanos, cuando lo verdaderamente importante es buscar soluciones a los graves problemas que tenemos planteados: Sanidad, Educación, empleo, igualdad, inmigración…. ¿Lo conseguirán? De ellos depende.