Miguel Velasco – La eutanasia de Noa Pothoven

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Ver la foto de la adolescente Noa Pothoven en el diario ABC (en cuyo staff estuve como corresponsal durante 25 años practicando el oficio periodístico) me ha sobrecogido emocionalmente. Me ha impresionado profundamente la dulzura de esa hermosa cara acariciada por una cuidada melena rubia apenas conformada. Y he intentado penetrar en esos ojos azules para intentar ver si la luz que los iluminaba era de tristeza o de serenidad. En todo caso ausente. Y debo reconocer que (a pesar de que el ejercicio del periodismo que te hace intuir de antemano algunos rasgos fundamentales de las personas muy rápidamente) en el caso de Noa Pothoven no lo he conseguido. Me ha desarmado. Ese rostro en la página 8 del periódico, de una apenas adolescente empezando a vivir con el deseo de la muerte voluntaria encima, me ha parecido hermoso. Pero frío. Al tiempo que sereno. La mirada apenas intuida, opacada por la ausencia me ha parecido inescrutable, seguramente porque en ella se concitaban dos deseos: el de haber intentado borrar aquello que la traumatizó —y no pudo— y el de pretender morir plácidamente en el salón de su casa, mecida por la legalidad de una incomprensible eutanasia (o suicidio voluntario y consciente, llámenlo como quieran) en la que han participado hasta sus más cercanos familiares como su madre o los médicos que la ejecutaron. Espeluznante.

Por lo que he podido leer la decisión de la adolescente Noa (con sólo 16 años de vida, aunque su mayor parte atormentada y destructora) causa auténtico desasosiego por cuanto se descubre —al tiempo— una increíble madurez. En un país como Holanda donde, desde luego, no sólo se madura precipitadamente sino que se legisla para que esos espacios de libertad y de desenvoltura sean herramientas que en vez de incentivos para una vida alegre la precipiten hacia posturas de envejecimiento emocional prematuro, antes de tiempo. Y al final de sus días (que debían haber sido de felicidad y de ansias de vida), Noa moría a sus 17 años, tiempo a los que las leyes en los Países Bajos permiten decidir voluntariamente ese final aun sin el consentimiento de los padres, aunque participando en la decisión final (también la pueden pedir los menores entre 12 y 16 años, aunque en estos casos con el preceptivo consentimiento de los padres). Es, después de todo, una desgarradora banalización de la vida. Y un abrazo indecente e indecoroso a la muerte.

El tortuoso camino que la vida trazó para Noa se llenó de abrojos y de desesperanzas cuando —siendo una niña— fuera violada por un familiar, un primo, supongo que también menor. Aquello, según escribía Noa en un libro donde cuenta sin acritud su calvario (“Ganar o aprender”) la traumatizó de tal modo que ni la Ciencia ni Dios fueron capaces de allanar un camino que la conducía sin remedio durante años a la . depresión, al estrés y a la anorexia imposibles de soportar. Y cuando tuvo la edad acudió a una clínica especializada afirmando que el sufrimiento emocional que padece no la permite vivir en paz y que desea la muerte. Y las autoridades y familiares que habían consentido primero que Noa dejase de ir a la escuela por sus problemas psicológicos ahora aceptaban pasivamente que se suicidase en el salón de su casa. No se trataba de un acceso de locura ni de pérdida de la razón. De los videos que dejó grabados así se deduce y sus incursiones en las redes sociales (“lo que publico, dijo, es por si puede servir para mejorar la vida de otras personas. Esta decisión la planeé hace tiempo y no la tomo de forma impulsiva. Moriré en un máximo de diez días porque después de haber luchado y batallado tanto siento que estoy agotada”). Era todo un ejemplo de sensatez y de cordura dentro de su tragedia. Y con apenas 17 años una eutanasia legal pero cabrona se la llevó.

Ahora dicen que si la Medicina especializada holandesa no apreció su mal como debía ni le aplicó la terapia que su endemoniado mal psíquico exigía. Lo cierto es que la tolerancia legal para la aplicación de la muerte se la llevó por delante. Y si a la vista de la frialdad con que se ha acogido en el mundo el caso de Noa Pothoven merece la pena seguir confiando en la vida. Ni se ha hablado tampoco de la crueldad del familiar —un primo—que originó no hace tantos años la desestructuración y desencuentro psíquico de la menor que la ha llevado a la muerte.

Lo malo de estas cosas es que -como en los casos de malos tratos o violencia- pueden influir en mentes poco desarrolladas y lo tomen como ejemplo. Y eso sería una tragedia. Descansa en paz, Noa. Y sé más feliz en ese jardín de tulipanes por donde ahora corres que en el de abrojos al que te condujo la desdicha y la brutalidad, hurtándote la felicidad de una adolescencia risueña a la que tenías derecho.