Los nietos-Juan Andrés Saiz Garrido

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Desde donde arranca mi memoria, Navidad siempre rimó con felicidad. Año tras año, envuelto por el calor de mi familia, fui acumulando un hermoso patrimonio emocional, cargado de caricias: el aguinaldo de las castañas en el cole, plantar el Belén y los adornos, comer las uvas bajo el reloj del Ayuntamiento, colocar con Marisa los juguetes junto a los zapatos de los chicos… y brindar al final de las cenas señaladas con una frase de película: “Que cuando estemos peor, estemos como ahora”, mientras mis cuatro hijos se miraban entre ellos y se reían amablemente de mí, al ver cómo repetía la cita cada año.

Y así, de niño y luego de mayor, mis Navidades fueron felices, muy felices, hasta que llegaron las de 2012, año en que murió mi hijo Tatán, de cáncer, y mi madre Josefa, de pena. De repente, pasaron a ser tristes, muy tristes. ¡Nadie más desgraciado que nosotros! Ya no volvimos a brindar, ni a poner las luces de colores, ni a comer las uvas en la plaza…

Nos tocó escuchar muchas veces eso de que el tiempo lo cura todo, pero es mentira, el tiempo no cura estos dolores, sólo alarga la agonía. Nos sentíamos condenados de por vida a una noche oscura, sin amanecida, hasta que en 2014 nació nuestro primer nieto, que se encargó por sí solo de devolver la alegría a nuestra casa, siempre que irrumpía en ella, especialmente en las cenas y comidas de Navidad. Yo sé que mi herida no sanará nunca, pero con su presencia he aprendido que puedo seguir caminando, alentado por las sonrisas que me arranca cuando me ve y grita: ¡Abuelo!

Últimamente, al sonar las campanadas suelo brindar para mis adentros con otra frase que sólo la van a entender los abuelos: “No hay nada más hermoso en una casa que un nieto”. Pero este año tengo que corregirme: “Sí lo hay; dos”.