Julio Montero – El tsunami de lo banal

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“Allí, nada vale y todo importa; aquí, todo vale y nada importa.” Allí, era la Checoslovaquia reprimida por la Unión Soviética y sus socios locales tras el intento de la Primavera de Praga de 1968. Aquí, eran los Estados Unidos de los ochenta. Las palabras son de Roth, al rememorar una conversación con un escritor de allí.

Y la paradoja es cierta. Incluso para los censores, todo lo que se escribía era importante. La relevancia de su profesión dependía de aquello. Porque nadie vigila cuando no es necesario y tampoco se castiga de modo ejemplar lo que carece de significado. Más aún: no bastaba con condenar a los escritores disidentes. Fue preciso mostrar públicamente lo que se conseguía cuando uno se oponía al sistema en las “democracias populares”: y quienes antes eran profesores y escribían pasaron a barrer calles, vender cigarrillos casi en la clandestinidad, poner ladrillos en una obra, limpiar pasillos en edificios públicos… y por supuesto sus hijos quedaron excluidos de la enseñanza universitaria…

Todo un drama para los afectados y sus familias. Y una lección para quienes aspiraban a algo mas que a una entrada para el pesebre vital presentado como antesala del paraíso. Pero drama y lección se entendieron en un sentido muy diferente: todos los ciudadanos comprendieron que a quienes se castigaba así debían ser importantes; tendrían alguna relevancia. En aquel “allí” nada valía salvo el poder del estado; pero precisamente por eso cualquier signo de resistencia era importante. La represión, como siempre, conseguía aquel milagro.

Las palabras con las que he comenzado tienen una segunda parte: en Estados Unidos, nada importa precisamente porque todo vale. Y esa era una de las mayores desgracias para la cultura de Occidente, peor incluso que la brutal censura estatal: el establecimiento del reinado de lo banal en una suerte de cultura popular que mezcla en el mismo cajón una colección completa de comics de la Patrulla X con una tragedia de Shakespeare.

Como si Aquamán y la Chica Fantástica fueran de la misma familia que Neptuno y Atenea. Y esa ola de “igualitaria” se muestra tanto en los quiscos como en las grandes y antes selectas librerías.

La escritura de la resistencia se presentaba ante la gente como la única posibilidad de atisbar algunos rastros de verdad. Cualquier lector se convertía en buscador de algunas de las realidades que el sistema le negaba… por sistema.

Mientras tanto, en Broadway del teatro grande norteamericano, el de los problemas morales, el de la catarsis para la gente culta, desaparecía ante espectáculos musicales bien montados, entretenidos, suaves y con final feliz y sonriente. El público de los dramas de Williams y Miller, los profesionales neoyorquinos con titulación universitaria, o con cultura conseguida a golpe de lecturas personales, de clase media para arriba desaparecieron también. Unos se murieron y otros no pudieron pagar los alquileres en la Gran Manzana.

Les sustituyeron los turistas de todo el mundo que pudieron pagarse el viaje y la estancia de una semana. No son los buscadores de la verdad. Se conforman con recorridos urbanos que les muestran donde vive Woody Allen, o donde tirotearon a Lennon; las localizaciones mas frecuentes en las series televisivas o en la película famosa que corresponda aquel año; un vistazo a Wall Street sin meterse a mayores significados; y un recorrido por los antiguos barrios hoy convertidos casi en parques temáticos (Queens, Harlem, Chelsea, Brooklin…) Y no se puede negar un mundo feliz y brillante a quien busca justamente eso, al menos por siete días. Ahí no cabe Miller, referente de un mundo demasiado real y que además exige saber inglés. Hay que irse a otro planeta, el del Rey León, aunque queden restos de tragedia diseminados en las bambalinas de estos ballets contorsionistas.

Es precisamente en ese caos donde Sabina perdió su mes de abril; no porque alguien se lo hubiera llevado. Sencillamente no había modo de localizarlo en aquel revoltijo que mezcla indistintamente el predominio abrumador de cosas llenas del vacío de modas pasadas, con algunas verdaderamente importantes, por trágicas, artísticas o simplemente verdaderas. Por eso resultaba tan difícil de encontrar. Y quizá porque tampoco había gente verdaderamente interesada en encontrarlo.


Julio Montero es Catedrático de Universidad.