Julio Montero – Dueños de nuestra lengua

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Una persona es dueño de sí en la medida en que domina su lengua, mejor su lenguaje, para evitar equívocos. La idea es de Salinas, aunque antes y después la han repetido otros, con igual razón que el poeta. Ese dominar nuestra lengua puede verse también como un portillo hacia el control de las mentes (de los otros claro). Si se aplicara la idea de manera inmediata, cabría un objetivo político totalitario y populista de derechas o de izquierdas, y además sencillo y barato: bastaría con facilitar el uso habitual de un lenguaje pobre para facilitar la preeminencia de un pensamiento pobre. Un pensamiento pobre es igual que una razón poco crítica, escasamente analítica, porque no estaría interesada en distinguir, que es la característica esencial de quienes se meten a fondo en las cosas.

El dominio de una lengua hace tolerables los excesos; pero eso es privilegio de sus dueños y señores, no de los ignorantes. Sólo quien es capaz de instalarse de cuerpo y alma en su lengua puede luego reclamar el derecho… hasta de equivocarse. Y eso pueden hacerlo Salinas, Sabina, Pérez Firmat y un puñado de gente más, unos por sabios y otros por creadores. El resto ha de aprender antes de inventar. Emilio del Río lo recuerda cada semana.

Tuvimos una época en la que todos estábamos de acuerdo en que enseñar a leer y fomentar la lectura de libros era casi lo mejor que se podía hacer. Ahora, hemos encargado tantas cosas imprescindibles a la escuela que no queda tiempo para ello. Y a los hechos me remito. Nuestros infantes han de integrarse socialmente y si tienes la desgracia de nacer varón, como ha ocurrido en varios colegios españoles, tendrás que aprender a ser niña (hasta ponerte una faldita cuando a tu profesora le parezca oportuno); seas varón o mujer te explicarán, con detalle, la cantidad de posibilidades que ofrecen tus órganos sexuales; si eres de ciudad te llevarán a aprender como se ordeña una cabra o (para los mayores) una vaca; aprenderás a convivir con la naturaleza y podrás disfrutar de los piojos (que parecían erradicados hace décadas) y hasta que tu padre te lleve a una manifestación (quizá para evitar que la policía le sacuda) mientras tu madre enseña las tetas en cualquier capilla católica vete a saber por qué… Claro: no da tiempo a todo.

Con tanta actividad educadora falta tiempo para enseñar a leer, a escribir y a hablar. A chillar ya es otra cosa. Y la gente llega a la universidad no sólo con faltas de ortografía, sino con falta de palabras en la cabeza (y de ideas que es casi lo mismo). Y resulta que una “movida” es una fiesta, un duelo, un baile, un funeral, una manifestación, una cita, una conversación con alguien (incluido un profesor), un asunto desagradable que no se ha podido evitar… hasta una molestia en un ojo (¡tengo una movida en este ojo y se me ha puesto “coloraó”! escuché en un corrillo de la facultad).

Y la mancha de aceite de la pobreza verbal (y mental) se extiende por todos los lados. Cuando se utiliza una palabra por otra, o al no precisar un término necesario, el ignorante contesta con un “es lo mismo, da igual”. Pues no. No da igual. Ideas distintas exigen términos diferentes. No utilizar la palabra correcta implica muchas veces no tener claro lo que pasa a nuestro alrededor. Durante años, unos llamaron asesinato a lo que otros denominaban ejecuciones y luego acciones de guerra. Y no te digo la diferencia que hay entre interrupción voluntaria del embarazo o aborto. Y la lingüística sigue en las primeras páginas de la prensa escrita: ¿rebelión, sedición o golpe de estado? Eso por no descender a la estulticia integradora (más bien integrista) de los inclusivos: ¿todos, o todas y todos?.

Se dice que somos lo que comemos. Menos mal que no somos lo que escuchamos, ni lo que decimos. Bien está que de noche todos los gatos sean pardos; pero tenemos que saber nombrar las distintas razas y sus colores cuando haya luz. Y si me apuran, la tarea intelectual podría esculpirse en una frase: “Antes morir que dejar de distinguir”. La gramática no nos impone cómo hablar del mundo y de nosotros: nos enseña cómo hacerlo. Por eso la lengua, el conocimiento de nuestra lengua, es tan importante. No sólo para comunicarnos, sino para entendernos a nosotros mismos. Porque quien no sabe nombrarse, quien no sabe cual es su pronombre o necesita uno nuevo para decirse, en realidad no sabe quién es.


Julio Montero es Catedrático de Universidad.