José María Pérez de Cossío – Tondosmiling

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Este es el nombre adoptado por el dúo formado por Lucia Cristóbal Marín y Ramón López de Benito y el medio del que se ha servido la providencia cósmica para que, conociéndome como a buen seguro me conoce, en vísperas de San Frutos, en vez de guiarme a pájaros de distintos cantes, trinos, formas y colores, condujera mis pasos hacia el Palacio de Quintanar para asistir a la Inauguración de La Muestra artística que de su trabajo han instalado en el mismo este Tondosmiling embarcando y cargando convergencias y transformaciones.

Lucia es hija del para mí nunca ausente Ángel Cristóbal, amigo contrastado y pintor indiscutible en los registros que se había planteado como expresión del cómo el mundo le fue concedido para interpretarlo con los colores que la vida asigna a cada interrogante. Emoción, inexpresable sin gesticular abrazos y tartamudear cariños, la por mi sentida al reencontrarme con la niña que traté antes de que encauzara su vida alejándose en aventuras pictóricas que la han llevado hasta el atravesar fronteras geográficas y desentrañar idiomas dialecticos. Lo de atravesar fronteras es siempre beneficioso cuando se sabe interpretar lo que se ve sin las dioptrías que el dar vueltas por la Plaza del Pueblo genera y sin los buenos días pronunciados cada mañana con el tono y las ganas amaestradas por la rutina. Andar, recorrer y prolongar las búsquedas de horizontes inéditos, despierta esa voz que, leve pero rotunda en su ausencia de tiempo y espacio, indica el cómo el observador es lo observado y el Otro eres Tú. Lucia ha encontrado a ese otro en Ramón López de Benito supongo que tras constatar que sus inquietudes existenciales y sus deseos de expresar lo que en la época que les ha acogido germina coincidían. Cuanto hubiera disfrutado mi querido Ángel Cristóbal compartiendo conmigo a la manera de como tantos compartires ensayados habíamos coleccionado, al contemplar esta Exposición en la que Lucia y Ramón se manifiestan como hijos veraces, honestos y cualificados del tiempo en el que su existir tiene que labrar con útiles de última generación para cosechar las tantas preguntas como este tiempo ofrece hasta en Low Cost. Lucia y Ramón tiran por lo caro.

Si los hombres del Neanderthal se hubieran encontrado un buen día con Cézanne pintando un Cézanne y a Van Gogh su hermano Theo le hubiera regalado un smartphone, el cerebro de todos y cada uno de ellos hubiera instalado un programa en la parte más intrincada de su laberinto para que pudieran reencontrarse con el misterio del Ser sin que obligatoriamente este encuentro se convirtiera en un orfeón quizás con las mismas letras, silaba más o menos, pero con la música en otras partes.

El arte es una necesidad imperiosa de traducir un idioma desconocido, balbucear formas, interpretar luces y en definitiva atemperar temores configurando un observar sabiéndose observado por alguien que al ser uno mismo quizás sea el más desconocido.

Para Lucia y Ramón, este observar indagando y viajando por el calendario que coincide con el año vigente, les ha abocado a con una mano sujetar el caballete y exprimir los tubos de color sin abandonar el pincel y con la otra pixelar esa realidad tan cuestionada por los físicos cuánticos.

¿Resultado? Una obra meditada sin precipitaciones y unos deseos profundamente elaborados de que su aportación en el mundo del arte formule silencios cargados de potenciales respuestas. Al menos para mí que me quedé en el bolígrafo de tres colores, toda la digitalización de las mismas preguntas que por cruciales e inexorables han acompañado al hombre desde siempre, me colocan, de regreso a casa, con un ojo observando el cosmos y con el otro procurando no olvidar que la pantalla es la que permanece por los siglos de los siglos y las imágenes sobre ella, tal cual llegan desaparecen.

Aunque, como en este caso, exhibiendo su valor y cumpliendo con su cometido aleccionador.